Cicatrices, para Jesús

Tantaswa tiene una estrella al lado de su ojo derecho. Un destellito brillante, unas puntadas de seda. Puntaditas que me reguindaban la mirada en tela negra de seda de su cara siempre que la miraba. Seda sobre seda y negro sobre negro, más relampagueantes que todos los colores juntos. Suspiros hilados de piel cotidiana que se busca para amarrarse. Ni a ella ni a nadie le pedí referencias. No quería patrones de papel de cera, ni marcadores, ni medidas, ni modelos. Nada que me enseñara a coser, ni me remendara la memoria.

Nunca quise reconstruir las pieles rajadas. Sus bocas abiertas me callaban. Me incrustaban en silencio con la carne fibrosa que les crecía a brazadas para coserles la voz, un buen día. Aquí las heridas dicen demasiado, por eso las cicatrices crecen para tragarse su memoria. Y tienen que crecer gordas y brillosas para tragárselo todo, como peces. Así cosen el silencio, como si lo compraran. Y como se convierten sólo en memoria de sí mismas, compran todas las preguntas de una vez.

Tantaswa tiene hilitos, pero también hay sogas y volutas que retuercen la carne con tensión umbilical. Costuras monumentales de patrones desbordados. Todas ellas, puntadas para cogerme el ruedo en las esquinas del metro y al borde de la acera; para recortarme el camino sobre hermosas pieles de seda. Me cortaban la voz y el camino para enseñarme el lustre del negro sobre el negro cuando se trata de mantener la carne junta. Y me zurcían a mí también, porque se traspasaban de tela.

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