Todas las entradas de Luis Ponce Ruiz

Luis Ponce Ruiz (Santurce, 1983) tiene una novela a medio comenzar y un poemario a medio acabar. Mantiene sus vicios de pequeño burgués escribiendo reseñas de restaurantes chic, aunque su sueño es hacer una enciclopedia gastronómica sobre las fondas boricuas. También escribe mentiras complejas, cartas de amor larguísimas, poesía pornográfica y ensayos político-sociales desde su autoexilio en La tribu de los cafres. Preferiría morir de una manera más creativa que de un flechazo envenenado o en un cuarto de hotel en Valparaíso.

Casi todo sobre la lengua de Lola

La vi en el Sam’s Club de Bayamón sin maquillaje aunque todavía conservaba su pelo largo y rojo. ¿Era de ascendencia corsa o irlandesa? ¿Mujer fatal o maestra de inglés? Lo que tienen que saber ahora, sin embargo, es que ella no se llama Lola, pero para lo que aquí he comenzado, pues sí, quiero que se llame así.

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Fue en 1999 cuando la acompañé un sábado al Marshall’s de Plaza Río Hondo para que se midiera ropa. Era diciembre y faltaban pocos días para el 2000; el último diciembre de mis sueños mojados y de perderme en fantasías redondas con las nalgas de Lola.

Estuvimos casi tres horas en el Marshall’s. Le di el visto bueno a varios de los vestidos que se probó. Yo, con diecisiete años esperando frente al probador de mujeres, esperando y disimulando una erección inminente, esperando y rezando para que hoy, coño, por fin, me pueda tirar a Lola; Lola de mis eyaculaciones, Lola pelirroja, Lola que en enero, en el primer día de clases, se pondría ese traje, el de todos mi favorito. Ese vestido que permaneció en la bolsa plástica de Marshall’s dentro de su auto, mientras subíamos a su apartamento para que finalmente me develara los secretos de su lengua.

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El teléfono sonó ese sábado mientras almorzaba. Para esos tiempos no tenía celular, así que Lola llamaba a casa (no sólo me llamaba, sino que dejaba mensajes y, en muchas ocasiones, permanecíamos hablando hasta las tantas, inclusive en días de semana) y todos sabían: mi mamá, mi papá, mis hermanos, hasta mi perro que la había olfateado las veces que había venido a casa para buscarme. Sabían y no hacían nada. Quizá preferían que me pasara con una mujer diez años mayor que yo, una adulta, que con muchachas de mi edad que estaban en las de experimentar con marihuana, Éxtasis y sexo sin protección. Lo más seguro ella ya había experimentado con todo eso, así que Pedrito estará fuera de los peligros de su generación.

Pero el peligro era ella, viejo. Era ella y a mí que siempre me ha gustado exponerme a situaciones, pues, peligrosas.

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Cuando le metí la lengua en la boca, ella rápido me la sacó con un empujón de la suya y hurgó tanto en mi boca que se topó con los alambres –reliquia de mis braces– que estaban adheridos detrás de mis dientes. Me siguió besando; todo era ella: yo intentaba morderle así, suavecito, los labios, pero ella no me dejaba; intentaba acercarme a sus pechos de mujer de veintisiete años, pero en su lugar, me subió la camisa y me empezó a desabrochar la correa, desabotonar el mahón, bajar la cremallera y encontrarse con el lapachero de mi venida precoz. Pero eso no la detuvo. Me bajó los calzoncillos y, lamiendo todo lo que sus besos y la presión de su cuerpo contra el mío habían causado, me devolvió la erección: su lengua, sus labios, sus dientes fueron los culpables. Entonces intenté de nuevo con sus pechos y fui acogido; llegué hasta sus caderas y encontré, complacido, el finísimo encaje de su tanga negra.

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Entonces te vi, pero nos ignoramos. Cuánto había esperado este momento para decirte en la cara, gracias, Luis Ponce Ruiz, gracias: me has jodido toda la vida por irte con el cuento y contárselo a medio mundo. Fue la soledad, Luis Ponce Ruiz, y me tiré a los que me tiré porque había pasado tanto tiempo desde un novio y en este país no hay hombres que valgan la pena, una tan preparada y pues, imagínate, con tanto chamaquito bellaco en el colegio de varones ese, pues, cómo no me iba a gustar la idea, ca-ra-jo. Tres años sin estar con alguien encandila a una, la cansa… Te hice un favor, Luis Ponce Ruiz, como se los hice a todos…la única diferencia fue que tú hablaste, ¿te creías, qué, especial? ¿Distinto a los demás?

