Todas las entradas de Xavier Valcárcel

Xavier Valcárcel de Jesús (San Juan, 1985). Desde que tiene uso de razón ha residido en Loíza. Actualmente cursa un bachillerato épico entre Arquitectura y Artes Plásticas en la UPR, Recinto de Río Piedras. Escribe de vez en cuando. Perteneció al Taller de Narrativa de Mayra Santos Febres y lo único que ha publicado, lo ha publicado en Derivas. Es fanático de la fotografía, la playa, las tennis, la pintura y la escritura a media luz.

Instante 17 (nostalgia)

a veces, te confieso, tengo nostalgia de tus labios
de aquellos besos de chopa, acuosos
que fueron mis primeros y mis últimos con una mujer.
otras veces se me atora la nostalgia en todo el cuerpo-hueso
pero más, mucho más, alrededor del torso
cuando sufro de la necesidad crónica de un mero abrazo público
de un gesto táctil que no atraiga la mirada moralista de las masas
pero pasa hembra, que te fuiste, que ya no estás, que no has vuelto
que tienes otros brazos-hombres que te besan
que además de hacerte otra te hicieron olvidar lo de nosotros
nuestras noches tibias de manoseos tibios en los sillones del balcón
nuestro primer y único intento de hundimiento en el matre de mi cama
que todavía hiede a nuevolas mismas sábanas blancas

aún no lo han tatuado con las gotas rojas del estreno. tengo nostalgia, amor

de aquellos nudos de ramas que formaban nuestras manos, juntas

de tus ganas niñas de explorar mi cuerpo y yo con miedo, mierda
miedo hombre deque el cuerpo no tuviera reacción,
deque esta vena tuya, más mía que tuya, que siempre lo sera
no te escribiera adentro aquel te amo que esperamos en dos años
que no firmara en ti un autógrafo
que no pudiera construirte una pared que resistiera taladrazos.
tengo nostalgia, Claudia, por que tampoco he podido despertar, verte a mi lado y dibujarte
porque tampoco pude hacerte la eternidad de hijos felices nombrados entre mano y lengua
la noche aquella del eclipse sobre el techo.
tengo nostalgia, ostia, porque he perdido el cuerpo sin tu cuerpo
porque he perdido años rebuscando una caricia tuya en la entrepierna de la carne
porque no existe nadie que abra un portón a medianoche con la única intención de verme el llanto.
tengo nostalgia, extraña
por lo que fui contigo y lo que no soy.
porque ni soy.
eso sospecho que lo sabes.

Penetración 73

era hueca la boca al pasar
hueco era entre los muslos negros
(gordos como el tronco de una ceiba)
hueco el instante después de la cadencia
hueca también la mirada famélica y el dolor de socavar
sólo fue no hueco el sueño que vino luego
la tibieza de la leche derramada
y la desesperada labor-pasión
de ser más hombre que el espejo.

Él, villano (o Telenovela de sofá)

Doña Elsie estaba sentada en su sofá destartalado viendo la tele; viendo la tele como todas las señoras que cocinan arroz con pollo a las seis y ven el bloque de novelas, sentaditas, de siete de la noche a diez. Barrio Obrero hervía. Mitad de julio. Hacía calor. Tal vez por eso el sofá estaba junto a la ventana; junto a unas cortinas inmóviles que parecían más un mosquitero que otra cosa. La brisa a veces se colaba. Los palos de quenepas apenas se movían. A las 8:35 José Armando le confesó a Patricia Santibañez que él era su padre y que, con sus manos, había matado a su mamá. Sonó una musiquita tétrica de fondo. Después la reacción acompañada de las lágrimas.Yo lo sabía. Ese hombre es el diablo, es malo de vicio, repitió. A la doña se le revolcó el estómago pequeño. Se puso la mano sobre el corazón y se le secó la boca. Siempre lo supo. Don Armando era un galán, un hombre bello, rico, demasiado hermoso, no podía ser perfecto. Se persignó aterrada y se sentó más cerca, con la cara más pegada al televisor. La señorita Patricia extendió la mano e intentó sonarle un bofetón a su papá. Pero no pudo. La mano de su padre era gigante. Logró esquivarla. Acto seguido la empujó. Los tacones europeos se enredaron en la alfombra persa color azul, los ojos se le aguaron en cámara lenta, la señorita Patricia cayó de espaldas por la escalera. La escena fue terrible. La pobre vieja por poco se muere de un patatú.

