Todas las entradas de Rey Emmanuel Andújar

Rey Emmanuel Andújar (Santo Domingo, 1977) trabaja con un laboratorio de investigación independiente en donde se estudia la Dramaturgia del Cuerpo del Escritor, lo que le ha permitido incursionar en montajes para teatro y producciones de cine. Ha publicado la novela corta El hombre Triángulo (2005), y las colecciones de cuentos El factor carne (2005) y Amoricidio (Premio Nacional de Cuento Feria del Libro, 2007). Ha ganado, además, el Premio de Cuento del Banco Central, el Premio Internacional de Cuento Casa de Teatro y el Premio de Cuento de la Alianza Cibaeña. Su cuento, "La sangre de Philippe", forma parte de las antologías Pequeñas resistencias, Nuevo cuento norteamericano y caribeño, publicada en España, y Narradores dominicanos del Siglo XX, en Guatemala.

El orfebre (Conclusión)

Después de todo, al día siguiente el dolor predominante era el del maldito dedo. Hice un esfuerzo enorme para verme en el espejo. Estaba jodido, la cara hinchada y tres puntos de sutura encima del ojo izquierdo. Me tomaron muchas placas. Es un trauma mínimo, dijo el médico, que recetaba descanso, antibióticos y líquidos. Tanto calmante y antinflamatorio me tenían como un zombi. Josian llegó como todas las tardes y se enfureció bastante cuando me vio tan desmejorado. Exigió explicaciones y yo le conté casi todo con lujo de detalles. Pidió teléfonos, direcciones, para ir a buscar a ese pendejo, pero sobre todo a la muy hija de puta de la jeva esa que te metió en ese lío. Le dije que dejara eso así, que total, el tipo es un farsante y ella sí, una verdadera hija de su maldita madre. Me untó algo de los ungüentos para los golpes que lleva en su bulto de entrenamiento y me hizo algo de té. Luego puso una sopa, que yo apenas podía tragar por el dolor. Seguimos discutiendo, él exigiendo razones, yo negándolas. Me preguntó si tenía algo con esa jeva, que quién era. Luego hubo gritos… él también se puso a llorar y yo me asusté, recordando que cuando los hombres lloran pueden ponerse brutos. Le di las gracias por venir y le pedí que se fuera. Si me voy ahora no me ves jamás, me dijo con los ojos pequeños, rojos. Yo con dolor en el dedo, porque como dije antes, allí era que estaba mi alma, le mentí. Si te vas ahora no me importa, vete, vete, muchachito de la mierda, no quiero verte, no quiero ver a nadie, déjame solo, como todos. Dije estas palabras consciente de que nadie me deja solo, soy yo el que siempre se va, el que de manera sadomasoquista y egocéntrica ha manejado todas las relaciones. Tomó su bulto y se fue. Le grité cobarde, me susurré pendejo, maricón. Pasé la tarde llorando. Ahora sí me dolía todo el cuerpo.

Sí, señorita, un vuelo de ida… sí, para mañana a primera hora, imploré. Todo lleno, si desea puedo ponerlo en lista de espera, dijo la voz telefónica. Está bien, dije, un día más, un día menos, cada vez que vengo a esta ciudad salgo mal herido. No pude dormir, los vecinos de arriba me dieron la tanda completa. Sólo hubo una pequeña diferencia que agradezco. Primero fueron los ruidos amatorios de la cama, luego una puerta que se estrellaba, gritos, amenazas, tensiones… juro que pude escuchar el mecanismo de la pistola al activarse y pensé en el proyectil ascendiendo a la recámara… el estruendo vino casi inmediatamente después. La policía no llegó nunca y, no sé por qué, no sentí miedo. Todos los vecinos salieron, menos yo. Decidí tomar cerveza, prender un joint, buscar una maleta y empacar cualquier cosa. En la oscuridad encontré los guantes de Josian en la sala y volví a llorar. Levanté la cabeza y reparé en el maldito clavo, pensé que si fuese mas grande, y yo tuviese una soga… pero no voy a tomarme atribuciones con mi vida. Entonces decidí colgar los guantes. Busqué el pasaporte y la billetera… apagué la luz y cerré con doble candado. En el aeropuerto, escribiría la historia de una pistolera ninfómana. Aprovecharía esta despedida para convertirla en la poesía dura de un muchacho que no veré jamás… de cómo me iría a dormir en una lista de espera para siempre.

