Todas las entradas de María del Mar

María del Mar (Bayamón, “Andaluza por picardía”, 1980). Cree haber sido concebida en el mar, de ahí su nombre. Un día se cansó de tener los pies pesados, y ahora flota entre ritmos árabes sin rumbo pero con rumba. Nunca ha publicado nada. Se graduó de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Hoy está flotando “doctoralmente” en Emory University, mañana quién sabe a dónde los vientos del Sahara la llevarán.

Grafía de un encuentro

“It is no longer a question of imitation, nor reduplication, nor even parody. It is a matter of substituting signs of the real for the real itself.”
Simulations
Jean Baudrillard

La simulación, el simulacro, el disimulo, el perfomance, el disfraz, la máscara, la sotana, la cruz, la escritura, la grafía; son todos signos referenciales de algo “real”. Todos aluden a lo real pero no son lo real, aunque nos refieren lo real. Quizás son intentos fallidos de nunca alcanzar eso que llaman “lo real”. Sin embargo, nos metemos en el papel, nos ponemos la máscara y el disfraz, y disimulamos, y nos persignamos. Actuamos el rol protagónico de nuestras vidas como si fuera lo real.Pero en algún punto del camino ese performance se hace muy nuestro y deja de ser un signo para convertirse en lo real mismo, en nuestro real. Es aquí cuando hacemos pactos con nuestro disfraz, sea de ropa o sea de letras. Y podemos hacernos tan adictos a este simulacro de lo real, que ya “lo real” no nos apetece, sólo el simulacro, sólo nos interesan las palabras de algo que no es.

Aquella noche tomaron mi mano y me dejaron ir, mis labios fueron metonimia de mí y mi decir sustituyó cualquier hacer.

Se suponían muchas cosas… Y nadie predijo que la letra que escribo hoy, fuera también mi último ahogado, ni que yo misma sería la grafía de un encuentro…

De vuelta a la Antigüedad

Liberado de sus ligas con la herencia trágica de la fatalidad y la sujeción al capricho de los dioses, el hombre se transforma en la medida de todas las cosas, pero descubre que su libertad es inseparable de su soledad.
Carlos Fuentes, El espejo enterrado

Así nos cuenta el cuento Carlos Fuentes en un libro de 532 páginas, que comienza en el 3,000 a.C y termina en el 1992 d.C. El hombre de la Antigüedad se libera del peso de los dioses pero en esa libertad encuentra la más profunda soledad.

Me pregunto si hoy hemos vuelto a la Antigüedad, esa época a.C. Me pregunto si hemos desaparecido nuestros “Cristos” y hemos renegado la herencia trágica del “creer en algo” y de las sujeciones al credo, al capital, al matrimonio, y a la Iglesia; entre tantas otras cosas.

Los dioses de hoy no son los de ayer; sin embargo, aunque no son los mismos, son iguales. Son iguales porque los hemos cuestionado y derrocado. Y nuestra troya, es la de Brad Pitt, es una Troya “dioses-free”. En este valle de vida posmoderna, encontramos una libertad deconstruida, libertad “otherwise than” libertad, por incluir a Levinás en el asunto; encontramos una libertad extraña, pero nuestra. Y esa libertad extraña nos permite develar una soledad, “otherwise than” soledad, que no es la soledad de los Cien Años.

En ese eterno retorno que es la historia de la humanidad, el hombre antiguo se sintió solo y retornó a la sujeción de otros dioses.

No sé mañana, ni pasado, pero hoy quiero quedarme en la Antigüedad, quiero aprender a acompañarme de esa soledad…

Historias para no contar…

por las lunas llenas y los gatitos grises

¡Cómo nos gusta contar cuentos! Desde niños nos leen cuentos, historias fantásticas que son para ser contadas… Los padres nos piden que les contemos lo que hicimos en el cuido o en la escuela. Los maestros nos piden que contemos acerca de nuestras Navidades y vacaciones.De grandecitos, contamos a los panitas nuestras cosas de adolescentes, acerca del chico que nos gusta o del último vídeo que presentaron en MTV Puerto Rico. Cualquier cosa que nos pasa, la aprovechamos para llamar por teléfono a alguien y contarle lo que pasó.

De adultos, se mantiene esta linda costumbre de comunicación humana y, si nos pasa algo bueno, llamamos al “jevo” y le decimos: “Loco, a que no sabes lo que me acaba de pasar, está brutal…”. Si el suceso no es alegre, cambiamos el tono, pero aún así lo contamos: “Papi, chico, no fue mi culpa, pero me acaban de chocar el carro…”.

