De adioses tristes y la gracia de partir

En la mayoría de los casos, las despedidas son motivo de pena. Y si por alguna razón no lo son, se debe hacer algún ajuste sentimental para que el evento corresponda a la atmósfera. Y así nace el melodrama, el abrazo largo y agotado desprovisto de sentido, esa última noche juntos que será “la más bella” aunque el deseo ya esté muerto y enterrado. No es culpa nuestra, así fue que nos dijeron que eran las despedidas. Como si al partir se nos partiera la vida y ya fuera imposible juntar sus pedazos. Y es en ese gesto de irse, que se cuece nuestra verdad más íntima. No queremos quedarnos, por nada ni por nadie, a pesar de todas las solidaridades aprendidas que nos recriminan cualquier intento de huída. Muchos piensan que marcharse es el precio que pagamos por algún pecado que ya ni recordamos. Como Adán y Eva siendo expulsados del paraíso, con la mirada extraviada, desorientada y la zozobra de tener que fundar un nuevo espacio al que puedan llamar hogar. Porque parece ser que lo más importante es encontrar ese rincón calientito que sirva de asiento y base para la edificación de una nueva vida y de nuevas nostalgias. Y así nos pasamos la vida, fundando nidos, colonizando camas, haciendo de nuestro cuerpo una extensión de algún lugar. Pero ¿qué hay del placer de no sentirse parte de nada? ¿Qué de aquellos cuya delectación reside en el éxodo, de esos que cada vez aprenden a despedirse mejor?

¿Qué es exactamente la nostalgia? Es el recuerdo huérfano que encuentra asilo en una pena que no necesita justificarse. Un caminito ficticio que va desde la cabeza hasta el estómago, pasando por el corazón. Un espejo mágico que retrata y amplifica los negativos que residen en nuestro imaginario con el fin de revolcarnos las entrañas. La memoria que se apena por no tener referentes accesibles es el malestar. La resaca hiperbólica del recuerdo es el mareo. La obsesión y el fetichismo con todo aquello que nos transporte a ese lugar es la náusea. La nostalgia es el vómito.

Pero a pesar de lo aprendido, descubrimos (un poco con temor) cuán felices somos lejos de esa cosa a la que llamamos nuestro origen. Nos sorprende nuestra capacidad de acomodo, nuestro repentino desprendimiento y el descarado gesto de adoptar y adaptar nuestro yo a nuevas circunstancias y espacios. Es casi delictivo e incriminatorio confesar que me gusta más la vista que tengo desde mi ventana nueva a la que tenía allá (aunque tuviera el flamboyán incluido) o que prefiero el café de la esquina de mi nueva calle al de la panadería de mi barrio, o lo más atroz, que prefiero a la gente que transita por aquí a los que solían caminar por allá.

Y es que somos infinitamente divisibles. Dejamos las esquinas de nuestra vida regadas por todos lados y nos adueñamos psíquicamente de un montón de espacios. Ojalá aceptáramos el gesto amable que tiene la vida con nosotros al debilitar nuestras raíces, al socavar la procedencia que tanto nos obsesiona y borrar un poco del mapa nuestras pisadas.

Cuando nos vamos dejamos de ser. Aunque hayamos jurado permanecer puros, inalterables e incorruptos, las partidas son siempre transformadoras y reveladoras. No somos lo que fuimos, pero tampoco nacemos de la nada. Nos reconstruimos con pedazos viejos y nuevos, y al final ya no sabemos muy bien qué carajo es lo que somos, en dónde estamos parados, o para dónde es que vamos. Y ante este nuevo estado de imprecisión lo único que puedo decir es… qué rico. Qué delicioso es sentir que el origen, o la identidad no es más que un vestido que te pones y te quitas según te dé la gana. Hermoso reconocer que las raíces son para los árboles y que a nosotros nos corresponden pies ligeros. Y los pies no se amarran ni se entierran. Los pies caminan.

5 pensamientos sobre “De adioses tristes y la gracia de partir”

  1. Aquí hay comments para rato, pero por prisa sólo diré que esta…

    “Pero ¿qué hay del placer de no sentirse parte de nada? ¿Qué de aquellos cuya delectación reside en el éxodo, de esos que cada vez aprenden a despedirse mejor?”

    …es la mejor glosa que se ha escrito sobre la escritura de Pepe Liboy hasta el momento. Ahora es que se “entiende” por qué Pepe insiste en mejorar las despedidas, gracias March por la buena crítica, esclarecedora teoría.

  2. Yo cada vez me despido peor. Es más, ya ni me despido, sólo viro la cara, doy la espalda y camino.
    Por otro lado, que intragables son estos neo-nostálgicos que no pueden parar de llorar algo que creen que tuvieron alguna vez (o quieren creer que tuvieron alguna vez) pero saben que nunca estuvo ahí. ¿No?

  3. “…de esos que cada vez aprenden a despedirse mejor?”

    ¿Qué será de nosotros, amiga? Antes me jodía el hecho de despedirme, y ahora comoquiera termino jodía porque me siento culpable de despedirme mejor….

    Pero anda!! a despedirnos y a encontrarnos que para eso hay que caminar…
    Un abrazo

  4. Marcharse, despedirse, no es más que llegar a otro lugar y saludar. Yo he sentido “ese placer de no sentirse parte de nada” incluso en el “origen”, cerca de los espacios a los que sí pertenezco sin pertenecer.

  5. El segundo párrafo está genial.

    Todos ustedes me llamarían una sentimental asquerosa porque no tengo la facilidad de la que se jactan ustedes de despedirse. Sí, Luis, lloro, pero con la certeza de que sí lo tuve. Hay cosas con las que uno no puede fingir lejanía. Esas reacciones son métodos de defensa para que las cosas nos duelan menos, pero yo soy de las que piensa que el que necesite recordar o vertir una o dos lágrimas como parte d eun proceso de desprendimiento debe hacerlo. Me he desprendido de cosas de la misma forma por que ustedes abogan y luego me he arrepentido. Yo no puedo tragar y seguir; si algo me causa dolor, la mejor forma de ahuyentarlo no es ignorándolo, sino encarándolo y haciendo lo que sea que haya que hacer para sacármelo de adentro. Como dice Axel, cada cual procesa de forma diferente. Ésa es la mía.

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