El orfebre (II)

Me gusta este apartamento. Luego de muchas peleas con Lachan decidí organizarme un poco y dejar de ser el indigente que dice mi madre, el desarraigado que dice mi abuela, el loquito que dice la doctora Zeta que me quiere tanto del otro lado del charco. Así que me puse a trabajar de camarero por año y medio y pude ahorrar lo suficiente para conseguir este apartamento de dos habitaciones con baño y techos altos, grandes paredes, buenas para libreros y mucha luz. El único problema real son mis vecinos de arriba: una pareja de recién casados que se la pasan discutiendo o chingando a todas horas con ruidos y señales, cuestión de que yo no duerma. Al poco tiempo de la mudanza me vi con la vecina mientras salía del complejo y el encuentro no fue nada agradable. Esa noche la luna estaba preciosa y decidí salir a caminar hasta el Malecón para verla mejor. Mientras caminaba embelesado hacia el portón, chocamos de frente; ella venía del supermercado y todas las bolsas cayeron al piso. Mil perdones, dije mientras me agachaba a recoger las bolsas. La muy perra me insultó: ¿Qué coño es lo que mira para arriba?, atienda por donde anda. Volví a excusarme millones de veces recogiendo cosas sin mirar, cuando llegué a su cintura me quedé frío. La jeva tenía una nueve milímetros en el cinto; la vecina era policía de la secreta, me enteré después. Deje de decir perdón, buena mierda, coño, qué hace tropezando con la gente, dijo bastante agitada. Yo cometí el gran error de responder, Miraba la luna, está bonita. Qué luna del coño, mariconazo, mire por donde anda, gritó arrebatándome las bolsas. Por poco se me salen las lágrimas pero el terror me dejó frío, no dije nada más, cosa de que no cogiera la pistola y me diera un tiro. Ya sabemos que los policías y los militares están entrenados para entender que los civiles somos una excusa absurda de la sociedad. Se fue sin decir adiós ni buenas noches. Yo seguí mi cacería por la luna, me paré en la esquina, compré ron y cigarrillos; quizás con eso lograba confundir el susto.

Al final de la tarde, Josian se despidió y se fue a entrenar. Aproveché la soledad para llamar a Melissa, era una sorpresa que me hubiese encontrado. Hola cómo estás, tú llamando, qué sorpresa. Nada, supe que estabas aquí y me dieron ganas de verte. Bueno, me voy como en tres semanas pero podemos vernos esta noche. Perfecto, anota la dirección, me dijo y quedamos a las nueve. Entre cuatro cervezas bien frías, cigarrillos y música esperé hasta que llegara la hora. Llamé un taxi. En veinte minutos ya estaba en el lugar. Subí hasta el cuarto piso para confirmar que la ironía es un barril sin fondo: la niña me había citado a la casa de su novio.

No es que eso tuviese nada de malo, en realidad Melissa y yo nunca habíamos tenido nada de sexo o roce… nuestra relación era más una mutua paja mental, una gran colección de desencuentros. Si yo estaba en la ciudad, ella estaba con novio nuevo o de viaje y siempre regresaba dos días después y ya yo no estaba. Dije buenas noches y el novio me saludó efusivamente, no sé lo que ella le habrá dicho. El tipo era un moreno inmenso, pelotero. Por la conversación entre tragos de whisky, supe que estaba esperando para firmar con los Cardenales de San Luis. Al tercer trago determiné que era hora de irme, pero ellos sugirieron salir a tomar algo. Cuando el moreno se fue a la habitación le pregunté a Melissa con la mirada, Qué pretendes. Ella respondió por lo bajo: No te preocupes, tenemos una relación muy abierta, además, él sabe. Toda la ciudad sabe lo que siento por ti.

Propuse un bar cerca de casa, por si acaso. Luego de muchas botellas de cerveza y varios shots de tequila me confié, el miedo quedó detrás y entendí que quizás yo estaba exagerando; que sí, que esas clases de relaciones open mind existen. Me excusé para ir al baño y llegué agarrándome de las paredes. Cuando terminé de orinar ya Melissa estaba detrás de mí para acorralarme contra el lavamanos y me besó y tocó con maldad. Eso duró una eternidad y mentiría si digo que no me lo gocé, me sentí joven, como antes, pero todo tiene su precio. Al salir el moreno me esperaba con lágrimas en los ojos en la puerta del baño. No dijo una palabra, botaba espuma por la boca. Cuando quise explicar algo, su puño en mi boca no me dejó. El golpe me dejó esperando el segundo, de inmediato sentí el calor de la sangre que brotaba por mi nariz. El tipo me agarró y me sacó a la calle. Melissa gritaba detrás pero era imposible, él no paraba de llorar pero me seguía sonando como si yo fuese una conga. Como por la octava trompada dejé de contar. El señor que cuida la entrada del bar llamó a un par de muchachos que me lo quitaron de encima. Melissa se lo llevó hasta la camioneta y se fueron raudos antes de que llegara la policía… Aún retengo una imagen que valoro: las gotas de mi sangre que rodaban de su mano derecha.

