Todas las entradas de Maite Aragón

Maite Aragón (Sevilla, 1977). Filóloga hispánica por la Universidad de Sevilla. Vivió y estudió varios años (pasado remoto) en la isla de Puerto Rico, experiencia que la enriqueció sin límites a niveles personales y académicos. Desde el regreso a la tierra natal, la isla no ha dejado de visitarla en sueños, en noticias, en invenciones, en nostalgias y en amigos; promete pagar las deudas contraídas con esa isla inaudita de extraordinarios habitantes. Ganadora ilegítima de un renombrado certamen puertorriqueño (que prefiere no nombrar), apareció en la antología Cuentos de oficio de Mayra Santos-Febres (Terranova, 2004). Dedica este último año a ser librera por empeño y presentadora de la sección “Libros raros” de un programa cultural de televisión. De haber cambios importantes en la biografía de esta autora, serán los primeros en ser informados.

el congelador

dicen que para vivir fuera de “la patria” no se puede ser sentimental; que se trata de algo así como poner en el congelador los sentimientos, las añoranzas y los echares de menos y vigilar que nunca se vaya la luz. y sacar los sentimientos alguna vez de vacaciones, que se derritan para el consumo inmediato y los restos (que siempre son más que lo consumido porque se multiplican solos) volverlos a congelar hasta la próxima y remota oportunidad de llevarlos de vacaciones a la dichosa patria de la que provienen.

yo no consigo asimilarme todavía como un congelador… pero si lo hubiera conseguido, hace un rato se me hubiera descongelado todo mientras me mantenía atenta a los ruidos de la casa y a la voz de una madre que no se percataba del auricular del teléfono descolgado y de la hija escuchando a miles de kilómetros, como si pudiera estar más cerca.

hubiera podido colgar al darme cuenta de su descuido y volver a llamar sin siquiera comentarlo. pero he cerrado los ojos para escuchar, para robar el espacio que alguna vez fue de alguna manera mío, hasta que me durara el privilegio (sabiendo que sería poco). y pudiera reirse el que lea que me he sentido pendiendo del enroscado e imaginario cordón umbilical del teléfono (cable que ya no existe en este siglo wireless), transportada sin esperarlo a la placenta densa y mullida en la que estuve hace 28 años, y de la que salí, según me cuentan, a la prisa, para empezar a hacer honor a la impaciencia que me caracteriza.

así que me quedé escuchando, con los ojos cerrados, cómo ella se movía de un lado a otro de la casa, llevando el inalámbrico consigo; escuchando, de interpretar los ruidos conocidos, la comida al fuego, el hambre y saberla sola en la casa, con la compañía silenciosa del gato. escuchar la retaíla monologada del hablar sola, la respiración marcada del cansancio… que se oía más profunda desde dentro, desde donde yo la escuchaba. y recordarme niña de mi primer recuerdo, pegado el oído a la barriga de mi madre, intentando escuchar a ese “hermanito” que dicen que está “aquí dentro, debajo del ombligo”. y mi madre hablando y lo profundo de su voz que se escuchaba naranja oscuro, se escuchaba rojo, se escuchaba el aire entrando lento, saliendo lento, raspando la garganta… y quedarme dormida.

y despertar del sueño infantil, sin estar dormida, a miles de kilómetros (nunca quise saber cuántos), delante de la pantalla del ordenador que abría un programa de llamadas internacionales, a la voz de “dígame” y a la risa ronca de una madre al darse cuenta del descuido.

mi congelador no funciona…

la llorona. dos.

(y el nunca más y el ahora, desde ahora, para siempre) yo te soñaba dormida, llorona, dormida te estabas quieta

como un delirio alucinado. quieta tú, pero no la lenta gota de sudor que derrama mi espalda, pero no la carne que delata grietas. quieta tú pero palpitantes las islas de tus ojos. tú callada y aplastándome yo en la boca del estómago; y la luz de la tarde malgastándose en las paredes y la noche tranquila cerrándose sobre tu vientre hecho mapa.

algo por encima de mí me regala tu cuerpo sin ti, quieto y callado; lo envuelve para mí en estas horas cómplices, horas azules, mientras tú viajas en los murmullos de agua de las olas viejas, en los mares que desconoces. yo no vislumbro tu viaje. yo me quedo cuerpo callado mirando cuerpo quieto, antes de que cuerpos ajenos quieran hurgarnos.

tu cuerpo es mío hasta que el silencio quiera desatarnos.

no sé qué tienen las flores, llorona, las flores del camposanto
que cuando las mueve el viento, llorona, parece que están llorando

la llorona

ay de mí llorona, llorona de azul celeste
no dejaré de quererte, llorona, aunque la vida me cueste

cuando se han ido retirando los latigazos cínicos, cuando ya solo dejan escalofríos que se van mitigando, y me vuelvo a sentir cuerpo y carne deshojada, mujer en jirones, te arremolinas, te enroscas alrededor de mi ombligo buscando abrigo dentro; te vienes de nuevo a mí, despacio, con la mirada acuosa de la niña asustada, desbordando salitre por la cuenca de los ojos, con la saliva golpeándote en los labios y hambrientos los surcos de las manos; vienes a mi memoria, a enredarme, a enredarte a mi columna con tus tallos; vienes a mis ingles para que yo te cure el desarraigo; vienes a enterrarte… ¿o a enterrarme?

si porque te quiero quieres, llorona, que te quiera más
si ya te he dado la vida llorona, qué más quieres
¿quieres más?

