Todas las entradas de Manuel Clavell

Manuel Clavell Carrasquillo (San Juan, 1975). Crítico literario de la revista Letras: Creación y Análisis Cultural, del periódico El Nuevo Día. Ha publicado reseñas literarias, cartas, crónicas, ensayos y disparates a través de la Internet. Tiene un libro epistolar inédito titulado Cursi, kitsch y queer: Correspondencia cibernética (1999-2005) y un poemario —también inédito— titulado Lírica postcolonial: Instrucciones para destruir panfletos. Además de postear en Derivas, es artífice de la Redacción del blog Estruendomudo.

La mara de los She-Males

Antes de lanzarse a dominar el mundo luego de su transfiguración, el novato She-Male tiene que salir de la crisálida. Ello consiste en reconocer a uno no tanto como él en la multitud de sujetos no parecidos para llevárselo para su casa. Una vez allí, el She-Male procede a ofrecerle un refresco y, luego de pedir permiso, desvestirlo. Desnudo, el sujeto no parecido tiembla de miedo, síntoma directamente derivado del presentamiento a medias, con puro “fronte”, o la curiosidad. De hecho, para eso están los sujetos no parecidos en el espacio, para precisamente encontrar o hacer que se encuentren con sus abismos los She-Males.

Liberado de adolescencias superfluas y complejos de dualidad, el novato pasa a ser candidato “per se”. Sin embargo, los asesinatos comenzarán y no pararán hasta su muerte, una vez ocurrida dicha superación de umbral.

Usualmente, sacan las cuchillas cuando el contacto de la piel de las nalgas contra el “matress”, más las caricias bruscas de los hijos semibarbudos de la ingenuidad, logran que se les paren los pezones y se les lubriquen los glandes. Por allí es que les sale la viscosidad que los vuelve loquitos al tacto. Con esa sustancia gelatinosa es que engrasan las cuchillas antes de asestar golpes certeros y profundos para que la sangre caliente tenga lugares de desague (como acantilados) por donde brotar. Eso casi siempre pasa en una cama de motel barato en los que los dependientes casi siempre viven allí con su mamá.

Luego de los hechos iniciáticos, los líderes de la mara (reunida detrás de los barrotes) cuentan los tatuajes de los de nuevo ingreso. Deben tener una mariposa negra en el cuello cual gótico “bar code” y una palabra ininteligible –su clave– debajo del ombligo, para que el Master Commander los pueda nombrar. Si han chupado a un policía justo antes de matarlo en pleno clímax, los She-Males se aseguran múltiple ración y la boca tibia (ahora con sangrita vampirezca entre los colmillos) del Master Comander una vez al mes.

Las computadoras de la prisión están disponibles dos horas al día para los She-Males “enmarañados”, porque también los hay rebeldes. Normalmente, esos últimos renegados del poder de la mara llevan un “piercing” y una banda de cuero en el escroto, como quien dice, para que se les note que ahorita se negaron públicamente a matar. Los rebeldes no tienen derecho al voto en las decisiones internas extraordinarias de los She-Males apuntados en el róster de la mara, pero sí ejercen un enorme grado de presión en términos del contrabando de las pastillas y el acceso a la Internet.

Los oficiales correccionales lo han tratado todo en contra de la privacidad, pero los She-Males de la logia siempre consiguen realizar sus ceremonias maquillándose como mamarrachos sin temblequeras al amanecer. Cuando el poquito de sol que se refleja en la atmósfera luego de la contaminación del pasado periodo “choigron” imperial sale por el Este, las criaturas tatuadas dos veces observan la penetración de los rayos en su interior. Saludan al astro candente al unísono, inclinándose unos frente a los otros al antiguo modo musulmán; pero siempre pendientes a lo que pueda tramar contra ellos el resto de la colonia penitenciaria.

Lo más importante es el discurso que se ha creado alrededor de la subcultura She-Male en los edificios públicos y en los campamentos de verano gracias a las imprentas de “flyers” y los papelitos grapados en los postes de la luz. El sujeto “varonvarona” vive de lo que se dice de él acomodándose las bragas para que no se le escape un piropo contra un guardia penal, un comunero de luchas o una empleada de mantenimiento comprada como esclavita por ellos como si fuese un zombi a su entera disposición.

