Todas las entradas de Yolanda Arroyo Pizarro

Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970) odia la menstruación y de vez en cuando padece ataques de pánico. Es Instructora Educativa de Tecnología. Ha escrito ensayos para la página de literatura Ciudad Seva y columnas para los periódicos El Vocero y La Expresión. Es autora de un libro de cuentos, Origami de letras, y una novela, Los documentados.

Oda a las sirenas

La figura amamanta a su prole sobre la superficie del agua. Alguien habla detrás de mí con voz de trueno. Yo no escucho. Observo a la figura que aletea sobre el mar y se va alejando. Con la parte inferior de su cuerpo se mantiene a flote mientras uno de sus brazos agarra el cuerpecito. Sus manos mueven la platea azulada como acariciando las nubes, y ésas, las nubes, parecen querer bajarse del firmamento a besarle la frente a ella y su cría. La criatura succiona el pezón ávidamente y mueve la cola de pez. Yo recuerdo esos pezones y me saliva la boca. Con la misma voracidad mi corazón da un giro. El barco se mece y busco el equilibrio. Entonces me doy cuenta.

El equilibro es mirarla y no olvidar sus escamas. Su voz armoniosa. Es consolarse. El equilibrio es subir a bordo, y pensarla buscando el horizonte. Es continuar la vida, jugar a separarse, bromear con la idea de una nueva residencia, de un nuevo hábitat; es convencerse uno de que las diferencias sí importan. Conformarse sin derramar una sola lágrima.

La voz almirantonada intenta llamar mi atención nuevamente. Recuerda el rescate, me dice. Recuerda que has vuelto a nacer como hombre, añade y acomoda su gorra naval sobre el cabello plateado. Los rescates, y no los naufragios, siempre se superan.

Un beso contra la puerta

Una lluvia de perseidas se me filtra bajo la falda. Salen meneando la colita como en una danza de salsa por arriba del escote. Me besa incesante. Me toma del cabello y a veces del rostro. Con su lengua embiste la humedad de mi boca, acaricia mi cuello. Las estrellas se prenden en su tez, en su sonrisa, en los jadeos que acompañan los míos.

No le permito que hable. Sólo quiero quedarme allí, cerca de él, segura dentro de sus roces. Lo muevo con pericia hasta la puerta, dando pasos hacia mi frente y su atrás con el deseo caído de las fauces. Un umbral cerrado que permite recostarlo a mi antojo. Una puerta de nogal, con olor a esencias de pino, a campo de sentimientos, a margaritas apostadas en el vientre parido, a nomeolvides sin alzheimer, a meimportastanto. Presiono su espalda contra el marco, abro con una de mis piernas las suyas, entro hasta el medio. Subo para tantearlo con mi muslo. Me pegué, me sintió, lo sentí. Saqué su camisa del pantalón. Metí las manos en su dorso, las moví corriendo por su costillar, luego al tórax, tenté sus tetillas.

Lo he presionado a otras puertas. He descubierto en el envés de los portales su arritmia. Su lomo raspa detrás de alguna de ellas y se crea la alquimia; Teseo y Ariadna. Su reverso forma un plano simétrico entre la puerta y mi seducción. Mi humedad lo traspasa delirante hasta el pórtico de turno. Puerta de oficina, puerta de la casa, puerta del desván, puerta del despacho, puerta de restaurante, puerta de patio, de salones de clases, de baños de Coamo, de duchas de playa, puertas de plateas de ensenada, de muelles, de puertos, de ferrys y de abertura a la bahía, de motel citadino, y de terrazas frente al río. Puertas. Puertas de aduanas, puertas de avión, puertas del cine, del teatro, del automóvil, puertas de balcón. Mis puertas. Sus puertas. Todas saborean su cuerpo al mismo ritmo que lo hago yo. Pegado a la puerta es un minotauro. Tampoco se defiende. Me muero por sus besos contra la puerta.

Dime si Buenos Aires

A Nina

Dime si Buenos Aires es como tú
Dime si tiene esa silueta diáfana
Esa escuálida mirada
Dime si huele a tus rizos recogidos
Dime si te nombra, si es suya tu nomenclatura
Dime si Buenos Aires te extrañará cuando regreses
A mí, a nosotros, a los tuyos
Si los ojos de las plazas se pierden en una musa
si te confunden con el plectro que desenvainan las flores
Que se chorrea de tu boca cuando declamas
De tu sapiencia cuando eres poeta
Que arde con todo lo que conoces
Y lo que nos dices
De todo lo que eres
Y nos prometes
Dime si Buenos Aires sabe a ti.

La exacta medida

Recuerdos de antaño. Una discusión que se subió de tono mientras caminábamos hacia el auto. Ella abrió su lado de la puerta y vociferó algo. Yo grité un poco más alto y entré. Una vez sentadas, nos quedamos en silencio, escuchándonos las respiraciones. Miré su pecho subir y bajar por el altercado. Mis senos también hacían lo mismo y rozaban mi blusa debido a la alteración. Waleska apretaba sus hermosos labios. Labios de alabastro, de un rosado pálido que hacía la competencia a cualquier coral del Pacífico. Sus ojos brillaban en la oscuridad. Su cabello negro como las novas que nacen en los cúmulos de las galaxias, le caía sobre parte de las mejillas. Pensativa, entrecruzó los dedos de sus manos y se llevó los puños al mentón cincelado. Todo su rostro parecía haber sido esculpido por un artista del mármol.

