El arte me absolverá

Me gustaba escribir de pequeña. Ya de adulta, me dio por cultivar el arte de manera más formal, pero cuando uno es adulto, las preocupaciones son otras que cuando uno es niño, menos banales, o quizás más banales, al final no se sabe. Los temas cambian. Una de las cosas que se me atravesaba todo el tiempo era los temas. Cuando se me ocurría un tema, me reguindaba de él con tanta fuerza que, a veces, se rompía. Me daba tanta ansiedad encontrar un tema en cada cosa que se me cruzaba en el camino que, quizás, por eso, nada era bueno.

Salir a la calle no era un paliativo eficaz. Yo quería escribir cuentos y sólo se me ocurrían cosas que no eran apropiadas para el género. En fin, la obsesión que me carcomía la conciencia, la paciencia y otras ciencias era la falta de temas con los cuales construir una historia decente. Traté de realizar actividades inusuales. Viajé cuando pude con lo que pude. Las cosas sencillas —y que podrían llamarse hermosas— de la vida no me excitaban. Cada nueva experiencia me dejaba más vacía.

Los pocos cuentos que había logrado sacar habían sido producto de una inspiración que no volvía. Un día en que me encontraba bajo los efectos de cierta sustancia psicotrópica, utilizada, claro está, con la esperanza de obtener una gota de creatividad, me di cuenta de que no pasaba nada. No sentía que mi cuerpo o mi forma de pensar cambiara en lo absoluto. Eso era el colmo: que cualquiera se fumara un papelito relleno de albahaca y tuviera grandes revelaciones y epifanías, mientras que yo, que era, hasta la fecha, una buena persona que reciclaba y le abría las puertas a la gente, no podía ni siquiera intoxicar mi mente con fines lucrativos como cualquier hijo de vecino.

Visto el caso y comprobado el hecho, concluí que necesitaba alejarme de lo hermoso cuando pasé una semana entera en faena literaria, después de haber visitado un striptease. Fuimos a un antro asqueroso, con un mural horrible de tetas y culos, donde las mujeres, en su mayoría extranjeras, se lo quitaban todo y maromeaban como serpientes en el Árbol de la Ciencia. Esa semana compilé varios cuentos medio colorados. Pero mi placer mayor no había sido sexual, aunque equivalente: había escrito.

El fin de semana siguiente, volví al antro. Fui sola. Me aburrí a la media hora. Salí. Unos parroquianos me tomaron por una puta (sola, por aquellos lares y bares) y me ofrecieron trabajo. No sé por qué acepté. O sí, pero ese es otro tema. Lo cierto es que me fui con uno de ellos. Los detalles son fáciles de imaginar: la ejecución fue bastante tradicional, pero la experiencia me regaló un libro de relatos eróticos, ese que ustedes conocen, el que me valió el epíteto “La Anais Nin del Siglo XXI”. Los editores se volvieron locos; la crítica se volvió loca. Sorprendió su amplia difusión; la gente no se avergonzaba de leerlo en los trenes y autobuses. Se imprimieron cuatro ediciones en menos de un año, y se tradujo a idiomas en los que el libro estaba tanto permitido como prohibido.

Durante ese tiempo, la casa editorial me hizo un itinerario y un contrato. Viajé por algunas ciudades, dormí en varios hoteles, firmé unos cuantos libros. Mi vida se sumió en una rutina de turista desganado, nada estimulante. Conocí a personas que insistían en contarme sus propias aventuras eróticas, con la esperanza de verlas publicadas, pero la gente no entiende que a ningún escritor le interesan las historias de los demás. Pasaron un par de años, y se me presentó la ansiedad más temida —más aun que la que me invadía antes, la de querer escribir y no tener temas—: ser, por fin, una escritora famosa y no encontrar de qué hablar.

De nuevo, nada era suficiente. El dios de la pluma no recibía mis inmolaciones con el mismo agrado de la primera vez.

Quise tratar la putería una segunda vez. Pero quiso ese dios terco que la situación se me saliera de las manos. De verdad que esos menesteres mejor se les dejan a las profesionales. Al tipo le gustaban los fluidos corporales y casi me mata. Yo tuve que matarlo primero. Tuve que hacerlo pedazos para que cupiera en dos bolsas plásticas. Me tomó varios días limpiar el cuarto de motel.

De ahí salió mi primera novela. Fue tan exitosa que esta vez viajé más lejos. La gente me preguntaba en qué me había inspirado, y yo contestaba sandeces genéricas como “en la vida diaria” o “en este mundo tan despiadado” o “en las noticias de la tele”.

Para mi tercer libro, exigido en el contrato con la editorial que ya había firmado, maté un perro. No escribí ni una triste letra. Los efectos eran revertidos: si antes escribía mal y no tenía temas porque no tenía estímulos, ahora sin estímulos no escribía ni siquiera de manera mediocre. Mi mano se paralizaba, mi mente se emblanquecía. Nadie sabe lo que es tener la mente verdaderamente en blanco: ver una pared, a veces de ladrillos, detrás de la cual sabes que está lo que tienes que escribir, pero no la puedes derribar. Es una pared; qué se le va a hacer. Nada podía hacer yo, al menos. Nada. Sólo existía la impotencia.

Qué remedio, tuve que matar a una persona. Y no me tomen a mal; yo no disfrutaba del acto. Pero de lo que sí disfrutaba con un placer sexual y adrenalínico era ver terminado un libro, haber escrito algo que alguien, si bien perteneciente a un nicho de lectores muy particular, disfrutaba sin miramientos. La psicología lo llama codependencia: hacer feliz a los demás a costa de la felicidad propia. Pero no es eso; ella no lo entiende. Todos los artistas sí me entenderán. El arte me absolverá.

Un pensamiento sobre “El arte me absolverá”

  1. ya hace tres días que he leido esto y hay fraces que no se me quieren ir de la cabeza.

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