el congelador

dicen que para vivir fuera de “la patria” no se puede ser sentimental; que se trata de algo así como poner en el congelador los sentimientos, las añoranzas y los echares de menos y vigilar que nunca se vaya la luz. y sacar los sentimientos alguna vez de vacaciones, que se derritan para el consumo inmediato y los restos (que siempre son más que lo consumido porque se multiplican solos) volverlos a congelar hasta la próxima y remota oportunidad de llevarlos de vacaciones a la dichosa patria de la que provienen.

yo no consigo asimilarme todavía como un congelador… pero si lo hubiera conseguido, hace un rato se me hubiera descongelado todo mientras me mantenía atenta a los ruidos de la casa y a la voz de una madre que no se percataba del auricular del teléfono descolgado y de la hija escuchando a miles de kilómetros, como si pudiera estar más cerca.

hubiera podido colgar al darme cuenta de su descuido y volver a llamar sin siquiera comentarlo. pero he cerrado los ojos para escuchar, para robar el espacio que alguna vez fue de alguna manera mío, hasta que me durara el privilegio (sabiendo que sería poco). y pudiera reirse el que lea que me he sentido pendiendo del enroscado e imaginario cordón umbilical del teléfono (cable que ya no existe en este siglo wireless), transportada sin esperarlo a la placenta densa y mullida en la que estuve hace 28 años, y de la que salí, según me cuentan, a la prisa, para empezar a hacer honor a la impaciencia que me caracteriza.

así que me quedé escuchando, con los ojos cerrados, cómo ella se movía de un lado a otro de la casa, llevando el inalámbrico consigo; escuchando, de interpretar los ruidos conocidos, la comida al fuego, el hambre y saberla sola en la casa, con la compañía silenciosa del gato. escuchar la retaíla monologada del hablar sola, la respiración marcada del cansancio… que se oía más profunda desde dentro, desde donde yo la escuchaba. y recordarme niña de mi primer recuerdo, pegado el oído a la barriga de mi madre, intentando escuchar a ese “hermanito” que dicen que está “aquí dentro, debajo del ombligo”. y mi madre hablando y lo profundo de su voz que se escuchaba naranja oscuro, se escuchaba rojo, se escuchaba el aire entrando lento, saliendo lento, raspando la garganta… y quedarme dormida.

y despertar del sueño infantil, sin estar dormida, a miles de kilómetros (nunca quise saber cuántos), delante de la pantalla del ordenador que abría un programa de llamadas internacionales, a la voz de “dígame” y a la risa ronca de una madre al darse cuenta del descuido.

mi congelador no funciona…

4 pensamientos sobre “el congelador”

  1. wow. me gusta perderme en tus palabras de nostalgia y añoro. y más cuando sé que yo tendré que prender mi congelador ya pronto…siempre hay un aire de desdén en esos mundos congelados que nos mueven. espero leer más…

    ahora bien, no creo que haga falta explicar lo del cordón wireless en el siglo XXI. el añoro al regreso a la semilla ya apunta a ese evidente contraste. no tienes que sacarlo, pero a mí no me hizo falta.
    saludos.

  2. Me has sacado las lágrimas, compañera en el autoexilio, en la nostalgia. Gracias, yo tampoco tengo un congelador y no pienso tenerlo nunca. Yo me vivo este sentimiento a conciencia.

  3. Precioso el texto (sí, demasiado típico tal vez eso de “precioso el texto”, pero es que es completamente cierto), consigues recrear perfectamente una escena tan tierna como poco usual.

    Aún no me has dado señales de vida, como “prometiste”, y de verdad que me interesa mantener el contacto contigo. El hecho de que yo aprobara no creo que sea un impedimento, ¿no?.
    Bromas malas aparte, sigo esperando tu correo. Me caíste muy bien y creo que podremos aportarnos bastantes cosas (aunque más correctamente creo que debería decir “podrás aportarme bastantes cosas”, dado lo leído).
    Un beso y un recuerdo desde España, que no se congelen los recuerdos.
    Guille Loaysa

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