Todas las entradas de Jesús Ramos Soodhoo-Ramj

Jesús Ramos Soodhoo-Ramj (San Juan, 1981). A los nueve años salió con sus padres de Puerto Rico y vivió en la India, Inglaterra y Trinidad Tobago, experiencia que le abrió los ojos a la diversidad del mundo. Posee un bachillerato en Antropología y actualmente cursa su maestría en Historia. Ha ganado varios certámenes literarios de espacios cibernéticos pendejistas, piensa que ser penepé es pecado y que entre Puerto Rico y Culebra está Atlántida.

¡Cursi tu madre!

¡Macarena que te pierdes! ¡Macarena, no! ¡Tan lejos no! Ven, quédate acá, quieta. No vueles. No mires por la ventana. No preguntes las respuestas… Si supieras niña que de mi necesitarás toda la vida. ¡Óyeme! Sin esta que te habla te joderías. ¡Mírame! Sin esta que te cuida tu te mueres, tu te pudres y ¿Quién te entierra? ¿Quién te pone flores? ¿Quién te trenza las hebras negras de la cabeza?… Mugrosa, a mí me debes tu la vida, a mí. Cabroncita, Tanto que te quiero, que lo que hago por ti lo hago sin esperar nada a cambio, sin esperar que me quieras. Coño, sin esperar que me quieras no, sin esperar que me ames, que me adores, que me idolatres, por haberte bañado y alimentado, por haberte limpiado el culo… ¡No! ¡Macarena no camines! No ves que aquí estoy yo. Espérate. Pon tus brazos en mis hombros, yo te cargo. ¿A dónde? No, para allá no. ¿A dónde? No. Para allá tampoco. Llora. Duérmete. Asústate. No corras. Quédate aquí bien cerquita mío. No hables con nadie. No te montes en ningún carro con extraños. Cómete los vegetales, vamos, abre la boca. No te chupes el dedo. Llámame todo los días. ¡Respétame! Nunca me dejes. Nunca me olvides. Te amo.

La marea

La marea vendrá a robarte.
La marea vendrá a mojarte.
Rizos meciéndose por encima del gavioteo,
Azul derritiéndose entre mis manos goteando,

Llegará salado.
Llegará vertido desde el cielo rojo.
Traerá desnudo el cuerpo mojado.

Y me abrazará.
Y me detendrá.
Y con sus manos me quitará la vida
Mirándome a los ojos mientras me besa.

Quedarás tu mirándome tendido
Cayéndome de sus brazos
Que me enterrarán en la arena
Que me frotarán el pecho
Que lamerán mis labios y dientes.

Quedarás tú mirándome en su rocío
Bajando por su espalda con el surco brilloso del sereno
Los cuadros encaminados de su vientre
Y de su sexo,

Y te quedarás callada.
Y lo verás irse otra vez al cielo,
Su espalda y su embriaguez borrándose
En la espuma,
En la bruma,
En la marea.

Me buscarás luego en la arena
Y allí me verás postrado.
Buscarás mi mirada hueca
Pero la verás sangrando

Y llorará tu alma
Y se hará humo tu voz
Mi cuerpo enterrado se mezclará en la arena
Y mi corazón se ahogara con la sal de su sudor.

La miseria en los peajes

Media onza de pena y compasión combinada es lo que hace falta para sacar del cenicero del carro un “dime” y sentirse mejor con uno mismo. Los peajes de heridas infectadas, de uñas sucias y dientes ausentes, son la realidad disfrazada por el tránsito en aire acondicionado del Puerto Rico Ford, Lincoln, Mercury; y para aquellos que por ese Karma maligno no gozan de la bendición de tener aire, siempre hay dos de cada tres que prefieren pasar el calor momentáneo con la ventana del conductor arriba, con tal de seguir mirando fijo al sol y esperar que pronto cambie la luz.Por qué han llegado tan bajo, para qué van a usar mi “dime” y cuánto tiempo me toma ganarme diez centavos era en lo único que pensaba cuando los veía venir. No era suficiente lidiar con la pesadez azarosa de no haberme podido comer la luz, sino que encima tenía que suprimir una guerra interna entre la compasión y el capitalismo.