Para echarse la comida a la boca en el desayuno, después del saludo al sol, el She-Male debe gritar: “Uyyyyyyyyyyyy, cariño, sácame de aquí. Los tutsis estos estúpidos me quieren eliminar”. Cariño responde que no, y cae al suelo inconsciente. Los demás gritan al unísono, “Chula, levanta ahí. Come y deja el show”.

El resto es historia. Los elementos en cuestión intercambian consoladores antisépticos con potencial de suciedad para enajenarse de la realidad colectivamente cruel de la ganga y se infectan por delante y por detrás porque sólo hay dinero para las hormonas, el entra y sale, y mucha desesperación. No hay agujas en el poblado extramuros, me dicen mientras investigo estas sospechas sobre el grupo como agente encubierto del “terminator taskforce” anticoagulante de los CDC. Las autoridades concernidas han tratado de contener los liqueos hepáticos echando cal por el alcantarillado cada 24 horas para que no se contagie el resto de los ciudadanos, pero una onda electromagnética en forma de huevo transparente gigante impide el paso de la brigada de superhéroes no acuclillados en contra de la despiadada mara municipal.

Junto con el enigma de cómo fue posible el mal manejo de la disposición antitóxica de los pellejos postoperativos y los cadáveres apilados al pie de las puertas de los crematorios en las afueras de la ciudad ardiente, se trata de otro misterio salvatruchezco de la secta asesina de los She-Males salvajes que aún queda sin resolver.

Pedro Angel Palou, desde su bitácora, acusa algo de lo que tenemos y lo mucho que nos falta

Y ahora el blog se ha vuelto una responsabilidad intelectual. Una responsabilidad del humanismo crítico que pregono. Porque la literatura es algo más que palabras negras en páginas blancas: se trata de un lúcido ejercicio de la memoria colectiva contra el más cruel de los olvidos, se trata de un franco compromiso con la vida y con lo esencialmente humano para desterrar todos los sueños de grandeza, trascendencia y vanidad. La literatura es una guerra contra la ciudad del sentido común, es un combate despiadado desde la magia de las palabras contra todo fanatismo, contra toda hipocresía, contra toda doble moral. La literatura –y el humanismo crítico que la sostiene- nos enseña que no hay caminos cortos ni salidas fáciles y que existe una ciudad del espíritu que nos hace mejores y libres por diversos y tolerantes. El humanismo nos recuerda que el horizonte es enorme, que se amplía cada mañana y nos dice esa sutil pero brutal verdad que afirmaba Sócrates: sólo sabemos que no sabemos nada.

–“Qué es un blog”, 28-04-2006, Pedro Angel Palou

Fiesta: Multiplicidad

Quinto de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

Representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, representarlo sin atenuar en absoluto su inextricable complejidad, o mejor dicho, la presencia simultánea de los elementos más heterogéneos que concurren a determinar cualquier acontecimiento.

Italo Calvino, “Seis propuestas para el próximo milenio”, Capítulo 5: “Multiplicidad”.

El surrealista se cansa de una actividad total de su ser que lo enfrenta a los peores peligros y lo enemista con el entero orden social: en la hora del reposo, escoge el instrumento preferible para continuar el avance en la superrealidad; se queda con el mejor, que es siempre un instrumento de raíz poética, un instrumento mandarín pero cargado de oscura eficacia cuando él lo toma entre sus manos.

Julio Cortázar, “Teoría del túnel: Notas para la ubicación del surrealismo y el existencialismo”.

Antes de que se acabara la fiesta, el humo de las velitas y el apagón, rompieron los platos cuatro en complicidad. Roberto no había enseñado lo suyo en medio de la sala sólo porque no era despedida de soltera y Amanda no acababa de pasar las bandejas llenas de entremeses vegetarianos. Fue que se acabó el vino y entonces el milagro de las Bodas de Caná, los gritos de Emmanueli en la cocina cuando se convirtieron en casi nada las copas y Berta recogió los cristales, los pedacitos, porque los vasos finos eran de Murano y los destrozos salen minimalistas, según las breves intermitencias ventosas de cada artesano que se fija entre los escombros lombardos de su reflejo en el agua de un canal.