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No la había vuelto a besar: con mi mano exploraba lo que sólo hasta ayer eran cerebritos masturbadores. Pero ella me besó nuevamente, me atosigó su lengua y ahí, adentro, se la aguanté con mis dientes, impidiéndole salir de mi boca y se la mordí con delicadeza, como le mordí los pezones, el lunar brotado debajo de uno de sus senos, y los pequeños rollitos de piel que se le formaban a ambos lados de su cadera debido el encaje cernido de la tanga. Y se volteó: la redondez se hizo carne. Sin ninguna premeditación eché a un lado el hilo dental que delineaba el maravilloso cañón entre sus nalgas y fue entonces ella la que conoció casi todo sobre mi lengua.

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Y hoy, luego de esperar tanto tiempo, no te puedo ni mirar a los ojos. ¿Cómo se puede mirar a alguien que ha odiado tanto a una? Las palabras no me salen, como la barba deforme esa que tratas de emparejar. La lengua se me traba, no me da para más cuando pienso en lo que hiciste con lo que te regalé.

Te vas y pasas como si fueras una hoja, una bolsa de plástico al viento y quizás tienes razón porque lo único que me acuerdo es de mi versión. No me acuerdo de todo lo que te hice y te dije. Ya ni sé por qué pienso tanto en ti, si quién sabe, a lo mejor no eres tú el que acabas de pasar o a lo mejor es que ¿todavía me veo tan bien como cuando tenía veintisiete y este que creo que eres tú pasó así, tan fugaz, porque en realidad me chequeaba y se había puesto nervioso? Quizá es que estoy loca, quizá hiciste bien en hablar con la escuela y decirle lo que hacía con los estudiantes y revelarles la verdadera razón de mi renuncia.

Pero quizá, por eso mismo, por haber hecho todo eso te odio y más lo haré cuando en algún momento (te conozco tan bien, Luis Ponce Ruiz) decidas escribir algunas pocavergüenzas y me hagas, me deshagas, en un personaje tuyo de tus historias trasnochadas.

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Cuando la vi en el Sam’s Club, me pregunté si todavía vivía en el apartamento ese donde deshicimos la tensión que nos agobiaba, porque la vi con cara de mamá: gorda, pero con cierta fragilidad en sus cachetes y en las ojeras que no había perdido tiempo en maquillar. ¿Dónde vivirá ahora y con quién?

Nos vimos pero no nos miramos. Pasé al lado de ella, de Lola, como si todo esto que ahora termino de escribir hubiera sido ficción.

El río (intento) que nos separó

El beso es un paréntesis sin nada adentro.
Ramón Gómez de la Serna

And death i think is no parenthesis
E.E. Cummings, “since feeling is first”

Intento escribirte una carta (como Maná intenta rayar el sol, como Mario intenta dibujar una sonrisa, como tú intentas olvidarme) porque ya no contestas mis llamadas. No puedo escribirla porque tan sólo pensar en tu rostro me ciega y el corazón se me estruja (en tu puño chiquito, de deditos cortos y puntiagudos, esos con los que solías escribir sobre el papel, sobre esto que pensábamos era amor). Intento repasar las palabras que yo te escribía (cuando te devoraba, cuando me arrodillaba frente a ti para oler tu desnudez) y escondía en las gavetas de tu cuarto. Pienso que quiero revivir lo andado (en realidad lo acostado, lo desabrochado, lo inundado, lo construido) para dejar de soñarte. Es mi piel la que habla en tu ausencia (por las marcas de tus uñas, tus labios, tu carne que se juntó con la mía en tantas noches, tus cálidos líquidos que me refrescaban aún en el ardor de la madrugada). Pero lo que dice mi piel también me agobia (y me imposibilita formar las palabras que antes de nombraban).

Mejor quemo todo porque es inútil alcanzarte: la tinta, el bolígrafo, el nombre de los libros que nunca me dedicaste, el papel de las cartas que nunca me escribiste. Quiero pensar que las cenizas que queden (más bien el recuerdo del intenso vaho de tu entrepierna) será lo único que me impida olvidar (lo que nunca me propuse a olvidar).