Sentirme timado al dar o insensible al ignorarlos es una paradoja cíclica que no me deja otro remedio que cauterizarme la piedad o avivarme la misericordia. Sea como sea, su miseria de alguna manera nos hace reaccionar. Por mi parte, yo he decidido que siempre que tenga les doy. Quizás por eso siempre tengo, y quién sabe si también por eso nunca se me daña el aire.

Surquemev

En las aceras rotas de Pan-da’aram, suenan los cascajos entristecidos del barro caliente en el suelo. Se aclara el cielo y el bullicio es silencio pesado al llegar la hora del rezo, cabezas arrodilladas, enredadas en versos entrometidos y cuatro cruces de plomo, las únicas en ocho cuadras. Acá el humo no hace tanto ruido. Todo se marea con el calor del espejismo y los mendigos se sofríen juntos en sus sudores. Regatean en las miradas sus propios huesos que, de amarillos, nada les queda porque, bajo el calor de las tardes en el centro de esta cuidad, todo es un rojo vivo.Las codornices enjauladas son un espectáculo penoso; una a una se las irán comiendo, una a una las irán reemplazando con otras codornices cabizbajas en la misma jaula de hierro.

Se tiene siempre que mirar al frente, se tiene siempre que disimular ser otro, cuando se pasa caminando por la mezquita sólo por el frente y rápido, con paso corto, las manos bien puestas en donde sea y una sonrisa al “flash” irrespetuoso. ¨No es momento de turismo, nuestros hermanos están en guerra, mueren con la sangre en sus cabezas aún hirviendo, se laceran los pies descalzos enterrando entre escombros a sus muertos.”

Se dice que aquí vivió Jesús, pero también a dos calles vivió, y a cuatro, y a cinco. Casas lejanas unas de otras, dos habitaciones sin ventanas y aserrín, mucho y de sobra. “Vivió aquí seguramente un carpintero y en ese lecho dormía.”

Anochece tarde y todo se enfría, condensando los momentos en cada grano de arena. Los más jóvenes habitan las calles, y se respira el ritmo perverso que lleva puesto en la piel cada uno de los humanos. Judíos, musulmanes y cristianos besándose en la oscuridad, temiéndose al cerrar los ojos, se comen la levadura y vierten el vino en la tierra.

Y se apaga la ciudad de golpe y el viento consume las tejas. La oscuridad de las calles se pega, musgosa, a todas las paredes que vibran al toque de queda; no se pueden encender velas, la calefacción no funciona. Salam malecum, dicen unos; Shalom y escasez de petróleo otros. Mañana llegará temprano el periódico y abriré la jaula de las codornices. Hoy no pude hacerlo porque estaba muy asustado y andaba apretando fuerte los puños dentro de los bolsillos.

Geomortis y un café

Para los niños envueltos en la net de la deriva

Las figuras son espacio igual que los sucesos, la única diferencia es que las figuras son cosas formadas por la naturaleza y la naturaleza de las cosas es la que le da forma a los sucesos…
Imelda Marcos

El cuadrado es la única figura que se inventó el hombre…
Jesús Rafael Soto

El Sr. Redondo es muy cooperador y honesto. Su esposa, la Sra. Redondo, es muy dulce y hermosa. El día de su aniversario, ambos celebraron en un restaurante muy fino de la ciudad geométrica. Se divertían mucho mientras bailaban y reían. Después de un rato, la Sra. Redondo se excusó para ir un minuto a empolvarse la nariz y retocarse el peinado. El Sr. Redondo, muy contento, se quedó en la mesa esperándola.

—Disculpe, Sr. Redondo, el Sr. Cuadrado de la otra mesa me envió a preguntarle si usted podría ser tan amable como para hacerle un favor.

—Claro que sí. ¿Qué se le ofrece?

