Todas las entradas de Néstor Barreto

Néstor Barreto (1952, Santurce, Puerto Rico). Vive su infancia y temprana adultez en Río Piedras. Estudia literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras (1968-72), y pintura en la School of Visual Arts (1976-79), en Nueva York. Profesa arquitectura de información con especialidad en diseño editorial y museografía desde el Viejo San Juan, en sociedad con Jorge Carbonell. Ha publicado eva, Romances, seudorromances y seudoseudorromances metropolitanos (Quimera editores, 1984), Imago, sicoramas, mensajes y aforismos ( Quimera editores,1986), Alas de perro cocido (Quimera editores,1995), Legión, poema pánico (Editorial de la UPR, 2001) y (Terranova editores, 2006).

La idea del orden en Cayo Hueso

Ella cantaba más allá del genio del mar.
El agua nunca se formó para mente o voz,
como un cuerpo completamente cuerpo, revoloteando
sus mangas vacías; y aun su movimiento mímico
hizo constante grito, causó constantemente un grito,
que no era nuestro aunque lo entendimos,
inhumano, del verdadero océano.

El mar no era una máscara. No más era ella.
La canción y agua no eran un popurrí aural
aunque lo que ella cantaba era pronunciado palabra por palabra.
Podría ser que en todas sus frases se agitaba
el triturante agua y el jadeante viento;
pero era ella y no el mar lo que oímos.

Pues ella era la hacedora del canto y cantaba.
El siempre encapuchado, gesti-trágico mar
era sólo un lugar por el que que caminaba para cantar.
¿Este espíritu es de quién? dijimos, porque sabíamos
que era el espíritu que buscábamos y sabíamos
que debíamos preguntar esto a menudo mientras ella cantaba.
Si era sólo la oscura voz del mar
que se alzaba, o aun coloreada por muchas olas;
si era sólo la voz externa del cielo
y nube, del hundido coral murado-de-agua,
no importa cuán claro, hubiera sido aire profundo,
el suspirante discurso del aire, un sonido estival
repetido en un estío sin fin
y sonido sólo. Pero era más que eso
más todavía que la voz de ella, y la nuestra, entre
las insignificantes zambullidas del agua y el viento,
distancias teatrales, sombras broncíneas amontonadas
sobre altos horizontes, atmósferas montañosas
de cielo y mar.
                                                Era la voz de ella la que hacía
al cielo lo más agudo en su desvanecimiento.
Ella medía a la hora su soledad.
Ella era la única artífice del mundo
en que ella cantaba. Y cuando ella cantaba, el mar,
cualquier ser que éste tuviera, se volvía el ser
que era su canto, porque ella era la hacedora. Entonces
nosotros,
mientras la contemplábamos desplazándose allí sola,
supimos que nunca hubo un mundo para ella
excepto el que ella cantaba y, cantando, hizo.

Ramón Fernández, dime, si sabes,
por qué, cuando su cantar finalizó y tornamos
en dirección del pueblo, di por qué las luces cristalinas,
las luces de los botes pesqueros anclados allí,
mientras descendía la noche, declinando en el aire,
amaestraron la noche y repartieron el mar,
fijando resplandecientes zonas y polos ardientes,
organizando, profundizando, encantando la noche.

¡Oh! Bendita ira por el orden, pálido Ramón,
la ira del(de la) hacedor(a) de organizar palabras de mar,
palabras de los fragantes portales, tenuemente estrellados,
y de nosotros y nuestros orígenes,
en más fantamales demarcaciones, más agudos sonidos.

 

Traducción de Néstor Barreto

De la poesía moderna

El poema de la mente en el acto de encontrar
lo que ha de bastar. No siempre ha tenido
que encontrar: la escena estaba montada; repetía lo que
estaba en el libreto.
Entonces el teatro fue cambiado
a otra cosa. Su pasado era un suvenir.

Tiene que estar viva, saber el habla del lugar.
Tiene que encarar los hombres de su tiempo y recibir
las mujeres del tiempo. Tiene que pensar sobre la guerra
y tiene que encontrar lo que ha de bastar. Tiene
que construir un nuevo escenario. Tiene que ser en ese escenario
y, como un actor insaciable, lentamente y
con meditación, hablar palabras que en el oído,
en el más delicado oído de la mente, repita,
exactamente, eso que quiere oir, al sonido
de lo cual, una audiencia invisible escucha,
no a la obra, sino a sí misma, expresada
en una emoción como de dos personas, como de dos
emociones haciéndose una. El actor es
un metafísico en la oscuridad, punteando
un instrumento, punteando una cuerda de alambre que da
sonidos pasando a través de súbitas correcciones, completamente
conteniendo la mente, bajo la cual no puede descender,
más allá de la cual no tiene deseo de remontarse.
Tiene que
ser el encontrar una satisfacción, y podría
ser de un hombre patinando, una mujer bailando, una mujer
peinándose. El poema del acto de la mente.

 

Traducción de Néstor Barreto