Ciudad con guantes

Hoy el día se ha conciliado con mis contradicciones; se ha cubierto piadoso las manos con guantes grises, oscuros como el fondo de mis ojos, después de todos estos meses en que el invierno quiere ir y venir a latigazos para volverme loca. Con el cuerpo en volutas encogido, con una cortina de agua punzante y fría recorriéndole la columna, ha venido a darme la clave de tu ausencia: tengo que resignarme; y la resignación ha cobrado la forma de un hueco entre mis pechos, sordo y mudo, seco, donde el ritmo de los pasos sobre el asfalto daba golpes. La realidad venía cubierta con una voz de música urbana que me acompañaba. El camino venía repitiendo el residuo de mi reflejo en los cristales de los escaparates tristes de esta ciudad desierta, donde una vez hubo sol y cielo azul y tú, a mi lado, recorriéndola. Pero esta tarde el día vino a decirme con sus susurros de viento, que me resignara a tu ausencia. La bóveda pesada vino a entallarse sobre mi cuerpo, ciñéndose para pulirme las esquinas agrias de mi inconformismo; vino a acariciarme como a un perro perdido, y pude sentir en la palma de sus manos frías la miseria compartida del dolor de este extravío. El alivio es siempre espeso y simple: sólo resignarme, para sufrir menos; la tarde vino a decírmelo: sólo esperar a que el día se cambie los guantes. Desde entonces caminar apartándome los ojos de la imagen hundida de mis pasos, uno detrás de otro, ritmo continuo sobre el asfalto; desde entonces observar el horizonte imponiéndole tu regreso. Y saber que te vas viniendo, de una manera imprecisa, desde lo lejos, para alcanzarme no sé en qué espacio del tiempo.

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