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	<title>Derivas &#187; Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</title>
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		<title>¡Cursi tu madre!</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Mar 2008 02:41:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cursi]]></category>
		<category><![CDATA[Prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[¡Macarena que te pierdes! ¡Macarena, no! ¡Tan lejos no! Ven, quédate acá, quieta. No vueles. No mires por la ventana. No preguntes las respuestas… Si supieras niña que de mi necesitarás toda la vida. ¡Óyeme! Sin esta que te habla te joderías. ¡Mírame! Sin esta que te cuida tu te mueres, tu te pudres y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/cursitumadre.jpg" mce_href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/cursitumadre.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-676 alignright" style="float: right;" mce_style="float: right;" title="cursitumadre" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/cursitumadre.jpg" mce_src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/cursitumadre.jpg" alt="" height="399" width="201"></a>¡Macarena que te pierdes! ¡Macarena, no! ¡Tan lejos no! Ven, quédate acá, quieta. No vueles. No mires por la ventana. No preguntes las respuestas… Si supieras niña que de mi necesitarás toda la vida. ¡Óyeme! Sin esta que te habla te joderías. ¡Mírame! Sin esta que te cuida tu te mueres, tu te pudres y ¿Quién te entierra? ¿Quién te pone flores? ¿Quién te trenza las hebras negras de la cabeza?&#8230; Mugrosa, a mí me debes tu la vida, a mí. Cabroncita, Tanto que te quiero, que lo que hago por ti lo hago sin esperar nada a cambio, sin esperar que me quieras. Coño, sin esperar que me quieras no, sin esperar que me ames, que me adores, que me idolatres, por haberte bañado y alimentado, por haberte limpiado el culo… ¡No! ¡Macarena no camines! No ves que aquí estoy yo. Espérate. Pon tus brazos en mis hombros, yo te cargo. ¿A dónde? No, para allá no. ¿A dónde? No. Para allá tampoco. Llora. Duérmete. Asústate. No corras. Quédate aquí bien cerquita mío. No hables con nadie. No te montes en ningún carro con extraños. Cómete los vegetales, vamos,  abre la boca. No te chupes el dedo. Llámame todo los días. ¡Respétame! Nunca me dejes. Nunca me olvides. Te amo.</p>
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		<title>La marea</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Feb 2008 12:00:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cursi]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[








La marea vendrá a robarte.
La marea vendrá a mojarte.
Rizos meciéndose por encima del gavioteo,
Azul derritiéndose entre mis manos goteando,
Llegará salado.
Llegará vertido desde el cielo rojo.
Traerá desnudo el cuerpo mojado.
Y me abrazará.
Y me detendrá.
Y con sus manos me quitará la vida
Mirándome a los ojos mientras me besa.
Quedarás tu mirándome tendido
Cayéndome de sus brazos
Que me enterrarán en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<table border="0">
<tbody>
<tr>
<td><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/agua1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-659" title="agua1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/agua1.jpg" alt="" width="148" height="111" /></a></td>
<td><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aguazul1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-661" title="aguazul1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aguazul1.jpg" alt="" width="148" height="111" /></a></td>
<td><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aguarosa1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-660" title="aguarosa1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aguarosa1.jpg" alt="" width="148" height="111" /></a></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>La marea vendrá a robarte.<br />
La marea vendrá a mojarte.<br />
Rizos meciéndose por encima del gavioteo,<br />
