De cuando seamos viejitos…

El abuelo de mi esposo orina con la puerta del baño abierta. Anda por la tercera edad (ochenta y tantos) y el asunto no involucra únicamente a su olvidado pudor. Sin duda va más allá del decoro que los años te dan permiso a descartar. ¿Será eso cierto? ¿Será cierto que hay edades que nos dan el permiso para dejar de lado el respeto por el otro, de no tomar en cuenta las convenciones morales, familiares y públicas? ¿O es que la simple senilidad anula la vergüenza porque sí? Con este viejito no sé qué pensar, la verdad. Sin embargo, el asunto no se circunscribe a dejar la puerta del baño abierta para que las féminas que transitan el hogar nos escandalicemos o lo miremos con asco. El asunto se complica porque, este anciano que ultimadamente fue diácono de la eucaristía hasta sus días lúcidos, ahora se saca el miembro y lo deposita sobre el lavamanos. Y es allí precisamente donde vierte sus orines.

La escena la descubrí almorzando. Fue una verdadera sorpresa notar que desde el lugar en donde me hallaba sentada en la mesa, se divisaba el umbral del baño, territorio en donde él se estacionó para hacerme partícipe de su nuevo acto. Y digo nuevo, porque en días recientes se había orinado en una de las habitaciones de la casa, en donde convalece otra de las ancianitas que comparten el domicilio. Dejó su meao mayoritariamente sobre la colcha de la cama y el resto lo vertió en el piso. También me consta que en ocasiones, mientras camina, se saca lo suyo y fumiga el verde pasto del patio, o las losetas de los balcones. Por cierto que su esposa, también octogenaria y con extremada pérdida de la audición, se resbaló con una de esas humedades doradas que él había dejado sobre el suelo y terminó con una fractura de cadera luego de una caída apoteósica.

Indudablemente me llega a la memoria la imagen de mi abuelito, ya fallecido. Recuerdo que él también tenía sus peculiaridades sobre ir al baño a hacer número uno. Pasaba toda la mañana y la tarde sentado en el balcón, y para evitarse las correrías que le causaba la vejiga hiperactiva, justo allí, sentado en el sillón de mimbre, frente a una verja de rejas que lo dejaba expuesto a la vista inmisericorde de los transeúntes, se abría el zipper del pantalón bermuda a cuadros con olor a sudoraciones acumuladas durante la semana, y hacía su necesidad.

El asunto se vuelve toda una reflexión auto-intimista aunque no se quiera. Aunque intentemos ignorarlo, no se puede. ¿Llegaré a eso alguna vez, o a cosas peores so excusa de lo que nos hacen las décadas sobre el cuerpo y la mente? ¿Con qué perderé yo el pudor cuando me toque? ¿Con los peos en público, con sentarme patiabierta sin pantaletas, con no bañarme por días o semanas enteras? ¿Llegaré a pedirle a otro fulano que me limpie luego de haber echado mis heces al inodoro?

En todas partes escucho que los viejitos se vuelven como niños, como bebés. ¿Es eso realmente lo que sucede? La curiosidad y la pena me aturden.

6 pensamientos sobre “De cuando seamos viejitos…”

  1. De veras que en este momento (algo que nunca había pensado) me da con lamentar no tener una manguerita con que rociar lo que me de la gana cuando ya no pueda hacer mucho más. Tal vez es un statement, tal vez ya no hay porque pensar las cosas tantas veces. Tal vez sea como lactar. Cuando lactas por primera vez sofocas al pobre muchacho por que no se te vea ni un cantito de piel… con el paso del tiempo, no te preocupa que salgan todas tus virtudes al aire. Quién sabe, no? Lo cierto es que tarde o temprano sabremos.

  2. Yola, no sé si lo que haces en una pregunta o lo que dices es una respuesta. La senectud trae con sigo otro mantra, otro nivel de ver ¿la vida? No me digas que aveces no quisieras mearte en la cama o robarte un libro de Borders, claro que sí. A su edad los viejitos ya han suprimido lo suficiente su creatividad y al final sólo dicen ¨que se joda¨

  3. Mi trabajo me enfrenta a todo eso entre recién nacidos y recién vivos. A cada etapa corresponde una manía o un afán particular, que todo el que lee esto ya conoce, porque las ha pasado o las ha visto pasar. Triste me resulta y me asusta, ver cuando se privilegia -usualmente la adultez- o se trata de canjear una etapa por otra. No nos volvemos niños nuevamente, nos volvemos viejos, con toda la belleza que eso tiene. Hace poco en “el centro de todo” vi una persona con distrofia muscular y con retardo, había de tener unos 45 años y le arropaban con una sábana de muñequitos y le vestían y trataban como un bebé, a las bebés -las de verdad- las veo cada vez más vestidas como adultas -de la parada 15- y así siguen los ejemplos para que todo aquello que no nos parece adulto lo vistamos de adulto y lo que parece adulto pero no actúa como tal, lo vistamos de niño.
    Me alegra que hayas traido el tema. Ahora no sé si soy viejo o me falta el pudor por a veces orinar a puertas abiertas.

  4. Me da gracia, porque el pudor tampoco se tiene de niño, y lo que te preguntas de que si los viejos se vuelven como niños tiene ahí su fundamento. Cuando yo era niña, mi mamá y yo andábamos desnudas por la casa y ninguna se fijaba en la otra; era cuestión de comodidad, coño, para eso se está en la casa de uno. De esa falta de inhibición, y también de la costumbre de que los niños no se encierran por si surge una emergencia, resultó que hasta los otros días en mi casa todo se hacía con la puerta del baño abierta. Eso hasta que descubrí que si uno se baña con la puerta abierta, entra el frío de afuera y da en la piel mojada. En los últimos tiempos de cohabitación con mi mamá, a ella le dio por ser pudorosa y taparse toda y abochornarse cuando salía de la ducha y se daba cuenta de que yo estaba sentada en el inodoro y situaciones parecidas. Siempre tuve el presentimiento de que se trataba de una especie de vergüenza porque yo, ya adulta, tenía conciencia de que mi mamá no era sólo mi mamá, sino también un ser sexuado, no sé. Lamento que esa libertad se pierda con la edad (aunque, según ustedes, se recupere después;porque la verdad es que esos viejos con tendencias escatológicas seniles no son la regla, mis abuelos y abuelas pasan de los 90 y nunca los he visto hacer nada de eso).

  5. Bueno Yolanda, parece que tendrás que soportar mis comentarios. De hecho voy a leer todos los relatos de tu autoría que propone Derivas…
    Respecto a este relato, ya habrás escuchado eso de los injusto de nacer niños y morir en la decrepitud y de que debería ser a la inversa.
    Pero tus letras han promovido en mi algunas reflexiones: la inocencia ¿no es una pedantería cuando uno es adulto? ¿o cuando comienza a madurar?
    Sin duda que no hay inocentes en un mundo injusto y más aún en medio de un universo que escamotea su sentido.
    Temeraria o heroica (si es honesta) la inocencia de la vejez es un cachetazo olímpico (¿sabiduría) a tanto “establecido” que a poco de pensarlo es hipocresía. Y paremos de reflexionar pues de ahondar me parece que deberíamos llamarla esquizofrenia.
    Me ha movilizado tu relato.
    Gracias por escribir.
    juan enrique desde Córdoba Interior de la Argentina

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