Todas las entradas de Isabel Batteria

Isabel Batteria (Queens, 1982) es editora. Sus cuentos y fotografías han sido premiados.

El arte me absolverá

Me gustaba escribir de pequeña. Ya de adulta, me dio por cultivar el arte de manera más formal, pero cuando uno es adulto, las preocupaciones son otras que cuando uno es niño, menos banales, o quizás más banales, al final no se sabe. Los temas cambian. Una de las cosas que se me atravesaba todo el tiempo era los temas. Cuando se me ocurría un tema, me reguindaba de él con tanta fuerza que, a veces, se rompía. Me daba tanta ansiedad encontrar un tema en cada cosa que se me cruzaba en el camino que, quizás, por eso, nada era bueno.

Salir a la calle no era un paliativo eficaz. Yo quería escribir cuentos y sólo se me ocurrían cosas que no eran apropiadas para el género. En fin, la obsesión que me carcomía la conciencia, la paciencia y otras ciencias era la falta de temas con los cuales construir una historia decente. Traté de realizar actividades inusuales. Viajé cuando pude con lo que pude. Las cosas sencillas —y que podrían llamarse hermosas— de la vida no me excitaban. Cada nueva experiencia me dejaba más vacía.

Los pocos cuentos que había logrado sacar habían sido producto de una inspiración que no volvía. Un día en que me encontraba bajo los efectos de cierta sustancia psicotrópica, utilizada, claro está, con la esperanza de obtener una gota de creatividad, me di cuenta de que no pasaba nada. No sentía que mi cuerpo o mi forma de pensar cambiara en lo absoluto. Eso era el colmo: que cualquiera se fumara un papelito relleno de albahaca y tuviera grandes revelaciones y epifanías, mientras que yo, que era, hasta la fecha, una buena persona que reciclaba y le abría las puertas a la gente, no podía ni siquiera intoxicar mi mente con fines lucrativos como cualquier hijo de vecino.

Visto el caso y comprobado el hecho, concluí que necesitaba alejarme de lo hermoso cuando pasé una semana entera en faena literaria, después de haber visitado un striptease. Fuimos a un antro asqueroso, con un mural horrible de tetas y culos, donde las mujeres, en su mayoría extranjeras, se lo quitaban todo y maromeaban como serpientes en el Árbol de la Ciencia. Esa semana compilé varios cuentos medio colorados. Pero mi placer mayor no había sido sexual, aunque equivalente: había escrito.

El fin de semana siguiente, volví al antro. Fui sola. Me aburrí a la media hora. Salí. Unos parroquianos me tomaron por una puta (sola, por aquellos lares y bares) y me ofrecieron trabajo. No sé por qué acepté. O sí, pero ese es otro tema. Lo cierto es que me fui con uno de ellos. Los detalles son fáciles de imaginar: la ejecución fue bastante tradicional, pero la experiencia me regaló un libro de relatos eróticos, ese que ustedes conocen, el que me valió el epíteto “La Anais Nin del Siglo XXI”. Los editores se volvieron locos; la crítica se volvió loca. Sorprendió su amplia difusión; la gente no se avergonzaba de leerlo en los trenes y autobuses. Se imprimieron cuatro ediciones en menos de un año, y se tradujo a idiomas en los que el libro estaba tanto permitido como prohibido.

Durante ese tiempo, la casa editorial me hizo un itinerario y un contrato. Viajé por algunas ciudades, dormí en varios hoteles, firmé unos cuantos libros. Mi vida se sumió en una rutina de turista desganado, nada estimulante. Conocí a personas que insistían en contarme sus propias aventuras eróticas, con la esperanza de verlas publicadas, pero la gente no entiende que a ningún escritor le interesan las historias de los demás. Pasaron un par de años, y se me presentó la ansiedad más temida —más aun que la que me invadía antes, la de querer escribir y no tener temas—: ser, por fin, una escritora famosa y no encontrar de qué hablar.

De nuevo, nada era suficiente. El dios de la pluma no recibía mis inmolaciones con el mismo agrado de la primera vez.

Quise tratar la putería una segunda vez. Pero quiso ese dios terco que la situación se me saliera de las manos. De verdad que esos menesteres mejor se les dejan a las profesionales. Al tipo le gustaban los fluidos corporales y casi me mata. Yo tuve que matarlo primero. Tuve que hacerlo pedazos para que cupiera en dos bolsas plásticas. Me tomó varios días limpiar el cuarto de motel.