El fantasma de la infidelidad recorría Europa, pero en Bairoa Heights, en Bairoa Heights, del Municipio Autónomo de Caguas, la infidelidad nada tenía que ver con la longitud de lo suyo y menísimos con el tal bandido, llamado Roberto se ha escrito ya. Todo lo contrario, estábamos todas y todos de get together bon aniversaire de la fete Grimaldienne: los publicistas de la agencia, los periodistas amarillosos y los empresarios de la industria de la construcción. @ Stefanía. Pararon las ruletas, negros y rojos, regresó Grace, el aeropuerto de Mónaco. Arrestaron al chofer.

Emmanueli me dice por aburrido que no empiece. Yo le contesto que ya empecé, y el tema giraba en torno a las inundaciones y las consultas de planos y mapas de ubicación. Berta se ofuscó en los problemas del catastro alemán, casi perfecto, y en el atraso de nuestra ley de propiedad horizontal, mientras la dueña de la humilde residencia residencial se resignaba a consolarnos de la siguiente manera: “No se preocupen, todos los camarones que se están comiendo con salsa marinara son de CostCo y fueron pagados a crédito ayer, no empece los nubarrones que se asoman burlones por la cordillera del negocio, con la Visa Gold”.

En ese momento la perrita terrier se sentaba a mover el hocico de lado a lado frente al cornudo, porque intuía el peso de la infidelidad. Los resoplidos del mercader de Venecia lo delataban, cristal murano, y su mal aliento empeoraba la triste situación. La perra ladraba bajito y la dueña ignoró las atribuciones de inquisidora del can. “¡Canten, canten!”, pedía la dueña, ladraba la condená, apoyada con sombrero de cívica del piano de cola que estaba instalado, redundo, lo sé, en medio de la sala de estar. “Que alguien se apiade de la memoria de Rocío Durcal, la más mexicana de las españolas, y que se digne a cantar como dama de alta sociedad”.

Ch.

Enseguida la doctora Rodríguez accedió a la petición, no podía desaprovechar esta oportunidad para ser la envidia de todas sus primas Conrado, esas muchachas que no quisieron arrimarse ni a la clave de Sol ni a la clave de Fa y que, en cambio, escogieron maridos maravillosos, que tenían hogares de envidia y de porcelana fina, con marquesina doble y todo, y que ya estaban en son de volverlas a hipotecar para ampliar las terrazas, los balcones con los jardines colgantes a la Babilonia, las alfombras persas asperjadas de ácaros y el display de cuadritos de las garitas en decoupage.

Al observar esa escena bucólica (enfocaban en el pastor) que incluye a la pareja borracha que susurraba obsenidades mientras se manoseaban frenéticamente en una esquina del comedor, el piano decidió que la noche no estaba como para teclas blancas, ni bemoles, ni jurisdicciones pentagramáticas de urgencia atonal. Todo lo contrario, al muy maderudo depresivo gruñón le dio con desviarse hacia las bachatas infames, sustitución pecaminosa que obligó a bajar a las niñas del Colegio Puertorriqueño, que descansaban bronceadas en el cuarto de huéspedes; último del hogar.

Las niñas bajaron, “mami, mami, mami, ¿qué hora son en este cuarto tan grande, con espejos de pared y lámparas de lágrimas color de diamante, con destellos de azul pavo real?”, curiosas, las muñecas hablaban. “Pues, hijitas mías, el azul pavo real tiene que ver con los escudos de sus apellidos constantes y repetitivos, y las pausitas, esos mismos que ustedes apuntan en las libretas caligráficas para el laboratorio de las monjas, los escritos que van a plasmar en sus capitulaciones matrimoniales; una vez decidan que es hora de que Roberto y lo suyo las trabaje por detrás.