Mientras la cámara dos enfocaba a la señorita rodando escaleras abajo, la cámara tres hizo un close-up de José Armando. Acto seguido, se fue la luz. Nadie avisó. En la casa no quedaban velas. La doña se quedó intranquila en el sofá, incapaz de pararse, con las lágrimas bajándole junto al tabique de la nariz, con la luz de la luna delineándole la cara. Apenas se reponía. ¿Qué habrá pasado?, se preguntó. Sonó la puerta de su casa. Miró hacia el lado y lo vio. José Armando estaba sentado en el sofá. La arritmia se le hizo evidente. Le llegaron los primeros síntomas del asma. Los ojos negros del señor brillaban como nunca. Viéndolo desde tan cerca, a su lado, tan gigante, tan hombre, sabía que cualquier intento por zafarse, por matarlo, por vengar lo de su hija, resultaría en algo vano. Tragó un poco. Preparó las piernas. A la cuenta de tres salió corriendo hasta su cuarto. José Armando alzó la mano con las peores intenciones. Tenía un puñal filoso sacado de nadie sabe donde. Él la siguió. La doña se encerró, puso el pestillo. Todo estaba oscuro. Unas cortinas gruesas tapaban las luz azul que se supone entraría por el cuarto. José Armando arremetió contra la puerta. La Doña se detuvo, buscó el teléfono, se sentó en la cama y marcó.

La policía llegó en trece minutos. Entraron y él seguía allí. Eso no estaba en el libreto. Forcejearon un poco, se amenazaron. Él es culpable de haber matado a la madre de su propia hija y de empujar a la Señorita Patricia por las escaleras. Yo soy testigo. Ella está embarazada. El desgraciado la empujó. Cuando los oficiales le pusieron las esposas llegó la luz. La Señorita Patricia se agarraba la barriga aterrada detrás de la pantalla del televisor, tirada sobre el mármol de la casa de los Santibáñez, llorando sin la necesidad de una cebolla. Los policías entendieron. El único detalle es que no supieron qué hacer con él, si llevarle al cuartel estatal de la barriada, que estaba a dos calles más arriba, o devolverlo a la ficción de donde procedía.

Los oficiales de la ley tuvieron que hacer llamadas, tener conversaciones largas con el teniente-coronel, verificar en los anales históricos de la isla sobre casos como este. Al fin y al cabo decidieron llevarse al asesino. Lo era. Lo encerraron en la celda del cuartel. Cuatro días comiendo pan, agua y galletas. El día numero cinco José Armando logró escaparse y regresar por su cuenta a la novela. No pudo, sin embargo, regresar a su papel de villano porque mientras estuvo encerrado en el cuartel de Barrio Obrero, la historia de amor tomó otro giro y él se había convertido en un recuerdo oscuro, en uno de los tantos obstáculos tortuosos que la Señorita Patricia y el Señorito Luís Emilio habían, ya, por fin, vencido.

Abuela [2]

Ella está loca, fuera de los límites de la cordura. Sufre de esquizofrenia, de paranoia, de celos compulsivos por un marido suyo que se murió hace algún tiempo. Unas cuantas veces la encontraron en los escalones principales de su casa verde menta, desnuda, con las carnes secas, autotajeandose y gritando “suéltenme” a toda voz. El otro día amenazó, con el mismo cuchillo, uno de esos con la hoja llena de dientes, de esas que se encajan en los huesos de los pollos, a todos sus familiares. Fue de casa en casa sin tocar la puerta. Se metió y cortó a Doña Puruca mientras veía la telenovela de las siete. Después de la gritería se metió en la casa de Rafito y le cortó un cachete a una de sus nenas. Antes de ayer se paró en la esquina de la intersección, bajo la intermitencia amarilla del semáforo de medianoche, a vociferar sus ganas de matarnos. Estaba vestida con su bata de dormir, hablando sola, con los ojos cerrados, a orillas de la carretera que divide en dos a la familia. Los carros tocándole bocina. Los perros ladrando sin poder pegar los ojos. Me tuve que poner tapones para no escuchar el alboroto.