De ahí salió mi primera novela. Fue tan exitosa que esta vez viajé más lejos. La gente me preguntaba en qué me había inspirado, y yo contestaba sandeces genéricas como “en la vida diaria” o “en este mundo tan despiadado” o “en las noticias de la tele”.

Para mi tercer libro, exigido en el contrato con la editorial que ya había firmado, maté un perro. No escribí ni una triste letra. Los efectos eran revertidos: si antes escribía mal y no tenía temas porque no tenía estímulos, ahora sin estímulos no escribía ni siquiera de manera mediocre. Mi mano se paralizaba, mi mente se emblanquecía. Nadie sabe lo que es tener la mente verdaderamente en blanco: ver una pared, a veces de ladrillos, detrás de la cual sabes que está lo que tienes que escribir, pero no la puedes derribar. Es una pared; qué se le va a hacer. Nada podía hacer yo, al menos. Nada. Sólo existía la impotencia.

Qué remedio, tuve que matar a una persona. Y no me tomen a mal; yo no disfrutaba del acto. Pero de lo que sí disfrutaba con un placer sexual y adrenalínico era ver terminado un libro, haber escrito algo que alguien, si bien perteneciente a un nicho de lectores muy particular, disfrutaba sin miramientos. La psicología lo llama codependencia: hacer feliz a los demás a costa de la felicidad propia. Pero no es eso; ella no lo entiende. Todos los artistas sí me entenderán. El arte me absolverá.

Hambre

Se cierra la boca alrededor de un nada. Se encoge, se juntan las paredes mojadas. Un pico inconsciente se forma en los labios, un fruncido atado en el medio. La lengua flota. Un segundo, agua sobre el frenillo. Otro segundo, agua acaricia la lengua. Otro segundo, la lengua se ahoga. Traga. Se llena en otros tres segundos la cueva húmeda, sus ríos subterráneos se desbordan. Una y otra vez.

Ídem

Después de una búsqueda larga, casi infructuosa, de ir por donde yo decía y no decía, de meternos por la calle que era, regresar, pensando que no era, meternos por la que no era, regresar al darnos cuenta del error, jurar mil veces que era por aquí, recorrer un laberinto de esculturas elaboradas y mansiones familiares póstumas, la vimos. Entonces la encontramos como quien encuentra el pasaporte perdido una hora antes del vuelo; no podría volver si tuviera que hacerlo.

Había una botella de vino vacía dentro de un hueco destinado para sembrar flores, unas colillas de cigarro, cartas tardías, chapas de cerveza. Ostentaba su propia escultura. Era un duplex, dos apartamentos de paredes compartidas, un exilio matrimonial al cuarto de al lado. El mejor alivio al cáncer.

–¿Quieres sacarte una foto?

–Hello, no.

Saqué mi cámara de todos modos; él también. Tomé una, cuatro fotos. Él sacó una y se apartó. Yo quería sentarme, charlar, hacer una visita sin café.

–¿No quieres quedarte?

–¿Para qué? Ya la vimos. Va a llover.

Él se mantenía algo apartado, miraba al cielo, a las nubes incipientes. Vacilé, fingí el silencio del respeto. Estaba lloviznando lluvia fría. Él anunció que quería irse. Tomadas las fotos, no pude justificar más mi asiento de primera fila. Decir “me quedaría”, decir “quiero quedarme” hubiera sido morboso, lo reconozco. Arrastramos nuestros estómagos vacíos por el frío. No hablamos mucho en el camino.

Manzana

Después de repasar los recuerdos infructuosamente, entramos a la oficina y preguntamos la localización. No sabíamos el número, pero lo encontraron por el nombre y el año. Fuimos en carro; no hubiéramos podido recorrer la distancia de otra manera. Era una planicie que se extendía más allá de la vista; podría jurar que el horizonte se encorvaba como el mar cuando cede a la redondez de la Tierra. No había ninguna estructura que se destacara verticalmente. Era de las últimas en una sección reciente que se veía desolada a la intemperie.