Gracias a Dios y a la Virgen Santísima que el jardinero no escuchó nada de eso y que sus faenas comenzaban mañana por la mañana. Tijera en mano. Zas, zas, zas. El bizcocho se cortó y el pedazo del medio con los huevos a medio batir le tocó al hombre de la caza. “Datuipa, Datuipa, mi vida, cuando termines ahí, ¿me puedes sacar la basura, por favor?”. Dos codornices trajeron los perros en las mandíbulas luego del escopetazo, y esa última petición con perdigones fue de tan mal gusto que Datuipa tuvo que hacer un esfuerzo ignaciano para darle delete. Fin de su contemplación gastronómica con la pechuga rostizada del faisán. Según Emmanueli, al tipo le encantan las despedidas de soltero en los barrios negros de la capital, con putitas de tetas duras y nada debajo, con el coño directamente expuesto al rojo cranberry de su Martini Cosmopolitan.

Fregó Silvettina.

Betty mapeó.

Z.

El bingo estuvo a cargo de Naraducción y el chisme mejorcito de toda la noche lo contó Rampunsel. Son los viejitos de la casa de al lado los más sufridos –eran las trenzas, fue confirmado– porque el piano, obsesionado con las teclas negras y las corcheas semifusianas, decidió exorcisar con escándalos su oloroso mal estomacal. Una foto, familia, una foto para la revista Magazín. Yo pude distinguir entonces el centro de mesa y sus florecitas de Casa Febus. Eramos todos centralizados, leyendo poemas de Mario Benedetti y posando frente a la pila, detrás del cura Cosntantino, para la pose caricaturesca del inconsciente bautismo infantil.

Rosita me confesó que era alérgica al flash. Yo se lo perdoné con dos genuflexiones y un beso en la mano y, por si las moscas, anuncié a toda la ilustrísima concurrencia que me entró una llamada. Dejé que la copa rota echa pedacitos –redundo, lo sé– descansara sobre el chinero –nadie la vio– y en un abrir y cerrar de ojos me eché par de gotas de LSD y brillé la tetera de plata. Proust, loca sucia, para colmo parisina, no pude evitarlo, era setentoso y estaba pasado de moda pero esa mancha delataba otra infidelidad. La perra terrier se inclinó como para ensuciar algo y soltó una meada justo en medio del pasillo, sin permiso del cuadro de Alicia Alonso que depositó allí el representante artístico de Francisco Rodón. El piano hizo mutis, digo, las teclas blancas y su director sinfónico, y las mazurcas que provenían terribles de ese silencio del clacisismo (léase ascenso del criollismo) me penetraron los tímpanos. Caramba, Roberto, ¿usté no cree que en ocasiones como esta será mejor enviar las invitaciones en papel de hilo falsificado, superchería, pero por Internet?

II.

Es el momento de los gemelos filántropos, el brindis y la divulgación massmediática de la campaña publicitaria Somos Iguales, de SER. Es el momento de abrir los regalos, destellos de papel de estraza, que es mate, de acordarse de los aniversarios. Es, sin dudas, la noche de Silvette. Yo poso para el lente de Magazín, pícaro maquillado, ella se esmera en abrocharse el botón de madreperla y ajustarse las enaguas semitransparentes. Mami, qué rica. Yo le cojo el ruedo sin querer. “Silvette, amor mío, anoche te pegué cuernos con Emmanueli, todo está bien, cariño, todo está bien?

Hubo complicaciones, ciertamente, las hubo, porque las niñas bajitas vestiditas de ballet para la premiere del bronceado quisieron que su padrastro las ayudara a completar la asignación de inglés. Mark Strand tuvo que tapar huecos, pero contentísimo, porque lo suyo –olvídese de Roberto ahora– era la improvisación. My darlings, listen to me carefully:

‘Open the book of evening to the page
where the moon, always the moon, appears’
.

Eso les dijo, o algo con textura bechamel que se viene lento y así.

K.