El orfebre (I)

En el amor y en el boxeo
todo es cuestión de distancia.
Cristina Peri Rossi

Los dolores comenzaron un jueves. El pulgar se puso azulnegrovioláceo inmediatamente y me palpitaba como si el corazón se hubiese trasladado a ese dedo y toda la sangre que se bombeaba al cuerpo era de ese color, de ese dolor. El estruendo del martillo quedó en mis oídos, así como todas las malas palabras que dije en menos de dos minutos. Vivo de las casualidades pero este no fue el caso, estuve pensando, mientras me decía que tuve suerte, la herramienta no me cayó en el dedo del pie, eso ya hubiera sido demasiado. Entonces como por arte de magia, en lo que miraba el maldito clavo en la pared, sonaron el timbre y el teléfono al mismo tiempo. Decidí abrir el portón… la contestadora que se encargue de la llamada; los teléfonos nunca me han gustado.

Josian, llegaste temprano, dije con la cara estrujada por una mueca. Él se mostró más preocupado de lo normal y eso estaba bien. Preguntó qué pasó y le expliqué que estaba tratando de colgar los malditos cuadros. Lachan, mi amiga con la que comparto esta casa nueva, estaba de viaje pero había dejado un mensaje bastante claro: “Deja de hacerte la paja y ponte a arreglar la casa, vacía las maletas, coloca los libros en los libreros, cambia las bombillas y cuelga los cuadros antes de que yo llegue para no matarte, te quiero y adiós”. Me tiré en un mueble y actué un poco más adolorido de lo que en realidad estaba. Josian rebuscó en la habitación hasta encontrar un poco de mentol. A ver esa mano, me dijo con toda su ternura y empezó a acariciarme el dedo que se hinchaba. No deja de sorprenderme este muchacho que no llega a los veinte años y es tan grande, tiene una belleza de energúmeno… quien lo viera ahora, tratando de curar mis golpes con sus manos de gigante y cancioncitas de sana, sana culito de rana, no creería que es boxeador invicto y campeón centroamericano de las 140 libras, todas por knockout.

Tienes un mensaje en la máquina, me dijo mientras buscaba algo de tomar en la nevera. Le tengo sus jugos y sus cosas porque siempre está a dieta de deportista. Pásame una cerveza, están en el freezer, le dije mientras presionaba el botoncito de play en el teléfono para escuchar el mensaje. Era Melissa: “Sé que estás en la ciudad, quiero verte”. Josian me miró sin preguntar quién es ésa ni nada, se excusó diciendo estar cansado y se fue a la habitación. Vienes, preguntó. Sí, concedí y fui a encender el aire acondicionado. Él se puso a ver televisión y yo a escribir. ¿Qué escribes?, preguntó media hora después. Un cuento aburrido, cosas que no llegarán a las escuelas públicas, dije sonriendo. Por favor, escribe algo lindo, deja ya esas historias de balas y sangre, que tú no eres detective. El dolor se me estremeció por las carcajadas verdaderas que emití, le dije que tampoco era poeta pero que estaba bien y pensé en escribir algo para él. Antes de quedarse dormido me dijo: Me gusta eso que pusieron en tu segundo libro, que eras, “Un orfebre metido a boxeador”. Por cierto, ¿qué es un orfebre? Le dije que ya, que descansara, que después le explicaba. Entonces llegó a mi mente el Adriano moribundo de Yourcenar escribiendo acerca de la belleza dormida a su lado. Me prometí escribir un relato con respiración y palomas que no tuviese que ver nada con sangre y gente llorando, quería escribir una historia que hablara de belleza y ternura de este atlas sosteniendo mi mundo de arena, todas las tardes desde que lo conocí en el gimnasio de la Federación Nacional de Boxeo. Recuerdo la ternura de su sonrisa que contrastaba con la fiereza con que tiraba los golpes. Qué hace un escritor boxeando, me preguntó como todo el mundo. Estoy investigando para escribir una pieza para teatro, respondí. Él le recomendó a los demás boxeadores que sólo me golpearan del cuello para abajo. Después me confesó que le gustaba mi cara, que no quería verme desfigurado. Nos empezamos a ver todas las tardes y mi vida decidió recobrar algo de sentido.