Era una loseta prudente sobre la hierba. Había un florerillo con flores semifrescas. Un nombre y unas fechas, no más. El logo de los Yankees de Nueva York en una esquina. Un espacio tan pequeño que la única forma de caber es de pie. Un lugar y entorno algo patéticos. Al menos, un alivio al cáncer.

–Do you mind if I take a picture?

Sus ojos recorrieron la trayectoria de una mariposa invisible, como diciendo “qué caso”.

–That’s what Grandma does.

–But do you think it’s that gross? You know, I can’t come everytime…

–Do whatever you have to do.

Tomé una foto rápida. Guardé la cámara. Él se mantenía apartado, mirando a los alrededores. Supe que se sentía algo inadecuado, compartiendo el momento conmigo, compartiendo la impaciencia con una casi desconocida, improvisando el hermanazgo. Fingí el silencio del respeto. A falta de algo más que hacer, le anuncié que podíamos irnos después de unos minutos grávidos. Le agradecí el viaje. No hablamos mucho en el camino de vuelta.

Lo que espera y lo que no espera

Cuando me asomo a la ventana del séptimo piso en que vive mi abuela, me fijo en la avenida Baldorioty de Castro y veo los carros que la transitan. En la víspera de año nuevo, van a una velocidad inusual, única de la noche de víspera de año nuevo, una velocidad urgente, de que algo los espera o están locos por ir al baño. Siempre me pregunto quién va hacia dónde en esos momentos en los que debería estar en otra parte que no es la Baldorioty. Quiero imaginar, o llego a imaginar, que tienen prisa por llegar donde sus abuelos, con quienes esperaban contar hacia atrás, pero ahora sólo les queda verlos acostarse a dormir después de la trasnochada. Uno siempre llega tarde a donde los abuelos; uno sabe que ellos siempre esperan.Hoy me asomo a la ventana del séptimo piso en que vive mi abuela, y me fijo en que ya nadie tiene prisa.

—Mira, un muchacho compuso un vals famosísimo cuando tenía diecisiete años, el Vals de las Olas, ese de tra la-la la-la, tra la-la la la-la la la-la. Se llamaba Juventino Rosas.

—¿Jodentino quién?

—Rosas. Él venía en un barco y se murió en el camino, y lo enterraron en Cuba.

—¿Dónde?

—Me imagino que en La Habana; antes los barcos hacían escala en La Habana porque era un puerto importante. Pero imagínate, se murió tan joven. Si nunca hubiera escrito ese vals, no habría podido ser tan famoso.

Libros libres en 2006

Liberarán libros en 2006 tras años de prisión injusta.

La ciudadanía se ha dado cuenta de lo horrible que es acumular objetos, y para 2006 se ha fijado liberar sus libros para que otras personas los disfruten.

No sólo los seres humanos se atan a sus pertenencias; ellas también a nosotros. Existe una solución para deshacerse de uno de los objetos más fetichizados que, aunque puede sonar romántica, es intrigante y ayuda a eliminar el polvo y los hongos, propagar la cultura gratis (la cual nunca debería costar nada) y hacer espacio para abrazar al minimalismo.

En Bookcrossing, cada libro que se libera se puede rastrear, de modo que se sabe quién lo lee, qué piensa de él y a qué países ha llegado (porque los libros liberados tienen la dicha de viajar). Se sugiere a los dueños de muchos libros que lleven una bolsa de libros a su próxima reunión familiar o entre amigos, al trabajo.

Y esto es noticia fresca: Bookcrossing tiene un espejo latinoamericano, Los Libros Libres. Aunque el portal gringo de Bookscrossing tiene las mismas funciones (y cuando uno se registra en el latinoamericano, lo hace a la vez en el gringo), Los Libros Libres notificará, en el futuro, si algún libro ha sido liberado en su área. Por ahora, esta función la ofrece el portal gringo. Pero Los Libros Libres tiene la ventaja de que es en español (incluso las etiquetas que uno le pega a los libros para que los demás sepan su condición libre) y, visualmente, es más elaborada (aunque el gringo es un poco más fácil de usar; pero con costumbre uno aprende a usarlo todo).

Si se animan, no sólo podrán intercambiar libros alrededor del mundo, sino que los residentes de Puerto Rico (donde la práctica aún no es muy común) tendremos bookcrossers con quienes traficar.