Breve sobre la ciudad sin perros

Esqueléticos galgos
buscan agua en un cauce
seco
Pedro Salinas

I
Los primeros dos perros que vio en esa ciudad desierta paseaban atados a una soga larga –no a un collar–. Quizá no han llegado los collares para pasearlos, o no han llegado los paseadores. El tercero estaba encerrado en un carro frente a la oficina de traspaso de vehículos de motor. Aullaba. En el centro comercial, los establecimientos estaban clausurados. El cuarto, no sabe si era perro. Mientras atravesaba el bosque para llegar a su casa, una criatura corrió de un extremo a otro del camino, perpendicular a ella en su bicicleta. Cree que fue un perro negro, pero no lo puede asegurar. Se perdió en la espesura.

II
No fue la primera persona en notarlo. A su amiga argentina también le parecía raro. Si todo apuntaba a la búsqueda de un espacio bucólico; si el campus asemejaba un jardín del Edén, dónde estaban los canes que debían guiar a los pastores. Dónde los de Diana la cazadora. Ella era un mito. Claro, pero, por qué tantos venados. Había algo entretejido que no se dejaba leer. Tenía que ver con las sonrisas de los transeúntes, pensó.

III
Mientras caminaba hacia una exposición de grabados en la universidad, pensaba en que quizá se llamaba Cerbero el perro del bosque. El pintor, mexicano, es el artista residente del Museo del Bronx. ¿Por qué los lechoncitos?, le pregunta. No son lechoncitos, son perros, le dice. La exposición se titula Metamorfosis.

IV
Le ofrecen una torre de libros nuevos antes de irse a la cama. Los mira a todos por encima, sus portadas, tamaños y colores. Escoge uno de Mario Bellatin, porque algo le suena de ese autor. Entonces recuerda haberse leído “Jacobo, el mutante”. También, habérselo regalado a un amigo. El libro se títula “Perros Héroes”. El can Pastor Belga Malinois favorito del entrenador parapléjico se llamaba Anubis. Se lo lee hasta el final. Buen libro, piensa. Se queda dormida y no sueña con perros.

2 pensamientos sobre “Breve sobre la ciudad sin perros”

  1. I
    El primer mastín fue el que le dijo: esta tarde he visto a dos perros, uno hablándole a la oreja al otro. Mientras lo mira diciéndole esto, trata de no embelesarse con sus ojos. Pasa por alto sus lunares.

    II
    No fue la primera persona en notarlo, pensó. El sonido de las cigarras parecía apagar el switch de todo lo real, hasta ese momento. En la metamorfosis que había estado estudiado no hablaba en ningún lugar de la trasformación can/venado. Pero la realidad era que la seguían. Peor aún, la perseguían. No hacía mas que asomarse a la ventana, allí estaba el venado, que ella pensaría que era uno diferente. No notó, como nunca lo hará, el walkie talkie diminuto del venado, que siempre era el mismo, porque para eso lo habían contratado. Estaba comunicándose con El Centro de Operaciones. La trama de volcaría si ella no hacía lo debido.

    III
    Por eso, ella cargaba siempre con su Cuadernillo de Situaciones Extrañas y Absurdas. En su pupila, podía notarse la raya que la distinguía. Había roto las reglas, y ahora pagaba las consecuencias. Ella switched toungues cuando La Estudiosa Tejana se paraba en su camino, then she switched it back cuando se iba, porque lo había escuchado un tarde en casa de una Poeta D’La Capital de puerto rico en un disco de Cypress Hill. Eso le parecía que tenía una trama particular, igual que intuía la Poeta D’La Capital, lo que hacía que apuntara los hallazgos en el Cuadernillo de Situaciones Extrañas y Absurdas. Prefería no comentarle nada a la Estudiosa Tejana, porque le parecía mejor dirigirse a ella en una lengua que la Estudiosa Tejana desconocía. Así se pasaban, una hablando en un idioma, la otra en otro, mirando a diferentes lugares cuando se dirigían una a la otra. La confusión llegó con los cerdos, que él corrigió para decir que eran perros. La Estudiosa Tejana insistió en que eran cerdos, y por ende, deplorables.