Ayer se levantó con ganas de joder. Se puso un pantalón gris, de algodón medio estirado, y un brasier color crema que le resaltaba las manchas de la piel. Tenía el pelo revuelto, pintado de un rojo farmacia, las uñas largas, un ojo escondido por la glaucoma. Fue a las casas que se orillan a la izquierda de la carretera principal. Traía una bolsa de la que liqueaba sangre en goterones. Tiró, en todos los balcones, un par de palomas sin cabeza, desplumadas, con unos alfileres de colores. Con toda probabilidad no tenían ninguna carga, ningún maleficio, ningún brujo extraño, estaba jugando a asustarnos con la santería. Abuela no se dedicaba a eso. Lo sabemos. Pero el sólo hecho de pensarla cortando las cabezas y quitándole las plumas a las palomas turcas que con tanto afán crió me parece insano. Cuando terminó con las casas de la izquierda se dispuso a cruzar la avenida. Ella cruzaba a todas horas sin problemas. Pero ayer no sé que fue lo que pasó. La vi caer sobre la brea hirviente de la tarde. La bolsa con sus jugos desparramados alrededor de ella. Miré hacia la cuesta y los carros venían a toda prisa. Ella era pequeña, casi nada. No la vieron, no bajaron la velocidad. Entonces gritó. Gritó hondo como si en ello se le fuera la vida entera. El grito aquel se metió por los conductos del aire acondicionado de los carros, explotó los cristales, interrumpieron la programación para transmitirlo por la radio.

Los carros frenaron casi encima de ella. Salí de mi cuarto corriendo. Rafito salió del suyo. Doña Puruca y Elsie salieron también. Luego salió Don Gonzalo y Norma, y Zoraida, José, y Martita con Pijuan llorando entre los brazos. Atravesamos la calle, evadimos los carros, nos acercamos atónitos, con la boca seca, el cuerpo ensangrentado de la abuela. Estaba tirada, creíamos que muerta. Sólo lloraba aterrada del miedo, con la cara enterrada en el pavimento. Mis nenes, mi hermana, Cheito, Pijuan, Martita, los nietos, ay dios, tanto que yo los amo. Ay dios, señor, mi Cristo amado, si yo los crié, ellos me aman. La despegamos de la brea para llevarla al hospital. Tenía un hombro fuera de sitio. Con todo y ello estiró los brazos, nos arropó. Sonrió levemente y pidió perdón. No pasa nada abuela. No pasa nada. Estaba cubierta con la sangre olorosa a sarna. Fue asqueroso. Siempre he pensado que las palomas son ratas con alas. Me tocó recogerlas, mirarlas más de lo que quise, meterlas en la bolsa. Siempre es así. Abuela nunca cambia.

Desvelo 10

La noche no le pertenece a los devotos del pitrinche
ni a los cardúmenes de cuerpos
que se pudren bajo el agua perfumada de la cama.
La noche es otra cosa.
Un algo más.
Más que una esquina anaranjada
para medias rotas
sin mujer.
Más que la intimidad banal de los tecatos.
Más que la escala
cromática
lograda
bajo el seno izquierdo de Ana Emilia.
La noche es pertenencia de las ratas
aladas
de los chinches-mimes
de los perros ciegos del vecino
y de los jugos amarillos que han dejado de ser sal.
La sal es un nosotros.
Un gesto irrepetible.
Malogrado.
Construido y consumado
a unas horas
donde el tiempo-carne
ya no juega a
palabrar.