Azul derritiéndose entre mis manos goteando,</p>
<p>Llegará salado.<br />
Llegará vertido desde el cielo rojo.<br />
Traerá desnudo el cuerpo mojado.</p>
<p>Y me abrazará.<br />
Y me detendrá.<br />
Y con sus manos me quitará la vida<br />
Mirándome a los ojos mientras me besa.</p>
<p>Quedarás tu mirándome tendido<br />
Cayéndome de sus brazos<br />
Que me enterrarán en la arena<br />
Que me frotarán el pecho<br />
Que lamerán mis labios y dientes.</p>
<p>Quedarás tú mirándome en su rocío<br />
Bajando por su espalda  con el surco brilloso del sereno<br />
Los cuadros encaminados de su vientre<br />
Y de su sexo,</p>
<p>Y te quedarás callada.<br />
Y lo verás irse otra vez al cielo,<br />
Su espalda y su embriaguez borrándose<br />
En la espuma,<br />
En la bruma,<br />
En la marea.</p>
<p>Me buscarás luego en la arena<br />
Y allí me verás postrado.<br />
Buscarás mi mirada hueca<br />
Pero la verás sangrando</p>
<p>Y llorará tu alma<br />
Y se hará humo tu voz<br />
Mi cuerpo enterrado se mezclará en la arena<br />
Y mi corazón se ahogara con la sal de su  sudor.</p>
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		<title>La miseria en los peajes</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Feb 2006 02:45:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[Media onza de pena y compasión combinada es lo que hace falta para sacar del cenicero del carro un “dime” y sentirse mejor con uno mismo. Los peajes de heridas infectadas, de uñas sucias y dientes ausentes, son la realidad disfrazada por el tránsito en aire acondicionado del Puerto Rico Ford, Lincoln, Mercury; y para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">Media onza de pena y compasión combinada es lo que hace falta para sacar del cenicero del carro un “dime” y sentirse mejor con uno mismo. Los peajes de heridas infectadas, de uñas sucias y dientes ausentes, son la realidad disfrazada por el tránsito en aire acondicionado del Puerto Rico Ford, Lincoln, Mercury; y para aquellos que por ese Karma maligno no gozan de la bendición de tener aire, siempre hay dos de cada tres que prefieren pasar el calor momentáneo con la ventana del conductor arriba, con tal de seguir mirando fijo al sol y esperar que pronto cambie la luz.Por qué han llegado tan bajo, para qué van a usar mi “dime” y cuánto tiempo me toma ganarme diez centavos era en lo único que pensaba cuando los veía venir. No era suficiente lidiar con la pesadez azarosa de no haberme podido comer la luz, sino que encima tenía que suprimir una guerra interna entre la compasión y el capitalismo.</p>
<p>Sentirme timado al dar o insensible al ignorarlos es una paradoja cíclica que no me deja otro remedio que cauterizarme la piedad o avivarme la misericordia. Sea como sea, su miseria de alguna manera nos hace reaccionar. Por mi parte, yo he decidido que siempre que tenga les doy. Quizás por eso siempre tengo, y quién sabe si también por eso nunca se me daña el aire.</p>
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		<title>Surquemev</title>
		<link>http://www.derivas.net/surquemev-por-jesus-ramos-soodhoo-ramj/</link>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2006 03:01:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[En las aceras rotas de Pan-da’aram, suenan los cascajos entristecidos del barro caliente en el suelo. Se aclara el cielo y el bullicio es silencio pesado al llegar la hora del rezo, cabezas arrodilladas, enredadas en versos entrometidos y cuatro cruces de plomo, las únicas en ocho cuadras. Acá el humo no hace tanto ruido. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En las aceras rotas de Pan-da’aram, suenan los cascajos entristecidos del barro caliente en el suelo. Se aclara el cielo y el bullicio es silencio pesado al llegar la hora del rezo, cabezas arrodilladas, enredadas en versos entrometidos y cuatro cruces de plomo, las únicas en ocho cuadras. Acá el humo no hace tanto ruido. Todo se marea con el calor del espejismo y los mendigos se sofríen juntos en sus sudores. Regatean en las miradas sus propios huesos que, de amarillos, nada les queda porque, bajo el calor de las tardes en el centro de esta cuidad, todo es un rojo vivo.Las codornices enjauladas son un espectáculo penoso; una a una se las irán comiendo, una a una las irán reemplazando con otras codornices cabizbajas en la misma jaula de hierro.</p>