    IV
    Esa noche no soñó con perros. A la mañana siguiente, el Cuadernillo de Situaciones Extrañas y Absurdas estaba en el piso de la habitación, abierto, y con las páginas salibadas en una misma esquina, como si alguien las hubiese pasado con la boca. Su corazón trotó aceleradamente. Habían arrancado ferozmente el Manifiesto Singular De Los Artistas de La Isla/Colonia De Puerto Rico. En él había una sección dedicada a explicar en detalle las maneras de mantener a los isleños/colonizados informados de los escritores actuales y de antaño, los artistas del mundo, las hazañas arquitectónicas, los álbumes más codiciados y más difíciles de conseguir y hasta las últimas tendencias en la moda. Todo lo tenía fríamente calculado hasta esa mañana. Fríamente calculado y escrito, que era lo que ahora la tenía en una estado parecido al de una crisis nerviosa. Se acercó a la ventana que daba al lago a maldecir en voz baja, y a llorar a moco tendido. Cuando el venado notó que la mujer se acercó a la ventana, dio la señal.

    V
    Síguelo tú.

  2. Caracterización indirecta omnisciente que se vuelve directa viciada con bonus track de personaje redondo fantástico y cita desconocida:

    Ella quería robar así que lo hizo, no había porque recriminarse. No lo hacía por envidia, ni por hambre, por celos, ni por llanto. Lo hacía por una cuestión de técnica. En todo caso, dada la confieza, era como tomar prestado. En todo caso, era como divertirse, en todo caso era como follar. Durante un tiempo, que ya parecía ancestral, lo habían intercambiado todo. Libros, amantes, ropa deportiva, camas, sueños, amigos, carros, escaleras. Incluso habían publicado textos una con el nombre de la otra, lo que les daba cierta complicidad que solo podía ser descifrada cuando se miraban fijamente a lo ojos y se decían: “ las palabras son rocas en la distancia”. Después, se morían de la risa por aproximadamente cuarenta y ocho minutos hasta llorar y lo desenmoñaban todo, incluyendo sus marantas, para fumárselas sentadas en el balcón. Al principio era bastante tolerable la situación. Sin embargo, era inminente la invasión de espacios: ése era mi territorio, mi balcón. Aguanté sigilosa, sin alborotar a los vecinos, hasta que decidieron encender un incienso de pacholí y lo incrustaron descaradamente en la tierra de mis entrañas. Al otro día me rebelé. Empecé por apuntar todo mi cuerpo hacia el horizonte, por donde salía el sol. Luego, aproveché que un pajarito se posó en mí y me arrancó una rama y, con el impulso, moví dos tercios del jarrón que me sostenía hasta el filo del precipicio del segundo piso en el que me encontraba. Todo consistía en esperar la hora justa, el momento idódeo, en que estuvieran llegando acompañadas de su típica carcajada, para lanzarme encima de su cabeza. La de su confidente, la de quien la distraía hasta altas horas de la noche para que se le olvidara que tenía que hidratarme, echarme abono, hablarme, ponerme al sol y resguardarme por las tardes. Mi idea iba viento en popa si no fuese porque me distraje con el túnel que hacía una hormiguita por entre mis raíces. El cosquilleo y el picantito de sus dientes en mis tiernas intimidades se me hacía irresistible. Poco a poco fue bajando hasta que llegó al mismísimo extremo de una de mis raíces más suculentas. Al morderla, lo logró. Fue un placer que no había experimentado. Incluso, exhalé. Y entonces, perdí el control. Caí precipitadamente desde el balcón del segundo piso hasta el loby del edificio. Sentí que había perdido la esperanza simiente. Tuve ganas de gritar, pero me contuve. Las trinitarias no gritan.

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