De cuna en la guagua

Iba en la guagua camino a la Piñero, sentada en uno de los últimos asientos, mientras pensaba que era una de las últimas veces que lo hacía antes de irme de la Isla la semana que viene. Una mamá y su niña como de 4 años se sentaron a mi mano izquierda. Mami, estoy sangrando, dijo la nena, a la vez que mamá fijaba sus grandes ojos negros en la pequeña nariz de su hija. Efectivamente, estaba sangrando. Un capilar, pensé, y la mamá le dijo, deja de meterte los deditos en la nariz, estás to’a ensangrentá’. Estas palabras detonaron el puchero, eventual llanto de la nena. En consecuencia, mamá gallina abrazó a su pollita y le empezó a cantar para distraerla. A-Um-dijo un día el sapito; La gallina turuleca y el Puente se está cayendo formaron parte del repertorio musical de la mamá, quien para mi sorpresa tenía una voz de un color muy especial. Su voz era grave y dulce a la vez: como decir una voz terracota. Pensé que ese tono en la voz sólo lo tienen las madres cuando les cantan a sus hijos o las cantantes brasileñas. La mamá desconocida entonaba como toda una profesional. Al rato la nena ni se acordaba de que le sangraba la nariz. Al rato sólo se escuchaba la mujer de la voz bonita. Los que estábamos cerca en los asientos tarareábamos, embelesados, las canciones que nos sabíamos de memoria.

5 pensamientos sobre “De cuna en la guagua”

  1. Las voces tienen colores, Mara, gracias por recordármelo. La voz de mi abuela-madre es azul. Sí, así es. La veo, la siento, la escucho. Ella me cantaba “a la limón, a la limón” y “estaba la pájara pinta, sentadita en el verde limón”. Si yo hubiera estado allí contigo, hubiera también cantado el repertorio.

  2. Sí. Las madres nos vuelven idiotas de por vida. Perdemos toda capacidad de rasocinio cuando escuchámos ese sonido estupidizante de la maternidad. Alguien debería hacer algo. Ta, ra, ra, tara, ra, ra…

  3. Algo que siempre voy a lamentar es que mi abuela, que me cantaba mucho, ya no se acuerda de las canciones porque hace tanto que no me las canta, y yo menos, porque era tan pequeña, y ella morirá y las canciones nunca podré recordarlas.

  4. quién sabe, isabel, si un día, cuando menos te lo esperes, alguien tararea una de esas canciones y vuelven a tus labios como por arte de magia. mi abuela me grababa cuentos en casetes que todavía guarda. el otro día puso uno y,de repente, me acordaba de todas las historias que hacía tantos años no escuchaba.

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