Todas las entradas de Luis Othoniel

Luis Othoniel (San Juan, 1985) cursa estudios doctorales en literatura en la Universidad de Princeton. Integrante original del grupo Derivas, ganó el premio del certamen de cuentos de El Nuevo Día en el 2007. Ha publicado cuentos, poemas y artículos en varias revistas y libros en Estados Unidos y Puerto Rico. Su primer libro, Otra vez me alejo (fragmentos), está siempre a punto de terminarse y no termina. Digamos que las influencias son Thomas Bernhard, Macedonio Fernández y Machado de Assis.

La máquina de Borges o historia personal de la tristeza y la filosofía

Ayer me amanecí estudiando. Estaba tratando de buscar una compatibilidad entre el nihilismo de Nietzsche y la afectividad de Lévinas, entre el eterno retorno y la ética. El café y la cocaína refinaron mi vista bastante. Me concentraba en las cartas de amor y odio (o de odio en las postrimerías del amor) que Nietzsche le escribía a Lou Salomé. Estaba seguro de dar finalmente con la clave. Mis dedos comenzaron a escribir y el extraño sonido de las teclas me hizo notar el más profundo ruido de perillas gigantescas, como puertas que se abrían atrás de las montañas. Había cadenas que remolcaban con velocidad irregular cosas pesadas desde lugares infinitos, y varias palancas que activaban una bobina de cables invisibles y delgados que estaban hechos de energía y no ocupaban espacio. En ese segundo en que pude ver los detalles de ese artefacto gigantesco, pensé que había resuelto el problema que tanto sueño me había quitado. Entonces puse el cerebro entre mis manos y lo apreté, pero lo único que pude ver fue esa maldita máquina de Borges. De vuelta en la cama me dormí pensando en una biblioteca que consistía en un conjunto pequeño de libros que se repetían en una serie infinita de salones. Soñé que yo era judío y que un viejo alemán me había condenado a escribir eruditas cartas de odio a todas las mujeres de la tierra. Desperté con una erección y me sentí solo.

Morir (última parte de un cuento en proceso)

Pero re-imaginemos la trama. Ahora es un hombre quien sale del apartamento de su amante. Baja las escaleras. Se sube la bragueta con la cotidianidad de quien está cansado. Sabe que hace frío afuera. Abotona el abrigo. Piensa en algún posible asesino que lo esperaría al salir el edificio. Imagina el arma, imagina el dolor, es feliz. Al abrir la puerta no ve a nadie. Entonces vuelve al edificio, sube las escaleras, entra al apartamento y mata a su amante… ¿Por qué?

Morir (segunda parte de un cuento en proceso)

Todas las historias son, en resumen, la historia de un amor o la historia de un crimen, y a veces, en el mejor de los casos, son ambas. Y no sólo las historias propiamente ficticias, sino las historias que nos hacemos de nuestras relaciones con los otros. Entre ellas, querámoslo o no y por más mínima que sea, se esconde siempre la perversión de una trasgresión moral. ¿Cuántas veces no nos hemos imaginado la posesión sexual del otro, cuántas no hemos imaginado que el otro nos posea, cuántas no hemos querido hacerle daño, cuántas que nos haga daño a nosotros? Sin embargo, no queremos reducir todos nuestros pensamientos a esta perversión e intentamos reprimirlos con la almidonada propiedad de la cortesía y la prudencia.

¿Quién se atreverá a mostrarnos su deseo? Te quiero poseer, te quiero matar. ¿Cómo responderás? Volvamos a la mujer escotada que sale del apartamento, que acaba de ser poseída, que va a ser asesinada y lo sabe, que sonríe con esa felicidad que no se sabe. Su placer consiste en que se dirige al cumplimiento cabal de su deseo, se dirige a la consumación última de la ferocidad pasional. Quiero que me poseas, quiero que me mates…

Morir (primera parte de un cuento en proceso)

Imaginemos una trama.

Una mujer sale del apartamento de su amante con la felicidad que no se sabe, con la sonrisa que sólo se descubre en el espejo. Mientras baja las escaleras, recuerda que su asesino la espera entre la nieve, a la salida del edificio. Cinco escalones y la perilla de la puerta la separan de su muerte. Se acomoda la bufanda hasta cubrir su recién acariciado escote, se pone sus guantes y le abre las puertas al invierno.

El mal (bailando con el diablo)

De curiosidad en curiosidad, recordando pensamientos mientras me como solo un inspirador postre en un restaurante princetoniano, me topo con una frase de una película (no sé qué tan buena), titulada 8 MM: “In the dance with the devil, the devil never changes; the one who changes is you.”

Esta frase, un poco facilona, me trae a la mente algo que reflexioné hace algún tiempo, y que había olvidado ya: “el mal no permanece junto a lo que lo ejecuta, sino que se mueve, cambia de huésped”.

En este punto, no recuerdo bien cuál era el sentido que había encontrado en aquella reflexión. Creo que me refería entonces a algún caso terrorista (huésped preferido del mal en estos días) en el que el terrorista se convirtiera, luego del acto terrorista, en un héroe, ejemplo del bien. Tal vez pensaba en la canonización de Timothy McVeigh por parte de algunos sectores excéntricos, o en la de algún terrorista islámico por algún grupo fundamentalista. El asunto es que una vez que el mal se ejecuta y logra su objetivo, deja de ser el mal para convertirse en la carnalización del nuevo bien. Esto se logra básicamente por un dispositivo histórico en el que lo malo, al adquirir popularidad, se va convirtiendo en el parangón de lo bueno. Lo malo organiza la nueva moral y el Mal, cambia de huésped.

Esta idea me da la impresión de que está relacionada a la lectura que hice de La genealogía de la moral de Nietzsche, pero no logro precisarlo bien y no quiero indagar mucho en este pequeño momento de descanso, en este restaurante estudiantil. Tan sólo quiero airear un poco la mente, sin concentrarme mucho.

Por lo tanto, me muevo de Nietzsche y caigo, ¿cómo no?, a La transparence du Mal de Baudrillard, en la que el Mal no es el contrario del bien, sino que es un Principio de Incertidumbre, un desestabilizador de todo orden, bueno y malo, y como buen desestabilizador, no tiene motivo alguno. Un mal sin motivo. Un terrorista contra la causalidad.

Por aquí voy cuando me sucede algo terrible que interrumpe mi desorganizado pensamiento. Algo sumamente perverso, una esencia pura del Mal. Inocente víctima de los bailes diabólicos, tan sólo me queda preguntarme ¿qué posible motivo, qué clase de pasión terrorista, qué proclividad terrible a la desestabilización de mi orden mental habrá llevado al camarero a retirar el último bocado de mi Triple chocolate brownie with ice cream mientras descuidaba el plato entre pensamientos bailarines y diabólicos?