Todas las entradas de Luis Othoniel

Luis Othoniel (San Juan, 1985) cursa estudios doctorales en literatura en la Universidad de Princeton. Integrante original del grupo Derivas, ganó el premio del certamen de cuentos de El Nuevo Día en el 2007. Ha publicado cuentos, poemas y artículos en varias revistas y libros en Estados Unidos y Puerto Rico. Su primer libro, Otra vez me alejo (fragmentos), está siempre a punto de terminarse y no termina. Digamos que las influencias son Thomas Bernhard, Macedonio Fernández y Machado de Assis.

Tortuga tecnológica

–La ciencia no te podrá salvar del Horror.

–Pero sí podrá cancelar Todo-ese-Dolor que siento.

El laboratorio consistía de una pizarra con fórmulas matemáticas que describían la constitución química del Miedo, una mesa con tubos de ensayos y líquidos efervescentes de varios colores, y una máquina que parecía contener el cuerpo de una mujer desnuda. Desde una de las ventanas, el doctor miraba los monstruos marinos que saltaban desde las profundidades del mar y daban vueltas en el aire. La Pasión estaba inquieta. Casi sin inmutarse bajó la palanca que activaba la máquina. Pensó en reír con carcajadas malévolas pero pensó que el Lector se sentiría incómodo. De pronto los monstruos marinos empezaron a comerse los unos a los otros. Era una Guerra de todos contra todos. El Doctor pensó que la mujer le hablaba. Escuchó su voz como tantas otras noches. “La ciencia no te podrá salvar del Horror.” Los monstruos marinos lo asustaban. Sintió el miedo de inexistir, pero no el Todo-Dolor. Se acercó a Ella rediviva.

–El horror ya no te podrá salvar de mi ciencia.

–Pero si podrá cancelar Todo-ese-Amor que sientes.

Tortuga rosa oscuro

Puso su mano sobre las mías. “Lo nuestro se acabó”, y salió del restaurante. Ya en esos días antes del final, me gustaba más refugiarme en el recuerdo que en su cama. Traer a la memoria esos momentos idealizados de cuando la conocí era una buena manera de ignorar el fin del amor. Solo en el café abrí una novela de Pynchon que llevo leyendo por los últimos dos años, Gravity’s Rainbow. La novela es excelente, pero francamente, no la disfruto. Es como nadar en arena movediza, setecientas páginas que nunca acaban, y seguir leyendo porque ahora me dan miedo las cosas que no termino, los finales que no acabo, los fantasmas que salen no ya del recuerdo, sino de una cajita que no cerré muy bien y que tendrá efectos en mi futuro. Son finales horrorosos que siguen terminando. Repetición del sentimiento de finitud. Pienso en eso mientras leo, lo que hace que me pierda en la lectura (otra vez). El mesero pasa por mi mesa y me pregunta si quiero algo más. Le digo que me traiga una botella de champagne y una copa, que estoy celebrando un final. Me río anacrónicamente. Sigo pensando en ella mientras leo. Me tomo la botella completa, salgo del restaurante, camino unas cuadras, tengo el libro en la mano. Y me doy cuenta que hoy cené solo, que ella nunca estuvo en el restaurante, que han pasado años, y cada vez que un libro me acompaña a cenar, la veo poner su mano sobre las mías.

Todo rosa

O: Cuando manejas al oeste, por la diez, de New Orleans a San Diego, el sol no se pone. Y si vas lo suficientemente rápido, puedes ver cómo el sol vuelve a salir. Por entre las ruinas del desierto. Es un rosa perpetuo. Poniente recurrente. Siempre por morir pero vivo. Quisieras que esa avenida le diera la vuelta a la tierra y nunca detener el carro.

M: El desierto es siempre una ruina de una ruina. Porque para ser desierto es necesario que no haya nadie. Por lo tanto, cuando llegas deja de ser un desierto, y es lo que queda de él después de tu invasión. Lo mejor de todo es que el desierto ya es una ruina rocosa de otras vidas. Es la zona de no contacto con la muerte.

O: Tal vez por eso es que se siente tan bien mear mirando al sol morirse en el desierto.

M: En Buenos Aires fui a una manifestación de las Madres de Mayo frente a la Casa Rosada, que parece una casa de muñecas. Si lo piensas, es como si las madres estuvieran pidiendo que sus hijos desaparecidos salieran de la casa de muñecas. Como si los llamaran para almorzar. Es un gran juego de niños.

O: Te amo en rosa, porque casi desapareces.

M: (se burla) Te gusto en rosa porque estoy como ausente.

O: (se ríe)

V for Vendetta

Una voz revolucionaria dice que matan a la gente pero no matan a la idea. Yo, prefiero matar las ideas, y dejar a la gente viva. Lo radical de esta última película de los hermanos Wachowski no es su controversial idealización del terrorismo. Esto, que tanto ha dado que hablar a la crítica, es colateral. Lo radical es el contexto de producción en el que se sitúa. No es lo mismo decir “muera Bush” entre amigos que decirlo ante un público de millones de personas y usando -aplausos por la ironía- el dinero mismo de ese difusor del pensamiento conservador americano que es Hollywood. Es esta contradicción lo que salva a esta película ante los ojos de la audiencia cínica. Es una forma de probar (¿deconstruir?) los cortos circuitos de los sistemas ideológicos. No es una película ideológica, sino la parodia de ésta.

La máquina de Felisberto Hernández o historia personal del tiempo y la literatura

Me interesaba que la cotidianidad tomara el lugar de lo trascendente. Por eso me levantaba antes que el sol y no salía de la biblioteca hasta que se fuera. La clave de mis días era encontrar cómo acabarlos. Bastaría una idea, una frase, una palabra que consiguiera resumir los progresos que había hecho en mi estudio. Poco a poco, esta pequeña nota que atestiguaba el avance de mi investigación se volvía repetitiva. Veía claramente cómo la palabra del día anterior era incluso más pertinente para concluir el día de hoy. El tiempo era cíclico. Mi pensamiento había dejado de ser moderno y retrocedía a una época primitiva y sin historia. Fue en aquel tiempo que comencé a tener sueños pedófilos recurrentes, en los que la sodomización con artefactos impensados me provocaban una inexplicable nostalgia. La máquina jugaba conmigo todos los días. El libro de Baudrillard que dejaba por la noche en el escritorio amanecía siendo de Calderón de la Barca la mañana siguiente, para volver a ser de Baudrillard después del almuerzo. Para derrotar a la máquina tenía que adivinar la relación patronímica que utilizaba para convertir un libro en otro (siendo el ejemplo que di poco creativo). Pensé que la deconstrucción podía ser una excéntrica filosofía medieval, pero luego descarté la idea por resultarme muy concluyente. En una ocasión vi cómo un estudiante tonto anaqueló un libro equivocadamente. Anoté el título del libro mal anaquelado junto al de los que ahora lo recibían como un nuevo compañero. Escribí en mi libreta “estudio comparativo” y acabé el día.