Todas las entradas de José Borges

José Borges (Queens, 1972) no es familia del escritor argentino del mismo apellido, ni de los fabricantes del aceite de oliva español. Vive como ermitaño y sale de su cueva sólo para estudiar y trabajar.

Curiosa conversación telefónica con una desconocida

Minutos antes de ir a clase, mientras leo un cuento lo más pronto posible, para poder discutirlo. Eduardo está al lado mío, y lee también, con el mismo propósito. Suena el teléfono celular y contesto:

Hello.

–¿Quién es?

–¿Con quién desea habalar?

–Pero, ¿quién es?

–Bueno, tú me llamaste a mí…

–No me tienes que gritar.

-Ummm… No estoy gritando.

–Oye, tienes una voz muy linda. Deberías ser locutor.

Despego el teléfono de la oreja y lo miro, incrédulo. Regreso a la conversación.

–Je, je. Gracias.

–No, no, de veras. Suenas como locutor de radio, mejor que (nombre de algún locutor) de (nombre de alguna emisora).

–Wow. Gracias.

–Te deseo mucho éxito y espero que pases una tarde bonita.

–Gracias. Que pases una buena tarde también.

Me río y Eduardo me pregunta qué pasó.

–Nada. Una fan –contesto.

No me molesto en contarle. Lo insólito se vive, no se explica.

Autoestima: +10 puntos.

Lectura de cuentos del Taller de Mayra Santos

Ayer, martes, 6 de diciembre, se celebró la lectura de cuentos del Taller de Narrativa de Mayra Santos-Febres. Doce cuentistas, entre ellos nuestra Raquel Albarrán, leyeron frente a un público de aproximadamente cincuenta personas. Fue un evento con un montaje muy profesional en el Taller de Cantautores de Río Piedras. Con los micrófonos, las luces y el ambiente del lugar estoy seguro que todos los autores debieron sentirse contentos (nerviosos también) con el espectáculo. Mayra se desempeñó como maestra de ceremonias, hilando los temas de los cuentos y haciéndonos sentir a gusto en el lugar. El orgullo hacia sus estudiantes era evidente y con razón.

Los autores, todos jóvenes, leyeron sus escritos con buen recibimiento del público. Los temas eran mayormente basados en la cotidianidad, y hubo variedad entre ellos. Me impresionaron mucho los de Natalia Olivero, Karen Sevilla y Raquel (que casi actuó su cuento). Desde mi humilde apreciación, me atrevo a destacar el evento como un éxito. Me gustaría ver más lecturas como ésta con mayor frecuencia.

¿Idiosincrasia nuestra?

Pasa a menudo. Vamos a hacer alguna diligencia y hay una fila. Puede ser para reanudar la licencia de conducir, ver una película en el cine o pagar alguna cuenta. Vemos la fila y nos metemos. No preguntamos para qué es la fila. Nos aseguramos un espacio y después preguntamos. Entonces descubrimos que el (o la) que está alante tampoco sabe: hizo lo mismo. Eventualmente, alguien te notifica y averiguas si debiste hacer cola o no. Odio cuando me doy cuenta que no…

Café Berlín – Viernes 18 de noviembre… Lo que se perdieron…

Un pequeño recuento de los acontecimientos del viernes…

Después de ubicarnos y algunos terminar su cena, comenzamos las lecturas puntualmente (puertorriqueñamente hablando, claro). Deepak inició la noche con un cuento de Manuel Clavell, “Paja de una noche de verano”, y fue un performance. No leyó el cuento; lo vivió para nosotros. Fue un verdadero placer verlo en acción.

Fue curioso ver la reacción de la mesa detrás de él… un “WTF” colectivo. Por mala fortuna, no parecía que entendieran español… lástima para ellos. A nuestra derecha (por lo menos la mía…) una muchacha escribía en su computadora. No sé si nos prestó atención, pero no se fue hasta después de nosotros terminar todas las lecturas. Tal vez sería que la teníamos atrapada allí (jeje).

Manuel siguió a Deepak con “Califas”, un cuento nostálgico, cómico y certero de un puertorriqueño en California (o como decía Bill Hicks, Arizona Bay, una vez se hunda el estado en el océano).

Isaac Cazorla leyó “Las dos reglas”, una perspectiva de Perú muy amena, seguida por Jennifer Pagán con “Cómo nace un escritor”, que pueden leer aquí.

Yara Liceaga trató de esconderse (sin éxito) para no leer “Otra ventaja”, Áxel Alfaro usó mi computadora (me encanta el uso de la tecnología en estas situaciones) para leer “La caída” (que pueden leer en esta misma página).