Contamos y contamos con emoción, pero hay veces que, simplemente, no podemos contar… Nos pasa algo inesperado, pero, simplemente, no lo podemos contar. Casi nos desesperamos, nos reímos solos, como el niño que acaba de hacer una maldad, y dudamos entre el contar y el no contar… Callamos porque, al no contarlo, lo mantenemos privado y secreto…

Estas Navidades tuve una de esas historias que NO se pueden contar… y la emoción de NO contarla la hizo muy mía… y me la disfruté, y me la gocé, y la guardé bien adentro. Me reí sola y, aunque en ocasiones quise contarla, la dejé durmiendo como un bebé al que no se le cuenta nada por no despertarlo…

Todavía hoy, vacilo entre el contar mi historia y el no contarla, porque me acosa ese pensamiento común, de que las cosas desaparecen si no las contamos… Me pican las ganas y mi lengua se traba por la historia no contada, entonces me doy cuenta y digo voy a escribir en Derivas… Pero no se crean que se las voy a contar… Simplemente es una historia para NO ser contada…

Cortinas de chispas rojas

Spanish Islam was tightly controlled… but there still was, by virtue of existence, the physical and spatial representation of the created enemy.
Jerrilynn D. Dodds, Literature of Al-Andalus

Cuando la realidad del momento ha pasado, la memoria se esfuma y pensamos que acabó. Es en esta desintegración de la memoria donde el espacio adquiere una agencia de recuperación.

Mientras leía unos artículos de Jerrilynn D. Dodds acerca de los espacios mozárabes en España, de cómo esta arquitectura e infraestructura mantenían el recuerdo de una identidad pasada, donde los arcos de herradura y los diseños arábigos en catedrales visigóticas adquirían una significación memorial porque repetían la historia de esa otredad que se creía perdida; pensaba en mis espacios.

Observé cómo la ubicación de mi butaca cerca de la ventana, la mesa de noche al lado izquierdo de la butaca y las cortinas de chispas rojas en el fondo de la habitación recuperaban memorias perdidas. Instigaban las ansias por momentos otros, ya pasados, ya olvidados, hasta que el espacio mismo los volvía a hacer presentes. Esa barrita inventada de estudiante graduado, con las mismas copas de vino de cristal púrpura que habían sido el envase de tantos brindis pasados, la cama en la misma posición de los últimos dos años, traían una avalancha de recuerdos y de otredades que creía haber enterrado en la memoria.

Entonces, me asusté mucho y decidí cambiar la butaca a la otra ventana, mover la mesita de noche al lado derecho, echar a la basura las copas de cristal violeta y comprar unas nuevas. Moví mi cama hacia la ventana donde antes había estado la butaca y di un suspiro de victoria y de oda al olvido…

Pero, al darme vuelta, vi las cortinas de chispas rojas que todavía estaban en el fondo del cuarto…… Y no las quise quitar… Así como los españoles al mirar la Alhambra, tan imponentemente característica de un pasado “otro”, no la pudieron destruir. A veces, el inconsciente se encarga de dejar reticencias que insten la remembranza.

Bañándome con Sabina

En la soledad del “exilio voluntario”, como lo llama Juan Goytisolo, que no tiene nada que ver con idealismo, ni persecución política, ni lucha nacionalista de camisa del Ché; en ese simple exilio del cansancio y del “¿por qué no?”, he decidido bañarme todos los días con una canción diferente.Para no cometer el despreciable pecado de la monotonía del “Ojalá” de Silvio, me he bañado con Aute, y con la Guzmán, con Filio y con Estopa, con el Gran Combo y con Circo, con Blades y Café Quijano, con Bocelli y Cassandra Wilson y muchas veces con Tego, pero ayer…..

Ayer me bañé con Sabina, mientras me sentaba “A la orilla de la chimenea”en una lucha contra el olvido. Porque hay veces que, simplemente, nos negamos la dichosa oportunidad de olvidar; de lanzarnos a la insoportable levedad que nos espera con los brazos abiertos.

Aunque estoy en exilio, repito la costumbre caribeña del baño con agua muy caliente que cubre de vapor los espejos; por lo que la imagen de la chimenea en la canción de Sabina no se hacía tan abstracta. Ese vapor de agua muy caliente con jabón Protex me absolvió de las clichosas “penas de amor” y las cursilerías que se nos pegan cuando cae la noche y nos encontramos solos en un cuarto leyendo un libro de Kundera, y repitiendo la misma noche, tan similar a las últimas siete noches anteriores, donde añoramos lo perdido hace, quizás, dos años, por culpa del exilio voluntario y escogido.

Mientras que en el intento de encarnar o recuperar esa “sombra” de la cual habla Sabina, en el intento de volver a ser “trapecio y red”, “estación y tren”, “el pecado y la fe” de ese alguien pesado que fue y ya no es, aunque en instantes queremos que vuelva a ser; al menos durante esos 4.53 minutos bajo la ducha de agua caliente, mientras Sabina canta la canción que tanto nos gusta….

y en ese mismo intento por llenar de peso la vida, olvidé que olvidaba. Entonces una mano de vellos muy rubios cambió el CD y escuché a Sabina nuevamente, pero esta vez cantando “En la 69 punto G”… y entendí que esa noche no sería como las siete anteriores, y que debía salir del baño y ponerme sólo el sombrero negro; como la otra Sabina…