De cómo hacer un matre para las muñecas

Vomitó, sobre el suelo, el casquillo pro-silencio de una bala, la placa mohosa de un sargento policial y un garrote semi azul. Gotas caen. Perros ladran. Pestecita leve de la muerte. Olorcito oscuro de jabón. La Biblia ya no estaba. El sillón de abuelo se movió y el espejo mal cortado estaba en otro lado. Baño. Goteras. Hedor. El catre estaba junto a la pared pero el matre sobre el piso. Cosa rara esa. Un matre amarillito sobre las losetas y un espejo muy cerquita, desde donde todo se podía ver tipo close-up. Verrugas en el techo. Círculos de sombra y de mareo. Las ventanas estaban semi abiertas. La luz mojaba el piso. El piso tenía agua. El agua olía a orín. Olía al ácido del semen y al marisco crudo de la sangre. En el baño resonaba el soliloquio de la ducha. La sillita rosa se mojó y se acostó entre azulejos. El baño es gris cemento. Pantalones se arrastraron por el cuarto. Se oye la quietud del abanico. Un revolver la señala. El matre está empapado. Las sabanas quedaron despeinadas y se pintan de una sangre con orín. El orín fue alguna vez rosita. Para ese entonces, el orín era otro orín. Brotaba todo desde un cuerpo chiquitito con piecitos de una nena. Cabrón. Desgarre. Bendito sexo sin crecer. Una correa se marcaba sobre el piso de la carne y unos pantys, espulgados por los dedos de alguien más, no tenían suficiente tela para hablar. Huele a sarna. Ya no llora la muñeca. La sangre compite con el agua. Las moscas vuelan sin cesar.

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