Crónica de la XXXII versión del maratón poético más largo de Nueva York

Whenever I find myself talking of the beauty and the poetry of the Bosphorus and Istambul’s dark streets, a voice inside me warns me against exaggeration, a tendency perhaps motivated by a wish not to acknowledge the lack of beauty in my own life. If I see my city as beautiful and bewitching, then my life must be so to. A good many writers of earlier generations fell into this habit about Istambul: Even as they extol the city’s beauty, entrancing me into their stories, I am reminded they no longer live in the place they describe, prefering the modern conforts of western cities. From these predecesors I learned that the right to heap inmoderate lyrical praise on Istambul’s beauties belongs only to those who no longer live there, and not without some guilt: for the writer who talks of the city’s ruins and melancholy is never unaware of the ghostly light that shines down on his life. To be caught up in the beauties of the city and the Bosphorus is to be reminded of the difference between one’s own wretched life and the happy triumphs of the past.
Orhan Pamuk, Istambul: Memories and the City. Traducción de Maureen Freely. Knopf (2005).

La memoria sentimental de un viaje a Nueva York para despedir el 2005 junto a mi madre, residente del Bronx, me lleva a recordar una escapada que planifiqué junto a mi hermano menor para asistir a dos lecturas de poesía que se celebrabaron simultáneamente el 1ro de enero del 2006 en el Greenwich Village: el 32nd Annual New Year’s Day Marathon Reading, del Poetry Project At St. Marks Church y el Codex Solaris: The 12 Annual Alternative New Year’s Day Spoken Word/Performance Extravaganza, del Bowery Poetry Club.

Lo primero que noté en el artículo del The Village Voice que anunciaba las actividades fue la bifurcación de la comunidad poética nuyorka, que comienza todos los años dividida, auspiciando sendas actividades poéticas maratónicas que se celebran en distintos lugares de la ciudad a las mismas horas. Son 12 horas ininterrumpidas de maratón. De un lado, los blanquitos herederos de las lecturas originales del Poetry Project allá para 1965, bajo el dominio de Allen Ginsberg y Anne Waldman. De otro, los negros y los inmigrantes cultos con guille de airecillo subalterno que se reúnen bajo la consigna del spoken word en The Bowery Poetry Club. Como son dos escenas paralelas, entonces resulta que las 12 horas realmente son 24. Por lo tanto, son 24 horas de poesía continua para saludar el año en Nueva York.Cuarenta grados Farenheit y una perdida de más de una hora y media por las calles laberínticas del área cercana a la iglesia de la imaginación impidió que llegásemos a tiempo para presenciar el show de los acomplejados por el peso de las palabras de las etnias. Sólo hubo ocasión de refugiarnos de la intemperie justo a la media noche en la conservación “mainstream” de St. Marks.

Se trata de un espacio enorme, caliente, con una acústica ganada a las formas románicas que invita al silencio de los espectadores y a la reflexión sobre las modulaciones y los contenidos de las voces de los sujetos de la recitación.

A ambos lados de la nave central, transformada en sala de conferencias debido a las sillas modernas, se extienden las naves laterales; cómodos pasillos habilitados con gradas alfombradas que permiten que los espectadores descansen como se encuentren cómodos: ya de pie, ya acostados o sentados. La cosa es estar y ya.

Nuestras miradas se concentraban en el punto central donde usualmente se exhibe el crucifijo, en este caso ausente luego del traspaso de propiedad de la iglesia cristiana a la organización no gubernamental. Allí, debajo del Cristo invisible, desfilaron poetas con señas distintas. Casi todos aparentaban ser mayores de treinta años. Caucásicos. Algunos profesores universitarios. Una mujer con indumentaria de moda gótica que mostraba un tetaje descomunal. Un joven en ropa de hacer ejercicios marca Addidas. Un homosexual tipo autor de The Picture of Dorian Gray disfrazado de hippie recién regresado de exploración espiritual con gurú hindú.

