Delia

Lo alzas, un poco desconcertada. El delgado libro está dividido con un marcador cualquiera, de ésos que se venden en las farmacias, con una pareja tomada de la mano. Miras hacia atrás, pero la chica se ha ido ya. La ves pagar y correr acera abajo, mochila al hombro, como tú, hace no demasiado tiempo. La puerta se cierra y la guagua acelera.

Miras a tu alrededor. Nadie se ha movido. Los señores que tienes enfrente siguen hablando de política y el hombre a tu lado se esfuerza en balancear su café y mantener sentados a sus dos hijos. Lees la oración inicial de la página marcada.

Pero tras la mirada de Delia revivía cierto mundo oculto, que otros trataban de escudriñar.

La muchacha estaba como ida y todo el mundo se preguntaba por qué. Interesante. Mirando al frente con toda inocencia, deslizas el libro dentro del bolso de florecitas. Si la vuelves a ver, se lo devuelves. Contigo está seguro.

Pones el bolso en la mesa al llegar. Te cambias de ropa y lavas el baño en lo que las habichuelas se ablandan. Algo hay en las yerbas flotando entre las burbujas que te hace pensar de nuevo en el libro. No. Ya no tienes tiempo para leer. Hay cosas que hacer. Tal vez estaba embarazada, piensas, acordándote de “María de los Milagros” y la felicidad total de su protagonista cuando se enteró de que estaba encinta, pensando aquello tan conveniente de que su corazón al fin contemplaba realizados sus deseos de mujer.

Terminas de cocinar justo a tiempo para lavar. Clasificas la ropa de color y pones la lavadora a llenar. Te decides y buscas el libro, abriéndolo donde se quedó la chica.

…la lluvia de la noche barría el polvo acumulado en las últimas semanas sobre la escalera, removiendo de los peldaños rastros de barro y arena.

La espuma del jabón sube envuelta en vibraciones que te van tranquilizando. Echas la ropa leyendo y bajas la tapa.

Delia, te ves como si llegaras de otra parte –le decían– tu interés revive solamente con las palomas que planean a lo lejos o los murcélagos que cortan la noche.

Náh, a esa mujer no le pasa lo que a María de los Milagros. Te da la impresión de estar marcada por algo realmente sorprendente, alguna revelación secreta.

Oyes el portón del garaje abriéndose y cierras el libro, metiéndolo entre la ropa sucia. Vas despacio a la cocina. Enciendes el televisor y sacas un plato. Su habitual beso frío te roza los labios.

–¿Te vas a bañar?

–No, voy a comer antes.

Le pones la comida en la mesa y te sientas del otro lado porque no le gusta comer solo, aunque sólo le preste atención al pelo teñido de la reportera.

en las palomas que planean a lo lejos

Sabes lo relajante que es irte a escalar las grietas del techo de la casa con la cabeza nada más. Contarte chistes, empeñar la rutina a cambio de las anécdotas que se le escapan a los trazos del mapo, a los botones grises de las cajas registradoras.

–Esos pillos son la changa, mira, y que casi millón y medio… –suspira él, con menos fascinación que envidia.

Lo observas detenidamente. Te inquieta de repente el no poder reconocerlo, no poder diferenciar sus facciones de la pared que tiene detrás. Ver sus ojos enfocados, su tez bronceada, sus dedos cortos sin anillo –le queda pequeño, dice, y tú se lo creías– y sin embargo no poder diferenciar qué lo distigue y qué no. Deseas haber puesto el libro más cerca para poder escabullirte más fácilmente.

en los murciélagos que cortan la noche

Portadores de malas noticias que pueden abrirse camino por la oscuridad. Que pueden delatar. Mató a alguien, y sus pensamientos la fuerzan al silencio. Todo el mundo se hace historias de lo que le podía haber pasado. Se encontró con este individuo que la acosaba, que le quitaba el aire, y tomó una piedra. No, una piedra no–

–Hoy estás más eslembá de la cuenta.

–Estoy cansada.

–Pues vete a dormir.

Qué fácil, vete a dormir. Qué facil acostumbra ponerlo todo. Sonríes. Divides una invasora hormiga con la punta de la uña.

Retumba el pum de la lavadora acabando su ciclo y te levantas. Sacas la ropa y echas la otra sin esperar a que llene. Riegas el líquido sin fijarte y se te resbala la tapa. Un seco “¡Costó cara!” rebota contra las esquinas vacías. Pareciera salir del libro. Lo abres.

No se pudo precisar claramente el día en que el espiritu de Delia había tomado un nuevo y peculiar matiz.

La ves. La ves cómo cerraba sus manos en torno a su cuello, con una fuerza imprevisible. De la misma sorpresa, él se había echado hacia atrás. Habían caído al suelo, ella atenazando su cuello sin aflojar, él agarrando los mechones de su cabello con fuerza.

Había soportado el dolor como una nueva clase de goce. Desplazó aquella gloriosa electricidad a sus dedos largos y punzados, enlazados casi con amor en torno a su cuello. Las manos de él fueron aflojando despacio, dejándose caer de repente.

Te dio frío aquí, en la cabeza, en las manos, y quisiste volver.

Quiso que despertara para volver a ver esa mirada de sorpresa, de incertidumbre, sentir otra vez su miedo, y lo sacudió. La miraba como desesperado y ausente, sus ojos brotados, veteados de capilares rotos. Ella no previno el enorme vacío que comenzaba a absorberla. Tocó sus cabellos rizados con la punta de los dedos y lo besó en la frente, como a un niño dormido.

Abres los ojos, miras a tu alrededor. Deben ser cerca de las nueve. La oscuridad te envuelve, y tocas a tu alrededor para orientarte. El libro sigue allí, con su tapa laminada. Caminas hacia tu cuarto, tratando de disipar las palomas, los murciélagos, de tu cabeza.

Él duerme.

Tratas de sentarte frente al televisor para ver la novela. María de los Milagros dirige sus ojos húmedos hacia ti, tanto que parece que te observa de verdad, y se te eriza la piel. Lo apagas y caminas hacia la cama. Te acercas a él. Observas su cuello expuesto, un poco quemado por el sol. La piel se siente suave bajo su quijada. Pequeñas líneas curvas ya se dejan ver. Tan vanidoso que es. Sabes que lloraría si le dijeras de la papada incipiente. Pasas la punta de tu dedo por la tibia vena que late confiadamente bajo su piel.

Evocas el efímero sabor de triunfo y lo deseas nuevamente. Sientes que las puntas de tus dedos se calientan con el recuerdo del fuego. Te acuestas a su lado, y lo abrazas, rodeando su cuello con tus brazos, esperando soñar con Delia.

Un pensamiento sobre “Delia”

  1. ay Delia, digo Alleya, qués es esa mínima perversión que exhibes y que me encanta. sabes que eres una especie de Puig, no exactamente pero hay un dejo, un amorío con los medios, una mezcla bovariana entre la literatura y el espacio doméstico. me gustas mucho.

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