Desgracia

El libro trajo consigo una tarde silenciosa de rayos y relámpagos. Mojado por algunas gotas en los bordes y marcado en varias páginas que estaban dobladas en las esquinas, auguró lo verosímil. Afortunadamente, no se mojó en su totalidad, porque ella se lo colocó debajo de la blusa y usó un paraguas. Corrió con él pegado al cuerpo desde la oficina postal. Cuando logró guarecerse en un lugar más seco, se lo despegó de los pechos.

Al libro le acompañaba en su travesía desde Argentina, una carta a puño y letra donde él expresaba sus sentimientos. El final de la carta era una declaración hecha con sangre, una sangre oscura, púrpura, que no había sido derramada desde el pinchazo de la punta de un dedo, sino más bien, desde la profundidad de una vena abierta, palpitante y cortada para la ocasión. El arabesco del manuscrito denotaba el perfil de un letrado o de un docto profesional en su campo.

El libro era de Coetzee; su título presagiaba una desgracia. Desgracia. Como los adioses en silencio que intentan parecer indoloros, ese tipo de desgracias. Como los distanciamientos mudos, que tratan de asemejarse maduros, sensatos. Como las partidas de la gente grande que no lo es.

En la profundidad de las letras impresas por la editorial, ella descubrió un tachado escrito con sorna, como un juego, una corrección como un ornamento. Y encima, con el espiral a lápiz de la mano masculina, apareció la sustitución de “follar” por “coger”, o por “fuck”, o por “chichar”. Picardías que más de una vez adornaron promesas al oído.

Ella se llevó el libro a la casa, y subió hasta el segundo piso. Abrió de par en par los cristales de la terraza que se jamaquearon azarosos en la ventolera. Comenzó a leer su desgracia en voz alta, directamente de las páginas, conjurando y provocando a los brazos de luz que iban acercándose entre la tormenta. Se iban acercando. Se acercaron. Ella y el libro quedaron suspendidos en el centelleo.

3 pensamientos sobre “Desgracia”

  1. ¡Wao! Yola, mi amor:
    Lo sentí y la foto me ayudó a irme de viaje contigo, con el libro y hasta con el argentino. ¡Que rico! ves, a este mundo mágico me refería hace unos días cuando te hablaba de mi escritora favorita. Recuerdas, la que me roba la hora de almuerzo entre las páginas de su novela. Gracias por este momento.
    Besos,
    Bárbara

  2. la foto es lo mejor del cuento, con su correo y sus mensajes de amantes mojados en tinta de desgracia. una genialidad señorial, y muy húmeda.

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