Todas las entradas de Sergio C. Gutiérrez-Negrón

Sergio C. Gutiérrez-Negrón (1986) cursa estudios de Periodismo y Estudios Hispánicos. Es parte de la junta editorial de la revista Agentes Catalíticos. Se limita a escribir cuentos, novelas, reportajes y crónicas. Se tiene prohibido escribir poesía, así que se limita a traducir poetas estadounidenses y canadienses contemporáneos al español. Mantiene el blog Hilemorfismo(s) o la Mueca Periférica.

Lo que los huérfanos heredan

Lenguaje

Soñé que cavaba tu tumba
con mis manos desnudas. Toqué tu cara
y la piel cayó en escuálidas tiras al suelo

hasta que sólo tu lengua permaneció entera.
La colgué para ahumarla con el ciervo
por siete días. Supo gruesa y grasosa

los tendones trabaron mi lengua fuerte. Me levanté
a caminar desnudo por el fuego. Hablé
inglés. No fui consumido.

Nombres

No tengo un nombre indio.
El viento nunca le habló a mi madre
cuando nací. Mi corazón fue escondido

debajo de las cáscaras de nueces intercambiado
de un lado a otro. Tengo que hacer trampa para sentir
el latido de los tambores en mi pecho.

Alcohol

“Por traernos el caballo
podríamos casi perdonarte
por traernos el whisky”

Tiempo

Medimos el tiempo inclinándonos
fuera de los vidrios de autos quebrando
botellas de cerveza contra letreros de carretera.

Tradición

Niños indios
demacrados y con miradas de ciervos
congelados ante los faros de los carros.

Traducción de Sergio C. Gutiérrez-Negrón

Pobreza de espejos

Despiertas solo estas mañanas y nada
puede ser perdonado; bebes
la cerveza tibia que queda de la lata
que está al lado de la cama, dile al extraño que duerme
en el suelo que se vaya a casa. Es demasiado fácil

ser nadie con nada que hacer, sólo
levemente preocupado por la factura de la luz
más interesado en lo oscuro que se pone el día.

Caminas solo en la acera húmeda preguntándote
de qué color es la lluvia en el campo.
¿Gira el mundo alrededor de cuartos sin puertas
o ventanas? Acomodando el espejo
que encontraste en la basura, las paredes parecen más cerca
y nunca puedes encontrar el camino adecuado

hacia fuera, así que abres el refrigerador de nuevo
por una cerveza, encuentras únicamente leche rancia y te la bebes
entera. Todo esto sabe demasiado familiar.

Traducción de Sergio C. Gutiérrez-Negrón

porque siempre me hizo dudar de mi palabra

La Chica Inteligente es demasiado bella; la Chica Inteligente es demasiado perspicaz. Cuando habla te enreda en sinónimos rebuscados, te analiza hasta tu átomo más escondido y te desnuda con una sonrisa de crítico interesado.La Chica Inteligente nació desde la inutilidad de un momento, de un espacio, de un mundo virtual inusual e inconstante y entró sigilosa como el santo camino furtivo que compartíamos todos en aquellos años de tertulias y filosofía cruda. La Chica Inteligente desaparece y reaparece como una cuarta pared teatral y exige derechos pirandelísticos que nunca le otorgué y le sonrío a través de las caras, marantas y detrás de los hombros tupidos de las masas que nos interrumpen nuestra relación aún-no-consumida. Ella me sonríe de vuelta y pienso que la pobre Frida no era tan pobre, porque se parece a la Chica Inteligente y no es la Chica Inteligente que se parece a Frida. Cierro los ojos y cierro el libro y deseo que al reabrirlo aparezcan palabras trazadas en gris lápiz explicándome una intrínseca red de significados y significantes que jamás hubiese podido ver; que me cite un francés, un danés y a tres alemanes también, es inaguantable la levedad de las palabras que ya no cruzamos y que sigo soñando que siguen ocurriendo.

A veces me encuentro a la Chica Inteligente en la República Checa antes de que fuera república y cuando su nombre era muy difícil de escribir; me la encuentro también enredada de la lentitud y la inutilidad en un París que nunca saboreamos la Chica Inteligente y yo.

Nadie nos verá llorar, le quiero decir, pero nuestra relación es apenas un comentario en la cuna en la que nació. Veo a la Chica Inteligente de lejos, a lo lejos, y quiero que me traiga un poquito de su palabra de crítica y me compare y me halague diciendo que entre Kundera y yo hay una fija línea que jamás se había visto antes en la literatura europea que ambos compartimos.

La Chica Inteligente es Perfecta porque no es mía, porque no la tengo y porque siempre me hizo dudar de mi palabra y pensarla tres veces antes de hablarle en pasillos donde performeros destruían la lógica de la palabra. La Chica Perfecta es Perfecta porque su pelo no nació negro ni terminó así, porque no puedo escribirle sin ser presuntuoso y sin hacerla sentir como una diosa nacida de las palabras de algún escritor de lo fantástico que aún no ha sido concebido en mi lengua castellana y colonizada.

La Chica Inteligente es inteligente porque existe y existe por su inteligencia y por su inteligencia y existencia es que nunca la tendré. La Chica Inteligente reaparece de cuando y vez me vuelve a tratar como nunca lo hizo y como siempre quiso que fuera y me sonríe su sonrisa de crítico y me pregunta un ¿Sigues escribiendo? que me hace temblar y replantearme qué es lo que hago cuando me siento frente al teclado. Siempre asiento con mi cuello y le miento un Intento que no me haga sonar demasiado come-mierda y eso me gana otra sonrisa, menos de crítico interesado y más de crítico que escribe poesías largas y oscurantistas antes de acostarse a dormir. Y es suficiente, porque no me atrevo a hacer o decir más; y me despido y la Chica Inteligente se pierde por la larga calle de brea que conecta nuestros lejanos y foráneos mundos de datos y data e incongruencias.

La Chica Inteligente es demasiado bella, pienso en esos raros momentos y regreso a mi rutina de muchachas mundanas que jamás aprenderán a volar como lo hizo esa chica inteligente que una vez conocí.