Desenredos

Me paso pensando mucho en el pasado y es increíble el hecho de que no era tan insegura y neurótica como lo soy hoy. Recuerdo andar con el pelo despeinado de arriba para abajo por mi urbanización, cuando mi única preocupación al final del día era la disponibilidad de mis vecinas para seguir jugando el día siguiente. Durante mi preadolescencia,mi madre se preocupó y me preguntó: “¿No quisieras verte bonita si algún día encuentras al hombre de tu vida?”. Mi padre no pudo contener la risa cuando le respondí, con seguridad, que “Si es el hombre de mi vida, pues que me quiera como soy.” Me imagino que le gustó mi contestación, porque significaba que todavía era su niña y no existía la amenaza de muchachos en mi vida.Todo cambió cuando, inevitablemente, desarrollé interés en un muchacho, Raúl. Era la situación típica: Raúl era el muchacho más guapo y popular de la clase, inalcanzable y codiciado por todas las muchachas. Rechazó firmar mi anuario porque era una “gorda” (claro, no se puede esperar mucha sensibilidad de un estudiante de sexto grado, pero siempre he sido melodramática). Esa palabra había sido una muestra de cariño de parte de familiares y amigos, pero desde ese día se convirtió en un insulto. Cuando llegué a mi casa, agarré un cepillo y, entre lágrimas, comencé a desenredarme el pelo.

Luego del issue de la gordura, apareció otro: los senos. Todas mis amigas estaban emocionadas por tener sus bandejas llenas: algunas con sus naranjas, otras con sus melones y yo, dos pitipuás. Deseaba erróneamente la menstruación y me decían que simplemente era una “late bloomer” hasta que llegó el famoso día. Estando acostada adolorida en mi cama, con un kotex gigantesco puesto (los únicos disponibles para aquel momento eran los de mi madre), pensaba en la muy cercana posibilidad de poder desbordarme en mi bandeja. Pasaron dos años y todavía tenía mis pitipuás. Decidí ir a un especialista en el desarrollo hormonal de niños y me hicieron exámenes. No encontraron nada malo, pero de todos modos me recetaron estrógeno: grave error. Después fui a un cirujano plástico mal hablado que literalmente escupió todos los riesgos que tienen los implantes de senos, mostrándome fotos de mujeres que habían acudido a otros cirujanos ineptos (él no era uno, por supuesto): “Mírale las tetas a ésta. Vino a donde mí así para arreglarle las tetas cuadradas que le hizo un cabrón. Tengo otra ahí que el cuerpo le esta rechazando el tercer par de implantes que le he puesto y, carajo, no entiende que no va a poder tener implantes. Ah, mira esta foto. A esta parece que un ciego fue quien le hizo esta mierda.”

Al fin y al cabo no me he hecho nada y sigo lidiando con el cuerpo que tengo. Quisiera poder decir que aprendí una lección y que me acepto como soy, pero eso sería hipocresía. Nadie parece estar satisfecho consigo mismo y la sociedad se vuelve más superficial. Extraño mucho a aquella niña y de vez en cuando me doy una escapadita con ella, las dos con el pelo enredado.

2 pensamientos sobre “Desenredos”

  1. Yo nunca he ido a un cirujano plástico mal hablado, pero sí fui a un dermatólogo mal hablado cuando era pequeño, un viejo ahí. Me acuerdo que su oficina era una mierda con una decoración setentosa de paneles de madera.

    Siempre he sospechado que me dijo que era alérgico al chocolate para fastidiarme. No lo era, pero estuve varios años sin comer chocolate por su culpa.

  2. Podría decirte que todo eso es bullshit, que no es sano querer hacerse cirugías plásticas (ni auspiciar que sus hijos se las hagan, menos si no se las van a pagar ellos mismos), que hay que aceptarse como uno es y no prestarle atención a la mierda de sociedad, menos cuando se es bonita, y decirte que eres bonita y te dejes de pendejadas. Pero no te lo quiero decir porque también estoy ahí. Porque te entiendo. Porque yo también pasé un muy mal rato en la escuela. Porque hubo una época oscura en la que quise hacerme la nariz. Porque no me gustan muchas cosas de mi cuerpo. Porque soy víctima de mi clóset hoy día. Porque nadie me hizo caso hasta que le subí el ruedo al uniforme y me compré unas Airwalk. Porque a falta del “charm” físico, terminé desarrollando una personalidad excéntrica que trae problemas. Porque la belleza es subjetiva y nunca alcanzaremos el ideal a menos que nos sometamos a un montón de mierda que requiere tiempo y dinero que no tenemos. Porque supongo que todos tenemos derecho a vernos como realmente queramos, aunque al someternos al juicio de la sociedad estemos en verdad mal. Me parece mal, pero no puedo evitar dejarme llevar por ella también. Porque es importante para mí no ser fea más, irme desligando totalmente de cómo era hace cinco o seis años. Porque también me frustra mi físico. Y entiendo.

    P.S. Bueno, lo último sí te lo quiero decir. Eres bonita.

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