<p>Se tiene siempre que mirar al frente, se tiene siempre que disimular ser otro, cuando se pasa caminando por la mezquita sólo por el frente y rápido, con paso corto, las manos bien puestas en donde sea y una sonrisa al “flash” irrespetuoso. ¨No es momento de turismo, nuestros hermanos están en guerra, mueren con la sangre en sus cabezas aún hirviendo, se laceran los pies descalzos enterrando entre escombros a sus muertos.&#8221;</p>
<p>Se dice que aquí vivió Jesús, pero también a dos calles vivió, y a cuatro, y a cinco. Casas lejanas unas de otras, dos habitaciones sin ventanas y aserrín, mucho y de sobra. “Vivió aquí seguramente un carpintero y en ese lecho dormía.&#8221;</p>
<p>Anochece tarde y todo se enfría, condensando los momentos en cada grano de arena. Los más jóvenes habitan las calles, y se respira el ritmo perverso que lleva puesto en la piel cada uno de los humanos. Judíos, musulmanes y cristianos besándose en la oscuridad, temiéndose al cerrar los ojos, se comen la levadura y vierten el vino en la tierra.</p>
<p>Y se apaga la ciudad de golpe y el viento consume las tejas. La oscuridad de las calles se pega, musgosa, a todas las paredes que vibran al toque de queda; no se pueden encender velas, la calefacción no funciona. <em>Salam malecum</em>, dicen unos; <em>Shalom</em> y escasez de petróleo otros. Mañana llegará temprano el periódico y abriré la jaula de las codornices. Hoy no pude hacerlo porque estaba muy asustado y andaba apretando fuerte los puños dentro de los bolsillos.</p>
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		<title>Geomortis y un café</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2006 16:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[Para los niños envueltos en la net de la deriva

Las figuras son espacio igual que los sucesos, la única diferencia es que las figuras son cosas formadas por la naturaleza y la naturaleza de las cosas es la que le da forma a los sucesos…
Imelda Marcos


El cuadrado es la única figura que se inventó el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="dedicacion">Para los niños envueltos en la net de la deriva</div>
<p>
<div class="epigrafe">Las figuras son espacio igual que los sucesos, la única diferencia es que las figuras son cosas formadas por la naturaleza y la naturaleza de las cosas es la que le da forma a los sucesos…<br />
<span class="smallcaps">Imelda Marcos</span></div>
</p>
<p>
<div class="epigrafe">El cuadrado es la única figura que se inventó el hombre…<br />
<span class="smallcaps">Jesús Rafael Soto</span></div>
</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/soto2.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-758 alignright" style="float: right;" title="soto2" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/soto2.jpg" alt="" width="250" height="247" /></a></p>
<p>El Sr. Redondo es muy cooperador y honesto. Su esposa, la Sra. Redondo, es muy dulce y hermosa. El día de su aniversario, ambos celebraron en un restaurante muy fino de la ciudad geométrica. Se divertían mucho mientras bailaban y reían. Después de un rato, la Sra. Redondo se excusó para ir un minuto a empolvarse la nariz y retocarse el peinado. El Sr. Redondo, muy contento, se quedó en la mesa esperándola.</p>
<p>—Disculpe, Sr. Redondo, el Sr. Cuadrado de la otra mesa me envió a preguntarle si usted podría ser tan amable como para hacerle un favor.</p>
<p>—Claro que sí. ¿Qué se le ofrece?</p>
<p>—Sí, él le está enviando una taza de café envenenada para que usted se la tome y se muera rápidamente.</p>
<p>—¿Rápidamente?</p>
<p>—Sí, rápidamente.</p>
<p>—Pues, cómo no. Dígale al Sr. Cuadrado que cuente con eso, sólo que quisiera esperar a que llegara mi mujer para besarla y despedirme de ella.</p>
