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He leído historias de reos con corazones de oro y niñitas de cinco años que los esperan arreguindadas de las rejas de la casa o sentaditas en el balcón con la muñeca pillada entre su vientre y el brazo. Niñitas que cuando grandes venderán los derechos de sus memorias y se harán ricas relatando como el padre afilaba el mango de su cepillo de dientes en prisión mientras ellas afilaban las cucharitas de los helados Payco en su campamento de verano.

Estas historias, por lo general, las he leído en inglés, narradas por la hija menor del papá preso y publicadas en ediciones elegantes de carpeta dura con el nombre de la chiquilla–ahora mujer–escrito generalmente en cursivo sobre una foto de un hombre con una bebé al hombro y el título del libro en el fondo.

Generalmente, estos libros terminan marcados para rebaja luego de los primeros cien días en las librerías o, si no, pasan a ser películas hechas exclusivamente para el alquiler o la televisión.

Mi mamá es fanática de estas películas. Siempre cae por el reo con el corazón de oro. Sufre cuando los guardias registran su celda en busca del cepillo afilado o de algún túnel de escape. El reo, por supuesto, siempre le recuerda a algo de su ex esposo, aunque sólo de perfil o quizás en la manera en que tuerce la tapa del frasco escondido donde guarda los trozos de la foto de la niña que rompieron los guardias durante el registro anterior.

Mi mamá sufre porque la mayoria de las veces se queda dormida a la mitad y se pierde cuando la chiquilla—ya mujer—espera al padre en las afueras de la prisión y no ve como los dos se miran extrañados, confusos por ese instante mínimo en que el rostro real de cada uno conflige con la imaginación o el recuerdo.

Normalmente, me llama al día siguiente para preguntarme cómo termina el libro y al final de mi explicación, me comenta lo mucho que le recordó a mí ese actor.

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