Todas las entradas de Raquel Albarrán

Raquel Albarrán (San Juan, 1983) es miembro co-fundador y se desempeñó como editora durante la primera fase del blog colectivo. Actualmente completa un doctorado en estudios coloniales en la University of Pennsylvania en Filadelfia, con especialización en historia estética y materialidad latinoamericanas. En Penn, reparte su tiempo extracurricular como líder estudiantil en organizaciones con enfoque latino/latinoamericano y LGBTQ. Adicionalmente, ha editado para Contornos, revista interdisciplinaria de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras. Perteneció al Taller de Narrativa de Mayra Santos Febres. Su primer poemario, La intimidad de los extraños, permanece inédito.

Sienta: burbuja y cuenca

Te invito a sentarnos en una pecera vacía, le dijo. De esas que caducan después de una exhalación de aleta, después de la última burbuja, bur / bur / bu / bu—los ojos vacuos, la mímica redonda—ja. Así me succionaba el reverso de los pómulos, así rebasamos su brillo el pez y yo: intersticio acuoso entre dos pares de cachetes, me dijo. Y por eso sostendría—tiende a ser muy obstinada—que el tal Esteban, que pudo llamarse Lautaro, Héctor o Alejandro, o teóricamente no llamarse del todo, tenía más de pez que de trópico, o que el trópico es pez, es viscosidad que salta de las manos falta de aire, falta de una burbuja a la cual llamar la última. Y sostendría además, poniendo las cosas en perspectiva, el derecho de que una niña lo haga, no pecera, sino pozo, estanque, lago; que se siente a orillas de sus ojos y convoque peces, amainando cegueras que son leche y no sal diluida. Házte pez, me dijo que le dijo firme a las esferas. Y con ello le aceptó la invitación, y la dejó quedarse, y la dejó recolectar proteínas líquidas en la cuenca del ojo, que no es otra cosa que darle permiso para quitar la nata, la herrumbre, las telarañas, girar el grifo, y nadar.

Tópico

A un tal Kevin, por lo que vino; por lo que vi y lo que no

El músico salado sale a capear vestido de Jimmy Hendrix. Flexión, patada en uno, izquierdo en tres, cadera sincopada. Las nalgas escuetas. Bailan. Le mira la raja que se descubre con la pisada del mahón. Contra esos cachetes también se puede tamborilear. Lo dice la voz de la experiencia. Se va en diminuendo a la distancia uniformando el tempo, en uno, en uno no, que se queda disparejo. Se espepita en pleno mediodía. La boca de la madrugada padece de afasia y resulta buen escondite para los sueños. La primera vez que se lo contó fue en ocho, pero no le hizo caso. Los músicos son unos irresponsables. No se puede confiar en ellos.Con el mahón también baja el sudor. Podría ensayarse su pensamiento, pero lleva gafas. Baja, impenetrable, la ladera. Se le había sentado encima, mientras él cimbraba arpegios metálicos en ritmo tropical. Se le regodeó con las nalgas. Casi llegando al cuarto tiempo. Aplastó al cuerpo inmovilizado contra el suyo, presionando la guitarra, desgarrando las cuerdas. No comparó siluetas, lo encontró bastante trillado. Le miraba a él la diagonal en cada una de las uñas, el dedito disparejo al final, como el uno. En uno no, es mejor los tiempos pares. Sigue.

El sol le ungüenta el error de blancura que lleva en la piel. Podría ser el tema, pero el fronte lo impide. Podría salar. Destetarse de la cueva sólo para eso y para tocar era sospechoso. Pero va de encubierto, porque no se asemejaba a la idea que tenía de sí mismo cuando se tiraba la nota de pecho. El pañuelo rojo le absorbe las sienes. También los pensamientos. Electrizarse no es sólo eso, es enjorquetarse el cable por la boca para que gima la guitarra. Es empeñar los dientes en la empresa, pulsar y pulsar hasta que silbe la madera. Es tertuliar con el género, retar la gravedad con garbo. Chillar en fa, en sol, elevarse no sé cuántos dos más que ayer.

Los brasileños casaron al rock y al bossa. Buena mezcla, como el ritmo y la coca. En extremo tropical. Dejar que hipara la guitarra no era un reto, más bien fue que un músico mediocre no pudo hacer que cantara. El tape fueron los silencios rítmicos, le había dicho, y la cosa pegó como el chicle. Éste también se tropicaliza. Basta con que se le añada piña. Entonces es inevitable imaginar a Carmen Miranda haciendo la rueda.