*Nota de audio: “La llorona” por Chavela Vargas.

adHerida

quisiera lamerle a la brea las curvas y no encuentro música que acompañe estas ganas.

arrastrarme reptil bajo las luces nocturnas, arrastrada, arrastrarme sigilosa y brillante; adherirme con la sangre neumática que delira en las venas y el músculo que bombea los pulsos del asfalto.

quisiera arañarme la piel por los suburbios, sin los gritos de los ojos de las viejas.

cuando la noche le enciende el espinazo, quisiera lamerle a la brea las rectas para pagarle el olvido, metérmela dentro, hacerme continua con ella, para cerrarle la herida transitada de hembra; arrastrar mi vientre blanco sobre su madrugada violenta y lamerla, lamerla sumisa, con esta lengua seca.

Des Composición

Para paliar esta descoyuntura fui abriéndome agujeros en las articulaciones y aguantándome con hilos gruesos unos miembros a otros.

Observé hace días que mis piernas empezaban a dar pasos desvariados, sólo porque las rodillas vencían su límite natural de movimiento en un balanceo desconcertante de más de ciento ochenta grados. Llegué como pude hasta mi cama y me receté absoluto reposo hasta notar mejoría. Dormir todo lo posible sería mi mejor medicamento; y me hundía en la cama como plomo, dejando en el colchón el bajo relieve de mi cuerpo pesado, pesado como mis sueños.

Soñaba mi vida en un celuloide rayado y sucio, proyectado a mis párpados cerrados como pantallas viejas. Una sombra inmóvil sentada en el patio de butacas. El olor a humedad y mugre humana que se acumulaba en los asientos, parecía que se me escapaba en gusanos viscosos por los huecos de la nariz del cuerpo dormido. La película daba saltos histéricos y el sudor en la nuca se me enfriaba. Desperté con la cadera torcida hasta el revés, buscándome el ombligo en la espalda. Decidí, por precaución, mantenerme quieta en el espanto. Una mirada, que no pude reconocer como propia, quiso inspeccionar las vistas hasta los límites de mis órbitas: una mirada ansiosa me presionaba el hueco de los ojos queriendo controlar el perímetro circular de mi campo de visión. El pulso me latía en las pestañas que aguantaban como visagras raquíticas de una casa vieja soportando un embate violento y demoledor.

Con la mano izquierda intenté coger papel para escribir, necesitaba relatar mi estado de descomposición, pero se me desplomó; cayó al suelo provocando un ruido metálico totalmente inesperado y el resto fue soportar los puntos suspensivos de un venirse abajo a pedazos descoyuntados. Con una esquina de cerebro todavía sana, encontré una posible solución desesperada. Tracé con la memoria el mapa arquitectónico del cuerpo que había sido mi cuerpo, ideando una única forma de re-componer sus restos: un taladro y cuatro metros de hilo grueso.

Con la mano derecha atrincherada en una resistencia amenazada de ser vencida en poco tiempo, empuñé el taladro para agujerearme concienzudamente cada extremo de las articulaciones: los hombros, las caderas, las rodillas, los tobillos… Cuatro agujeros paralelos, dos a dos, en el cuello y otros cuatro en las muñecas.

Nunca aprendí a coser. Me fui remendando el cuerpo como había malcosido tantas veces los botones de una camisa, con enredos y nudos imposibles, pero logrando el efecto requerido; al fin y al cabo se trataba de que cada miembro ocupara como pudiera su lugar determinado por naturaleza

Reanudé el mecanismo monótono de mi vida normal, no sin revisar mis funciones motrices antes de salir por la puerta. Nadie pareció notar nada diferente en mi apariencia, los ojos ajenos me eran tan indiferentes como siempre. Caminé desapercibida en mi perpetua fantasmagoría diaria de callejeo, aunque en un andar dificultoso y arrastrado, colgando un brazo más bajo que otro y la cabeza lánguida hacia atrás o hacia adelante. No me quise parar a pensar cómo perfeccionar mi nueva estructura corporal: el día por delante me imponía reponer mucho tiempo perdido.

Por las esquinas de la mirada todavía ansiosa, quiso colarse una extraña lágrima del color de los charcos de las bocacalles cerradas. El olor a humedad y mugre humana se me escapaba por los huecos de la nariz. Y una mosca siseaba en mis orejas insistente de una orilla a otra. Fue lo último que pude percibir. Supongo que en ese momento la podredumbre debió engullirse la última esquina de masa gris que me quedaba.

Nadie reclamó mis restos.