—Sí, él le está enviando una taza de café envenenada para que usted se la tome y se muera rápidamente.

—¿Rápidamente?

—Sí, rápidamente.

—Pues, cómo no. Dígale al Sr. Cuadrado que cuente con eso, sólo que quisiera esperar a que llegara mi mujer para besarla y despedirme de ella.

—¡No! El Sr. Cuadrado insiste en que usted se beba el veneno inmediatamente para que así su esposa no lo vea agonizando.

—¿Agonizando?

—Sí, agonizando.

—Bueno, si el señor insiste, páseme acá esa tacita de café. ¿Tiene azúcar?

—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.

—¡Qué bien! Exactamente como a mí me gusta.

El Sr. Redondo se bebió la taza de café de cuatro sorbos y al instante comenzó a sentirse muy mal. Empezó a marearse y a sentir muchísimas ganas de vomitar. Le faltaba el aire y sudaba frío. Finalmente, murió sentado en su silla con la cara hundida en un plato de sopa de lentejas a medio terminar.

Cuando la Sra. Redondo regresó, llegó toda bien maquillada y peinada. Vio a una pequeña multitud reunida alrededor de la mesa que compartía con su marido. Abriéndose paso entre óvalos, triángulos y pentágonos, vio a su esposo muerto, con la cara sumergida en la sopa de lentejas. Descontrolada, comenzó a gritar:

—¡Auxilio! ¡Auxilio! Alguien llame a una ambulancia. Mi esposo está muerto.

Enseguida, llegó a su lado el Sr. Cuadrado.

—Tranquilícese, dama. No se preocupe, todo va a estar bien; confíe en mí.

La Sra. Redondo se calmó un poco. Después de que la ambulancia se llevara el cadáver de Redondo, el Sr. Cuadrado, muy amablemente, se ofreció a llevarla a su casa. En el camino, Cuadrado miraba cuidadosamente los pechos y los muslos redondos de la Sra. Redondo. Se impacientaba mucho por llegar con ella a donde ésta vivía.

Cuando finalmente llegaron, el Sr. Cuadrado se bajó rápidamente de su automóvil para, muy caballerosamente, abrirle la puerta a la viuda de Redondo. Ella, con lágrimas en los ojos, le dio las gracias y le invitó a entrar a tomar una tacita de café.

—Sí, claro que sí.

Ambos se fueron caminando juntos desde el automóvil hasta la puerta. El Sr. Cuadrado, muy excitado, miraba para todas partes sin poder creer que su malévolo plan estaba dando tan buen resultado. Al llegar a la puerta, la viuda de Redondo sacó las llaves de su bolso, la abrió y entró a su casa sin ningún problema. Pero cuando el Sr. Cuadrado se disponía a entrar, no pudo. Por más que trató y trató, no cupo ni por la puerta, ni por las ventanas, ni tampoco por la chimenea, porque eran redondas y no cuadradas.

Después de muchos intentos, el Sr. Cuadrado se puso muy furioso y decidió marcharse inmediatamente a su casa, donde la Sra. Cuadrado lo esperaba. Cuando llegó, la puerta de su casa estaba bien cerrada. Adentro encontró al Sr. Rectángulo con su esposa, la Sra. Cuadrado, bebiendo té mientras conversaban felizmente en el sofá.

—¿Podrías servirme un poco de té, querida?

—No, querido, lo siento. El té y el azúcar se me han terminado. Pero aquí está una tacita de café que el señor Rectángulo ha traído para ti. ¿Quieres?

—Sí, pero ahora vengo. Sé quién tiene mucha azúcar, voy por un poco.

—¡No! El Sr. Rectángulo quiere que te lo bebas ahora.

—¿Sin azúcar?

—Sí, sin azúcar.

—Bueno, pues si ambos insisten, pásenme para acá esa tacita de café. ¿Tiene veneno?

—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.

—Pues qué bien coño, excelente, buenísimo. ¿Cómo adivinaste? Así es exactamente como a mí me gusta…