<p>—¡No! El Sr. Cuadrado insiste en que usted se beba el veneno inmediatamente para que así su esposa no lo vea agonizando.</p>
<p>—¿Agonizando?</p>
<p>—Sí, agonizando.</p>
<p>—Bueno, si el señor insiste, páseme acá esa tacita de café. ¿Tiene azúcar?</p>
<p>—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.</p>
<p>—¡Qué bien! Exactamente como a mí me gusta.</p>
<p>El Sr. Redondo se bebió la taza de café de cuatro sorbos y al instante comenzó a sentirse muy mal. Empezó a marearse y a sentir muchísimas ganas de vomitar. Le faltaba el aire y sudaba frío. Finalmente, murió sentado en su silla con la cara hundida en un plato de sopa de lentejas a medio terminar.</p>
<p>Cuando la Sra. Redondo regresó, llegó toda bien maquillada y peinada. Vio a una pequeña multitud reunida alrededor de la mesa que compartía con su marido. Abriéndose paso entre óvalos, triángulos y pentágonos, vio a su esposo muerto, con la cara sumergida en la sopa de lentejas. Descontrolada, comenzó a gritar:</p>
<p>—¡Auxilio! ¡Auxilio! Alguien llame a una ambulancia. Mi esposo está muerto.</p>
<p>Enseguida, llegó a su lado el Sr. Cuadrado.</p>
<p>—Tranquilícese, dama. No se preocupe, todo va a estar bien; confíe en mí.</p>
<p>La Sra. Redondo se calmó un poco. Después de que la ambulancia se llevara el cadáver de Redondo, el Sr. Cuadrado, muy amablemente, se ofreció a llevarla a su casa. En el camino, Cuadrado miraba cuidadosamente los pechos y los muslos redondos de la Sra. Redondo. Se impacientaba mucho por llegar con ella a donde ésta vivía.</p>
<p>Cuando finalmente llegaron, el Sr. Cuadrado se bajó rápidamente de su automóvil para, muy caballerosamente, abrirle la puerta a la viuda de Redondo. Ella, con lágrimas en los ojos, le dio las gracias y le invitó a entrar a tomar una tacita de café.</p>
<p>—Sí, claro que sí.</p>
<p>Ambos se fueron caminando juntos desde el automóvil hasta la puerta. El Sr. Cuadrado, muy excitado, miraba para todas partes sin poder creer que su malévolo plan estaba dando tan buen resultado. Al llegar a la puerta, la viuda de Redondo sacó las llaves de su bolso, la abrió y entró a su casa sin ningún problema. Pero cuando el Sr. Cuadrado se disponía a entrar, no pudo. Por más que trató y trató, no cupo ni por la puerta, ni por las ventanas, ni tampoco por la chimenea, porque eran redondas y no cuadradas.</p>
<p>Después de muchos intentos, el Sr. Cuadrado se puso muy furioso y decidió marcharse inmediatamente a su casa, donde la Sra. Cuadrado lo esperaba. Cuando llegó, la puerta de su casa estaba bien cerrada. Adentro encontró al Sr. Rectángulo con su esposa, la Sra. Cuadrado, bebiendo té mientras conversaban felizmente en el sofá.</p>
<p>—¿Podrías servirme un poco de té, querida?</p>
<p>—No, querido, lo siento. El té y el azúcar se me han terminado. Pero aquí está una tacita de café que el señor Rectángulo ha traído para ti. ¿Quieres?</p>
<p>—Sí, pero ahora vengo. Sé quién tiene mucha azúcar, voy por un poco.</p>
<p>—¡No! El Sr. Rectángulo quiere que te lo bebas ahora.</p>
<p>—¿Sin azúcar?</p>
<p>—Sí, sin azúcar.</p>
<p>—Bueno, pues si ambos insisten, pásenme para acá esa tacita de café. ¿Tiene veneno?</p>
<p>—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.</p>
<p>—Pues qué bien coño, excelente, buenísimo. ¿Cómo adivinaste? Así es exactamente como a mí me gusta…</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Calor</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Nov 2005 01:11:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[A mí, que me den a beber calor. Ese calor que es nuestro por ser entes de este trópico utópico. Trópico que se desquicia casi cayéndose desde la última y más pequeña de las islas grandes del Caribe grande. Caluroso. Salado. Sudado. Negarlo es imposible, como dice Luisito el de la Guaracha, el calor este [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mí, que me den a beber calor. Ese calor que es nuestro por ser entes de este trópico utópico. Trópico que se desquicia casi cayéndose desde la última