Por años nuestra amistad se había fortalecido con secretos guardados, charlas de medianoche, cartas íntimas, compartires gloriosamente fraternales. Pero todo ese tiempo yo había estado postergando lo inevitable. Caer rendida por ella. Por su aroma, por su ardor, por la intensidad con que vivía la vida, por la pasión con que se enamoraba a diestra y siniestra.

En ese momento, en que la miré para desafiarla, para llamarle no se qué, para discutirle porque me daba rabia estar obsesionada con su pensamiento día y noche y el hecho de que me dolía irme en contra del resto del mundo por ella, quise bebérmela toda. Entera. Y le pedí: Bésame.

Ella se acercó, como si siempre hubiera sabido la exacta distancia que tendría que recorrer en el espacio de nuestra separación de rostros. Como si supiera de siempre la exacta medida. Colocó su mano sobre mi nuca. Me aprisionó con sus labios.

Fatigarse

8:10 am
El vapor le hace pestañear. Algunas gotas se le caen por entre los grandes ojos verdes. Se fatiga. La dificultad de respirar le hace querer moverse, pero no sabe cómo. Ve a través de los cristales. Tantos cristales. El rostro de su madre acostumbraba hacerle muecas a través de unos cristales. Reconocía siempre el rostro y el olor de su madre. Su padre, por otro lado, acostumbraba también sonreírle y hacerlo sonreír a través de unos cristales. Ahora está tan solo que no sabe. No lo entiende. El calor le hace pestañear.

9:45 am
Tiene hambre. Se ha cansado de las excusas de la gente, de las promesas incumplidas, de los trabajos que nunca llegaron. Se rasca las venas del antebrazo y sin querer, la uña le arranca una llaga mal cicatrizada. Se rasca la cabeza. No pueden ser piojos otra vez. Es el calor. Mira hacia arriba y su mirada gris divisa las esferas transparentes que nacen de los rayos del sol. Traga el polvo del desierto del Sahara que llega a la Isla. Está a punto de desfallecer si no hace algo. Quiere dejar la droga. Quiere dejarla pero también quiere meterse más. Su mujer no lo volverá a aceptar en la casa y sus hijos continuarán sin mirarlo a la cara. El sudor le baja en gotas por la espalda. Necesita algo de comer. Camina hasta el centro comercial.

10:20 am
Todos los días su mamá lo lleva al cuido. Hoy no lo ha llevado nadie. Su papá condujo, pero luego se detuvo y se bajó. Nunca antes los cristales se habían empañado de aquel modo, ni el calor le daba tantas ganas de llorar. Cree que de tanto llorar la respiración se le ha acabado. La garganta la siente reseca y dolorosa. Quiere teta y no hay. Quiere que su mamá le juegue con sus ojos esmeralda. Pestañea y las esmeraldas se le llenan de agua. Desea más agua, pero no encuentra y sus manos y piernas están atrapados en el asiento. El sudor lo hace fatigarse. Sigue llorando.

11:36 am
Recuerda que su padre le decía que coger lo ajeno era malo. Recuerda las bofetadas y los puñetazos que le daba el padre. Recuerda también las bofetadas y los puñetazos de los padrastros. Las peleas de borrachos, las apuestas de caballos, el andar con gentuza, el robar en las casas. Le gustaban las casas abiertas, con los portones de par en par y las puertas de escrines sin el pestillo. Odiaba tener que forzar hogares. Nunca abría una puerta cerrada con seguro. Lo que sí le gustaba forzar eran autos. Los forzaba con la pandilla luego de trasladarse a Brooklyn. Cómo disfrutaba portarse mal. Cómo le gustaba usar drogas. Usarlas lo hacía sentir poderoso. Lo malo era lo caro que le costaban. Cuando regresó a la isla como parte de un acuerdo con Fiscalía, intentó dejar las drogas. Su mujer lo había tratado de ayudar. Pero claro, se había cansado en el intento número mil. El calor lo hizo volver a sudar y para evitar una gota que se le resbalaba por la frente, se llevó la mano a ésta. Al hacerlo, el sol de mediodía se tapó con la visera improvisada de sus dedos. La sombra le permitió a sus ojos grises enfocarse en un auto en el parking que no tenía puesto el seguro en una de las puertas. La puerta era la del asiento del frente del pasajero.

12:15 pm
Se mueve poco. Las manos ya no se levantan y el pecho tampoco. Toda su ropa está empapada. Le parece que ha vivido escaso tiempo, demasiado escaso. Ya no le duele la cabeza, los latidos de sus extremidades ya no le arden, y ha dejado de soñar con sus padres. Ya no quiere la teta. Ya no vuelve a abrir las esmeraldas. Todo se ha convertido en fuego.

12:40 pm
Sigue caminando en el parking del centro comercial, dando vueltas. Esperando a que no lo vean acercarse. La gente le pasa alrededor y lo esquiva, y él, emocionado porque ya pronto robará y venderá su botín, y tendrá dinero para comprar sustancias, sonríe y olvida el maldito calor isleño. Cuando se da cuenta que no hay nadie cerca, se aproxima al vehículo y abre la puerta de un solo movimiento. Un imbécil olvidadizo le ha hecho el trabajo fácil. El vaporizo le da en la cara y juraría que un humentín inicial no lo deja ver bien. Mira el dash y se encuentra con un maravilloso radio digital con CD. Está seguro que puede arrancarlo en un abrir y cerrar de ojos. Está a punto de hacerlo cuando siente una tenue tos. Estira el cuello. Sus ojos estudian el cuerpecito ahogado en sudores que apenas se mueve en la parte de atrás. No respira, o eso parece. La mente se le nubla. De pronto el bebé abre los ojos. Aquella mirada esmeralda se le clava en las esferas grises como pidiendo que lo carguen.