El viaje de ida y vuelta. Ahora veía venir al músico del ciclo, mascando los silencios oportunos del bossa que aruñan sus chambones en la brea. La calor le sube el color, pero no se sonroja por no competir con el pañuelo. La música espía. Expía, calma y cura las dolencias neones que rasgan el polvo; es igual que rascar la pizarra en estridencias de tiza. Cuando se sobrepasa el do, no hace falta más impulsos eléctricos. La corriente es una ola de bossa que baila en el anonimato de la madrugada. Quien ha transgredido su intimidad sabe de qué se habla cuando el verbo musical se desarticula a esas horas. Se le ha visto cortejar con la cadencia divorciándola del rock. De madrugada vocea bossa. De eso se trata. También para eso sale.

Resultados de boca: Documental puertorriqueño gana Emmy

Lilliana me llamó eufórica y me lo dijo, acabada de recibir la noticia de boca de Caridad desde un celular en un avión camino a Puerto Rico, así que de boca de Caridad al oído de Lilliana a mi oído derecho a tus ojos, ha pasado menos de una hora.

Cuentan estos interlocutores que los productores de Las rutas del Quijote (Producciones Entre Nos, 2005), serie documental de cinco capítulos, Caridad Sorondo y Gil Raldiris Aguayo, acaban de ser galardonados con el primer premio en el 2005 Suncoast Regional Emmy Awards bajo la categoría de Information Oriented Programs, o de Programas de contenido informativo, en una traducción al español medio chapuseá.

Para el desentendido, este documental comenzó a transmitirse en el 6 en lo que era entonces Tu Universo Televisión (TUTV), pasado nombre del canal del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, más o menos en abril de 2005. El mismo, a propósito del cuatrocientos aniversario del primer tomo de El Quijote, contó con la participación de figuras de renombre en el mundo de las letras hispánicas, a saber: Carlos Fuentes, Luce López-Baralt, Arturo Pérez-Reverte, José Saramago y Antonio Skármeta. Ahora, el televidente boricua podrá deleitarse con las repeticiones, que auguran ser bastantes, debido al período oscuro por el cual está atravesando la programación de dicho canal.

De boca de Caridad, conozco lo sacrificado y a la misma vez gratificante que fue para ella la realización de este proyecto. Como salí balbuceando reflexiones acerca de El Quijote en el episodio de Antonio Skármeta, junto al pintor puertorriqueño por excelencia Antonio Martorell, tuve la oportunidad de acercarme al corazón de la producción en una de las historias que Caridad me hizo y que repetiré brevemente. Sucede que en uno de los descansos de la filmación ella me dice que trabajar con José Saramago fue maravilloso, además de porque los viejitos son tiernos, porque éste es uno con fe de niño. En una de las conversaciones con él parece que habían tenido una discrepancia en algo acerca de Don Quijote y Caridad, defendiendo su punto, le dice al laureado escritor: “Pepe, déjate de eso, actúas como si Quijote hubiera existido”. Aunque no estuve allí, puedo imaginarme el puchero en la boca de Pepe segundos antes de comentar, visiblemente dolorido por la profanación de un ídolo: “Pero, Cari…, el Quijote sí existió…”.

Recién ahora, escribiendo esta nota, he entendido que tal vez por eso—bueno, y también por algo de chavitos—Caridad decidió emprender la travesía que la llevaría a revivir la historia del Quijote para nosotros, y para ella misma. El premio, aunque merecido, viene por añadidura. Felicidades, Cari.

No. 24 (fragmento)

Las manos son morada de la memoria en el espacio. Con ellas aprendió su espalda ancha de cera amasada, cediendo como barro en el torno, deslizándose entre la largura de sus dedos. Uñas mesuradas, barniz transparente, rojo mineral en la cutícula. La última herida que cosió en el internado. Sangre, aceite viscoso entre sus dedos. El padre y el ritual de la ablución. Era necesario extirpar los comedones. Estudiarás medicina. Las manos entrelazadas en un sí, acepto. Dejarás la carrera. Sí, acepto. Frío. El metal que quema su anular. La arcilla también cedía. Se moldearon huecas en decenas de vasijas repetidas, en íconos de escarcha molida entre los dedos. Se entendieron en horas de encierro, de hambre, de nada. Al calor del fuego, se secaban como costras. Maleable, ya no. En las manos llevaba el diario de su vida.