Si vieran las telas y cómo las fruncían para que no se enlodaran. “Jaime, por favor, aguánteme el ruedo y la mariposa brocado agridulce aquí”. Jaime, cansado de estar de pie y sonriendo, se cuestionaba para sí: ¿Es boda o es wedding banquet?, robó alguna vez entre tanto cuestionamiento, hubo sed de justicia y contrato de servicios profesionales. Esto último entre tanto trámite notarial. Hubo amores en las alcobas de la servidumbre –más manchas, redundo, lo sé– y hubo que madrugar para hacer las camas y trasnocharse para mantenerlas calientes; antes de que los amos lo ignoraran por enésima vez como ritual propiciatorio del pasto y del irse a acostar.

Dieron las doce sin cenicientas, sólo con la protagonista simple y real de este cuento clarito: Cruella de Ville. Dieron las docen en punto y sereno y la madama se llevó el arreglo floral de su centro de mesa; un pétalo y su rocío se llevó por cada campanada. Tlon. Tlon. Eso se supo al día siguiente, cuando la Amanda, heredera legítima del inmueble inundable de Bairoa Heights, se sentó a leerle a la terrier su destino según iba apareciendo en el Tarot. Ahorcados no. La zota de oros no.

III.

Emmanueli echó un vistazo a la comarca de Willie Miranda Marín, alcalde, y al regresar el rabillo del ojo a la casa tropezó con los borrachos de la esquina del comedor. Eran 70 años. Los mantelitos ya, a esa hora, estaban desajustados. La leña de la chimenea seguía siendo de plástico y el jarrón chino contenía las mismas guajanas secas de la zafra del 52, como si aquella sala no se inmutara ante las frivolidades de tantas aves del paraíso a sus anchas y flotara como una pompa limpia por el jabón. Una verdadera sorpresa, todo aquello, porque la verdadera fiesta –redundo, lo sé– comenzó en ese breve instante en que no estás, sui generis, cuando se escucharon las risotadas en la cocina y ocurrió (como por arte de magia y un desvanecimiento) el segundo apagón.

— mcc#

In the corner of
your eyes, stranger,
Paul Celan

En las librerías segundo número de la revista literaria La Secta de los Perros

El colectivo literario La Secta de los Perros acaba de lanzar el segundo número de su revista de título homónimo, dedicada a las imágenes que son ladridos y la escritura rabiosa.La revista, diseñada e ilustrada por el artista gráfico Alex García y editada por los poetas Mara Pastor y Rafael Acevedo, cumple su primer aniversario e incluye una selección de poemas, ensayos, relatos y reseñas cinematográficas alternativas al modelo cursi, nacionalista, pedagógico y serión que –a su juicio– domina hasta el bostezo las ilustres letras del patio.

En esta ocasión, los lectores sentirán los colmillos juguetones de Pedro Cabiya, que entrega un raro cuento de ciencia ficción. Además, Aravind Enrique Adyanthaya reta las convenciones de la escritura coherente al llenar su página con signos de significado oculto. Rafael Acevedo explora las rutas del erotismo problemático en un poema anticool. Yara Liceaga se une a Rafa Acevedo en dicha tarea anticool, con otra pieza poética que es una jaula de extrañeza. Pepe Liboy escribe un ensayo sobre el tema embriológico como médula de la obra inédita de Yara Liceaga.

De otra parte, Félix Jiménez realiza un collage discursivo en forma de cuento partiendo de retazos de expresiones hace tiempo globalizadas. David Caleb Acevedo regresa a la narrativa paranoica con otra pieza de ciencia ficción queer. Néstor Rodríguez hace una disección del aspecto postcolonial de la narrativa de Pedro Cabiya. Manuel Clavell Carrasquillo mezcla tabúes gay y política china en un poema con protagonista carnívoro. Armando Cruz reseña varias películas de arte pornográfico y Rodrigo Köstner experimenta con el microrrelato psicoerótico típico de los blogs y otras criaturas fieles al hombre y la mujer que solo leen en la blogsfera. Mara Pastor hace la síntesis de la jauría en el editorial-introito.

La Secta de los Perros #2 está disponible en las librerías La Tertulia del Viejo San Juan y Río Piedras.

En la ilustración: Joseph Meister, que había sido mordido por un perro rabioso, es vacunado por un ayudante de Pasteur, situado en segundo término con aspecto preocupado. Roger Viollet transmite en su dibujo muy intencionadamente la atención social existente.