El Control

He decidido estar despierto a la una de la mañana para terminar de ver la tercera parte de El Padrino. ¿Lo he decidido yo. . .?

¡Qué trilogía extraordinaria! Empezando por la misma imagen de las carátulas. La mano del titiritero (el godfather) con las cuerdas que controlan la pistola, manejándonos a todos, consciente de cada detalle. Y ¿cómo lo hace? Sencillo. El Padrino siempre es un “reasonable man”, siempre dispuesto a ceder en la mesa de negociación, siempre evitando ser tajante o contundente. El Padrino no es un gánster. Prefiere hacer “an offer we can’t refuse” antes de liquidarnos. El Godfather no confronta, más bien maneja; no te golpea, te manipula; no te juzga, pero te pide un favor. Extraña figura paternal cuyo cuidado para con nosotros va acompañado de un escalofriante hálito de temor.

Claro, todo cambia cuando al Padrino se le escapa alguna movida de uno de sus títeres. El títere que reclama independencia de los cables de quien lo maneja se vuelve un gran problema para el Godfather. Entonces el titiritero se vuelve a su vez un títere sin saberlo, creyéndose al mando de todo, hasta que se da cuenta que no hace las cosas por su voluntad, sino que siempre hay un pez más grande, aunque ese pez tan sólo sea la fuerza terrible del Azar o el demonio inescapable del eterno retorno. Siempre el Padrino será vencido por algún cabo suelto que nunca pudo atar. En ese momento se da cuenta que su título de Don o de Godfather no le pertenece, sino que es un mero momento en la lucha azarosa por el control. Sólo él puede saber que todo su control estaba previsto y, a su vez, controlado por algún dios del Azar. En fin, el control es una ilusión, siempre. El mundo es totalmente caótico y el Caos no comparte su poder. Tal vez esa sea la primera regla para comenzar con el pie derecho el desafío a los controles que nos dominan o a los que creemos dominar. No fui yo quien decidió quedarse hasta tarde viendo una película de mafiosos. No soy yo quien controla las palabras de este texto, sino alguna fluctuación azarosa del cosmos. El desapego, por lo tanto, no es cortar las ataduras con que manejamos nuestros títeres, sino, darnos cuenta que nunca los hemos manejado realmente. Tan sólo da la casualidad que estuvieron allí. Nada nos asegura que estarán mañana. Nada. . .

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