Recitaban de memoria, con ritmo ensayado, como si para ellos pararse ante los espectadores para compartir su poesía superara el esfuerzo solitario de la escritura y fuese una actividad pública seria y formal. Nadie improvisó. La gótica nos remitió a una jornada en las calles de Brooklin, un profesor universitario primero profirió un discurso surrealista y luego redondeó su propuesta con un segundo poema de descripción real. El joven atleta hizo uso de todo el escenario y nos deleitó con una pieza urbana decadente en los tonos entrecortados que no llegaba a hip hop. El homosexual se tiró un poema político que redundó en sátira contra el presidente Bush, recargada con un exquisito wit inglés que nos hizo reír.

La poeta más fuerte y con mayor presencia escénica decidó entonar una plegaria paleolítica que caló hondo tanto en mi hermano como en mi interior. Al principio pensamos que se trataba de una cursilería new age, pues explicó que la voz provenía de tiempos prehistóricos; un canto profético a la humanidad perdida que traía ella, la medium, del más allá. Sin embargo, algo ocurrió que nos cambió. La iglesia se llenó con la voz de los mensajes de la profundidad. Jugaba con los arcanos de la destrucción y la construcción de un planeta malagradecido y unos sujetos que demabulan en la oscuridad, inclusive a plena luz del día. El aplauso fue unánime y las sensaciones canalizadas vibran todavía hoy.

La velada concluyó con un fiasco cervecero en el pub The Thirsty Scholar (#155 2nd Ave.), donde nos sirvieron Heineken convencional porque la falta de gas no permitió que funcionara la máquina que lleva a los vasos altos la Guiness de barril. El timbiriche-rest. Pommes Frites Authentic Belgian Fries, donde venden papas fritas belgas con más de 40 tipos de mayonesas para dip, estaba cerrado así que matamos el hambre en una taquería mexicana baratísima equipada sólo con 4 mesas y una dependienta rockera que nos recomendó del children’s menu unos nachitos con queso que los locales piden para llevar. Las Guiness nos las bebimos en un 24/7 cercano tipo Greenhouse que atendía un viejo japonés y una loquita colorá.

Comentamos lo mejor y lo peor de la noche, la fucking división estúpida entre los poetas “inmanentes de la inmanencia inmaterial” (o sea, los comemierdas) y los de la ridiculez del spoken word: como si los demás estuviesen en silent word o algo por el estilo (estos últimos son los cafres o los putipuercos, escoja usted). Llamamos un taxi que nos dejó en la boca del subway Path que nos devolvió al hotel hasta New Jersey y que, cruzando el río Hudson, allí estaba para nosotros -simple y accesible ya 2 de enero- como en las madrugadas la barriga acolchonada de cualquier dios soñoliento.

Bibliografía consultada
Kurlansky, Mark. Boogaloo on 2nd Avenue: A Nobel of Pastry, Guilt and Music. Ballantine Books (2005).

7 pensamientos sobre “Crónica de la XXXII versión del maratón poético más largo de Nueva York”

  1. Me resulta interesante como personas apasionadas por una misma cosa pueden segregarse de tal manera. Encuentro que muchas veces se debe a uno o dos egos exagerados que deciden que no hay espacio para algo diferente a lo que ellos consideren parte de su canon.

    Me gustó tu relato, aunque no sé como alguien pueda comer papas fritas con mayonesa. Je, je.

    Saludos.

  2. josé,
    las papas fritas con mayonesa saben divinas. ya tengo el nombre del sitio para mi próximo viaje a nueva york.

    manuel,
    excelente texto. me cautiva el epílogo y la forma en que capturas un día en tu vida.

  3. extreme!!!
    me gusta

    también las papas fritas con mayonesa, es sexy

    “inmanentes de la inmanencia inmaterial” (o sea, los comemierdas) – jejeje

  4. La “inmanencia de lo inmaterial” y las hiperconciencias de lo étnico o la putipuerquería (me encantó eso de putipuercos)…fácil de transportar: poesía del Nuyorican o del Boricua…lecturas en Casa España o en La Tertulia…Joaquín Sabina o Residente Calle Trece…la inescapabilidad de la paja poética…That’s the way it is! Run Forest…Run!

    P.S. Borges: las papas con mayonesa se comen con las manos o en casos de extrema fichulería con tenedor…pruébalas son deliciosas. Que viva la grasa!

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