y más pequeña de las islas grandes del Caribe grande. Caluroso. Salado. Sudado. Negarlo es imposible, como dice Luisito el de la<a href="http://www.derivas.net/uploaded_images/que-calor-778552.jpg" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img src="http://www.derivas.net/uploaded_images/que-calor-776140.jpg" style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer" border="0" /></a> <em>Guarach</em>a, el calor este “emputece la sangre,” destila un remojo de colores vivos que hace brillar las frentes y escurrir riachuelos en las espaldas cobrizas; el suero viscoso de los huesos, el torrente espumoso del territorio del fuego.</p>
<p>El calor es la vida, lo que buscamos por instinto los seres nacidos, lo que queremos sentir pegado fuerte entre otro cuerpo que nos disuelva y nos respire encima. Calor, tremendo calor que funde los purismos y hace salir la peca transparente que va en su travesía engordando su tamaño y explotando finalmente en el suelo; entre matojos de espigas sordas, en el filo hueco de un dedo sediento.<a href="http://www.derivas.net/uploaded_images/que-calor2-770281.jpg" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img src="http://www.derivas.net/uploaded_images/que-calor2-767383.jpg" style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer" border="0" /></a>En el frío no se puede amar. Se quiere, quizás, se quiere mucho, pero sin el fuego no se ama. El amor sólo con fuego duele, sólo en el vapor supura hasta que por las caricias que recorrieron un cuerpo se sientan las yemas rendidas, arrugadas en mueca de placer al beberse su propio fuego.</p>
<p>El calor es bendito, purifica, si no el infierno sería polo y no feroz centro derritiente de la tierra. El centro de todo el tizón del deseo que nos hiere hasta empolvecernos los huesos y hacernos esparcir nuestras propias cenizas sobre las aguas de un cálido mar.</p>
<p>Cualquiera soporta el hielo. El calor sólo lo soporta el que se atreve, el que se desnuda frente al frío y retuerce su cuerpo buscando la tibieza dormida en las esquinas remotas de su cuerpo, el que salpica su vientre de pelusas de miel hirviente o el que simplemente prefiere morir quemado en los brazos del fuego, que dormido en un lecho gélido de lana mojada.</p>
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		<title>En fila</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2005 02:12:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog colectivo]]></category>
		<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Lo viste? ¡Qué guapo, qué canto de hombre! Fuerte, espalda ancha, recorte al ras. Me gusta cómo camina, parece que está bailando solo. Levanta la pierna en cada paso como si estuviera bajando del jodío Olimpo. Te juro, coño, que si no fuera mi primo me lo tiraba. Me lo tiraba hoy y mañana, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Lo viste? ¡Qué guapo, qué canto de hombre! Fuerte, espalda ancha, recorte al ras. Me gusta cómo camina, parece que está bailando solo. Levanta la pierna en cada paso como si estuviera bajando del jodío Olimpo. Te juro, coño, que si no fuera mi primo me lo tiraba. Me lo tiraba hoy y mañana, y el domingo, y el lunes, y el martes&#8230; Es que, yo no sé lo que le dan de comer a los hombres en el army, ¿hierro? Porque él cuando se fue no tenía ese cuerpo, ni se estaba tan quieto, ni hablaba inglés. De verdad, lo mejor que hizo; para que estuviera en el Amigo empacando bolsas, o en el McDonald´s friendo papitas, digo, yo trabajo en Wendy´s pero yo estudio con beca, el gobierno me paga los estudios porque tú sabes que si fuera por papi&#8230;</p>
<div class="nota-al-calce">Conversación gratis, de celular a celular, en la fila del Westernbank.<br />
(Fragmento)</div>
]]></content:encoded>
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		<title>A Matilda</title>
		<link>http://www.derivas.net/a-matilda-por-jesus-ramos-soodhoo-ramj/</link>
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		<pubDate>Fri, 14 Oct 2005 20:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>