Yolanda Arroyo nos subió la presión con “Un beso contra la puerta”, Isabel Battería nos contestó “Dónde estaba la mujer en los ochenta” y Juan Hernández nos hizo reír con “El hombre anuncio”.

Me dicen que yo leí “Realidad”, pero, después de cinco cafés con leche, todo es subjetivo.

Nydia Chéveres contó lo difícil que puede ser usar la transportación pública con “Mis peripecias para acudir a una lectura de cuentos en Café Berlín”. Fue un cierre ideal para las lecturas.

Fue un rato agradable entre personas unidas por un interés: amor a la literatura. Me consta que habrá otra lectura en diciembre, pero la fecha no se ha fijado aún. Les recomiendo que vengan… se pasa bien.

Agradezco a Bárbara Forestier por tomar la iniciativa de organizar el evento (ahora sólo tiene que leer un cuento suyo… y conseguir un micrófono -sonrisa malvada-). También la presencia de Araceli que, junto a su amiga, nos visitó desde Arecibo, al igual que Alma Rivera por su apoyo (y promete que leerá también en la próxima).

Espectáculo humano

Unas de las cosas que más disfruto es observar a la gente. Cada persona vive una novela diferente y, si uno no tiene más nada que hacer, puede entretenerse por horas meramente observando.

Claro, uno debe escoger un sitio adecuado (una isla desierta sería una decisión desafortunada). Aeropuertos, playas, centros comerciales… lugares donde haya gente. (Por cierto, el aeropuerto es uno de los mejores sitios… trabajé allí por unos meses y vi cosas insólitas.)

Sin saberlo, tú has formado parte del elenco alguna vez. La vez que te caíste en la acera, te encojonaste con el mesero en el restaurante, discutiste con el guardia de seguridad (mi acto más repetido) o gritaste en público… fuiste parte del espectáculo. Gracias.

Hoy fui parte de la audiencia, más tarde parte del elenco. Me explico.

Durante la tarde, decidí leer la novela asignada para el día de hoy en unos de los jardines de la universidad. Estaba sentado en un banquito frente a un salón, disfrutando el aire fresco. De alguna manera, mi lectura se interrumpió cuando noté a una muchacha rubia entrar al salón. Andaba contenta… parecía estar en un comercial de desodorante o algo así. Dejó sus pertenencias en un asiento y salió para hablar por el teléfono celular. Apenas podía oír su voz y en verdad no sé qué decía (dirás “¡Qué impertinente!”… yo prefiero “curioso”). Caminaba de un lado a otro, disfrutando de la conversación. Entró un momento al salón, todavía con el celu pegado a la oreja. Salió. Pude oírla disculparse, dar una explicación. De pronto, terminó la conversación. Se sentó en la acera y comenzó a llorar. Me asombró el cambió radical de emociones… diez minutos antes, parecía bailar mientras conversaba, y ahora era un cuadro triste. Traté de disimular, pero me consta que notó mi curiosidad (es mi escrito y puedo llamarlo como quiera… al menos que seas la muchacha… en ese caso la palabra es “consternación”). Más curioso aún: entró al salón, salió a la cafetería, regresó con comida y después estaba como si nada hubiera pasado. Una montaña rusa de emociones. Bueno, ésa fue mi experiencia en la audiencia.

Ahora, mi parte en el elenco. Irónicamente, sucedió minutos después. Sentado en el mismo banco, al lado de un árbol, me sumergí en la lectura. De momento, sentí algo rozarme al lado de la oreja. Era un pájaro que voló cerca (diría un ruiseñor, pero no estoy seguro… no tengo mucho conocimiento de aves). Lo miré molesto, pero después me dio risa y continué leyendo. Uno o dos minutos después hizo lo mismo. Pasó otro rato, y otra vez. Volaba de un árbol a otro, siempre pasándome cerca de la cabeza. No se callaba y no me dejaba leer. Buscaba algo con qué tirarle, a ver si lo ahuyentaba, cuando se me ocurrió algo. A lo mejor tenía el nido en el árbol al lado del banquito y me quería fuera de allí (eso, o la muchacha tenía poderes mágicos y lo mandó a molestarme). Era obvio que me quería sacar, pero yo no me quería ir… estaba cómodo y quería ver si pasaba algo más con la rubia. Pero el pájaro insistía… vuela que vuela. Tuve que aceptar la derrota y huir a otro banquito, lejos del árbol (y del salón con la rubia). Al caminar hacia el asiento nuevo, miré alrededor y noté varias caras observando mi dilema con el pajarraco, todos muy entretenidos. Fui el espectáculo de la tarde. No se apuren por darme las gracias…

Así que recuerda: alguien siempre ve lo que uno hace. Desquítate… observa lo que les pasa a los demás.