Buscando un abrigo nuevo

Anochecía en una ciudad llena de smog que se reflejaba en los rayos amarillentos de los focos. Los autos difuminados a lo lejos daban el aspecto de una tarjeta postal de cualquier ciudad del mundo. Mis orejas estaban rojas por las lamidas del viento, en la acera brillaba una capa de lluvia. Metí mis manos en los bolsillos y evitaba los charcos porque detesto que se me mojen los ruedos de los pantalones y luego se me deshilen y se hagan un desastre. Comenzó a llover fuerte e insistente, los goterones caían con tal fuerza que parecían atravesarme hasta el tuétano de los huesos, en cuestión de minutos estaba empapada. Sentí en los labios el sabor del fijador de pelo, me aparté las gotas de las pestañas y divisé las palmeras neón de un bar que con su patética alusión paradisíaca se me antojó como un verdadero oasis. Abrí la puerta apresurada, todas las miradas se posaron en mi cuerpo empapado, les lancé una sonrisa forzada y caminé hasta la barra. Comencé a tiritar del frío.
La bartender resultó ser una mujer cercana a los cuarenta que parecía estar sacada de un bar “leather” de los años 60. Le pido una tequila con limón. Al pasarme el limón me sonríe, por alguna razón recordé el gato rosado de Alicia en el País de las Maravillas. Abrió la boca e intentó comenzar a decirme algo hasta que Ella se me acercó e interrumpió la conversación abortada. También me sonrió y me acercó un abrigo. “Si quieres puedes cambiarte la blusa no sea que agarres un catarro.” Lo tomé e intenté balbucear un gracias. Me apuré mi trago y caminé hacia el baño. Ella me siguió. Los cubículos del baño estaban destartalados y el desnivel de la puerta dejaba rendijas. Ella se lavó las manos y se retocó un poco el peinado frente a un espejo manchado. La luz era amarillenta y emitía un zumbido extraño. Entonces sus ojos se encontraron con los míos en la frontera de la rendija. Ninguna de las dos retiró la mirada. Mi blusa empapada cayó al suelo en un ruido sordo, como si sólo existiera en el mundo esa pieza mojada.

Al principio no supe que aquella voz tranquila pero fuerte había salido de mi garganta. “Ven y sécame” Ella dio cinco pasos, los conté porque me parecieron la medida exacta de la eternidad. Me abrazó. Mi pantalón empezó a humedecer el suyo. Me besaba sin ninguna prisa. Parecía que los sonidos hubiesen desaparecido y sólo existiera el roce de sus pantalones de mezclilla contra los míos de poliéster. Me acariciaba y me quedé absorta cuestionando si aquellos dedos arrugados de agua que desabotonaban su blusa eran los míos. Lo eran y fueron los mismos que la arrinconaron contra la puerta, que la hurgaron en la inmensidad y la trajeron de vuelta. “Déjame pasar” le dije. Ella se hizo a un lado no sin antes mirarme con aquellos ojos profundamente solos. Puse un billete en la barra y me chupé el limón deprisa.

Afuera ya había escampado. Caminé nuevamente en completo silencio. Tenía un abrigo nuevo que me combinaba con ese nuevo rostro, que era mío y se reflejaba en las vitrinas de los establecimientos. Mis dedos ya no estaban arrugados. Me los llevé a los labios. Desandé mis pasos y me le planté enfrente. “Si quieres tener tu abrigo de vuelta, tendrás que buscarlo en mi casa.”

Reading, PA
29 mayo 2006

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