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		<description><![CDATA[En la tarde densa y lluviosa del viernes, cuando llegué a mi casa, mi hermano de siempre me dijo angustiado que Matilda do Mouros se había muerto. No supe reaccionar, ni cuál fue la profundidad de mi incredulidad, hasta que alcé la mirada y los vi a todos llorando. Era uno de esos momentos cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la tarde densa y lluviosa del viernes, cuando llegué a mi casa, mi hermano de siempre me dijo angustiado que Matilda do Mouros se había muerto. No supe reaccionar, ni cuál fue la profundidad de mi incredulidad, hasta que alcé la mirada y los vi a todos llorando. Era uno de esos momentos cuando la luz se pone pesada y el aire denso va moliendo con los segundos un polvillo azuloso que a fin de cuentas viene siendo el tizne pegajoso de los recuerdos.Matilda era una gran reina perfumada de canela, con brazos hondos y labios prestos para cantar mimos mecidos en bossa nova. Huyó joven de Brasil, luego de que a su padre lo acribillaran por pintor y comunista. “El rojo es mi color favorito”, me dijo un día. “Después de mis dos perros, tú eres lo más que quiero”, también decía, pero eso dejé ya de creerlo cuando una vez me enfermé muy grave y vi en los ojos de Matilda el rastro seco de muchas lágrimas, y a sus dos perros flacos y garrapatosos.</p>
<p>Ella fue mi maestra, mi enfermera, mi amiga adulta y la única yerbatera que para curar mis catarros y, a falta de la flora brasilera, se atrevió a experimentar con los cohitres, morivivíes y la menta que nacían salvajes en nuestro urbano patio de Miramar.</p>
<p>Cuando era niño la adoraba, de joven la respetaba, y el día que decidió que ya estaba muy vieja para morirse en Puerto Rico lloramos juntos la despedida más llorada, y nos dimos el abrazo y los besos más fuertes. En la mañana húmeda y sorda del viernes, cuando desperté en mi cama, sentí un ligero olor a canela y menta. Matilda me decía por las noches que durmiera siempre boca arriba y con las medias puestas porque el catarro y el mal de ojo entraban por la noche y por los pies. Esa mañana llevaba medias, y desperté mirando desorientado al techo. Por la tarde, después de conocer la noticia, cuando recordé que las medias eran rojas y que nunca duermo boca arriba, de repente empecé a llorar.</p>
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		<title>En la tierra de la Opa</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Aug 2005 19:16:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesús Ramos Soodhoo-Ramj</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Les cuento, o no, se me olvidó que aquí no hay cuento que valga; mejor les digo o diré, algo que me pasó en la tierra de la Opa, de las guitarras turcas y de las olimpiadas. Grecia, o Grekía, como le dicen los propios griegos, es literalmente un pedazo de cielo estrellado en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Les cuento, o no, se me olvidó que aquí no hay cuento que valga; mejor les digo o diré, algo que me pasó en la tierra de la Opa, de las guitarras turcas y de las olimpiadas. Grecia, o Grekía, como le dicen los propios griegos, es literalmente un pedazo de cielo estrellado en la tierra.De los once días que pasé recorriendo cada centímetro de playa y ruinas, sin contar los preciosos momentos sentado frente a manjares milenarios de vinagretas, ostras vivas y vino, fue en el tercer día en la isla de Myconos que finalmente decidí mandar por un día a los guías al Karajos, un islote unido a Myconos por un gigantesco puente y que tiene los mejores baños termales del Egeo, o al menos así me lo contaron. Decidí entonces quedarme y ver la verdadera Grecia y experimentarla sin intermediarios. Había escuchado que en una de las altas colinas de la isla había un oráculo de piedra que hablaba español y que precisamente ese día se celebraría un erethalo, una fiesta en honor al espíritu del oráculo. Mi novia prefirió quedarse a descansar en la habitación con una vista que de paso digo, tenía la selección natural de tonalidades de azul mejor planificada que he visto. Sabiendo que no la convencería de acompañarme, la besé en la frente y la dejé recordando mientras dormía alguna de las travesuras o fresquerías de la noche anterior.</p>
<p>El oráculo de Myconos quedaba a unas cuatro millas de caminos empinados y cúrveos flanqueados por cipreses, olivos y hierba florecida. Caminarlos a pie, cosa que sí hubiera hecho, y llegar a tiempo al erethalo era imposible, además, no podía darme el lujo de llegar tarde y perderme las danzas invocativas que abrían formalmente el evento y donde repartían vino gratis. Por algunos veinticinco euros alquilé una motocicleta modelo Frrido’lin 250 en buenas condiciones y me puse en marcha. El día estaba perfecto para emborracharse del aire puro y liviano que flotaba sólo a las afueras de las áreas turísticas y hoteleras. Ya no había anuncios de Coca-Cola ni policías multilingües, sólo se veía aquí y allá unas cuantas casas de piedra amontonadas alrededor de un pozo y una que otra señora de mantones negros y delantales blancos hablando por un celular. Me sonreían al verme y a unas cuantas les gritaba por encima del ruido del motor “¡Kalimera!”, que es el equivalente de hola en griego. Sentía dicha y sobresalto, ese momento no se parecía en nada a mi vida normal. Poco a poco me di cuenta de que a diferencia de lo que decían los guías, los griegos no eran personas reservadas y pocamente ermitañas, pude ver lo contrario en las alegres y generosas sonrisas que me regalaban; había más gusto y benevolencia que disgusto y celo.</p>
<p>Finalmente, casi a medio camino, el hambre matutina me hizo recordar que había salido del hotel tan deprisa que ni siquiera había desayunado. Miré el reloj y calculé que apenas tenía algunos cinco minutos para comer algo liviano y seguir sin más demoras mi camino. En el recodo de una curva cerrada me paré en un sitio bastante acogedor. Tenía una cortina de lona blanca, de su cocina salía un olor espeso a pan horneado y los manteles de la mesa estaban lo suficiente blancos como para convencerme de que el lugar era lo suficiente limpio. Un café y unas tostadas fue lo que se me ocurrió pedirle al amable señor que salió deprisa a tomar mi orden. Me miró por unos segundos y después de un rato salió una chica de rizos castaños con el café, pero en vez de tostadas traía pan untado con jalea de uvas blancas. Recuerdo que me miraba graciosamente y se reía, aparentemente de mí. Verifiqué mi bragueta y la encontré cerrada, miré mi rostro en el espejo de la moto y no estaba tiznado, no tenía nada colgando de la nariz ni tampoco había nada pegado en mis dientes. Llegué a sospechar del respeto con el cual pudieron haber manejado mis alimentos pero después de inspeccionarlos los encontré bien, nada desagradable o vivo. Comí con una prisa que cuidaba no caer en vulgar y a tres sorbos de café para acabar mi desayuno pedí la cuenta. Al levantar mi mirada vi que había más gente mirándome y ya no me cabía la menor duda de que era yo el causante de sus risas. Riéndome también, pedí nuevamente la cuenta y el mismo señor que al principio tomó mi orden me dijo.</p>
<p>—But I cannot charge you for anything.</p>
<p>—Why is that? —le pregunté más confundido aún.</p>
<p>—I cannot charge you because this is not a restaurant.</p>
<p>A lo que le siguió una ristra más de risas, las cuales yo sin remedio imité.</p>
<p>—This is not a restaurant, tourist, this is my house and you are sitting in my chair eating my bread and drinking my gapit!</p>
<p>Después de eso recuerdo el haber salido de ahí con mil excusas que ellos aceptaron con abrazos y besos en la mejilla, que el gapit me supo a café y que llegué justo a tiempo al erethalo. Lo que pasó allá es otra historia más cotidiana que además de vino gratis incluía danzas nudistas y queso de cabra alucinógeno. Si quieren en otro momento les cuento y de paso me incrimino. En Grecia todo se vale. Bueno, digo, casi todo.</p>
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