Todas las entradas de Emilú Berríos

Emilú Berríos De León (Bayamón, 1983). Durante el día se (des)empeña como estudiante de Literatura Comparada e Historia del Arte en la UPR. En las noches ejerce como vagabunda en Praga, gondolera en Venecia, madama en Holanda y soldado en Shangai. Le han publicado algo...

Ya no hay religiones… sólo tofú: en tres episodios

I.

El viernes en la noche decidimos llevar a uno de mis amigos a cenar sushi. Era una noche especial… el cumpleaños de un 50/50, mitad Libra-mitad Escorpio, y había que celebrarlo. Llegamos al restaurante y, antes de tener un pie adentro, una dama japonesa nos había dado la bienvenida. Nos sentamos. Una rubia nos trajo el menú. De entrada: un miso soup, dijo una de mis compas. Confesando mi precario conocimiento sobre comida japonesa, le pregunté cuáles eran los ingredientes de la sopa. Ella respondió: “No sé. Pero tiene tofú” (de fondo, la Quinta sinfonía de Beethoven: kakakakánnnnnn, kakakakánnnnnn). Comencé a sudar frío.

II.

Esa noche la temperatura era agradable. Ya no hacía calor. Una brisa fría y húmeda soplaba tímidamente. Entré al restaurante donde habíamos concertado la cita. Ellos me esperaban. Una amable japonesa me llevó hasta la mesa donde se encontraban. La conversación era banal. Bromeábamos acerca de la poca presencia varonil en el grupo y de la energía sexual que da el sushi de anguila. La rubia nos trajo el aperitivo. Era sopa. La superficie estaba cubierta de pequeños cuadritos de tofú. De súbito, grité: “¡El tofú lo es todo!”, “¡Es casi como el Aleph!”. Frase que suscitó miradas de extrañeza y preocupación entre mis amigos, que creían que deliraba con Borges o con el tofú. Tras tomar un breve sorbo de Saporo, expliqué que el tofú es como el Aleph en la medida en que se puede comer de todas las formas posibles. Es el todo y es la nada, es carne y es queso, se guisa o se fríe, se hierve o se empana. En fin, es tan maleable, misterioso, variado y relativo como el universo mismo. El tofú es el ejemplo perfecto de un all in one. Hubo un silencio sepulcral. (A lo lejos, la rubia con una garrafa de agua con hielo).

III.

Fue una noche larga. Comimos y comimos rindiéndole honor a nuestra marrana naturaleza: sushi con camarones, con salmón, con anguila, con vegetales, con mangó, con papaya y mucho wasabi. Todo un bacanal oriental. Oí mi nombre. Alguien lo murmuraba. Al voltear a ver, mi amiga, la austríaca, se acercó y me dijo al oído: “Ya no hay religiones… sólo tofú”. Sonreí. Tomó su cartera y, sin despedirse, se fue. (Al fondo, el estruendoso sonido de un gong). Todo era gris.

La hora 17

Y el reloj dio las cinco. Llueve. Llevo a mi boca uno de esos Malboro que tanto me gustan. Lo fumo como si fuera el último. De acompañante el sorbo tibio que queda en el fondo de la botella de Aquafina y la desvanecida voz de Lavoe que se confunde con la mía en el “todo tiene su final… nada dura para siempre” que he estado tarareando toda la tarde. Suspiro y me siento fracasada, totalmente abandonada por Caríope.

Roberto se acerca. He temido siempre las conversaciones con Roberto, sobre todo ésas que se dan justo en el banco que está frente al Seminario Federico de Onís. Cuento hasta diez, respiro, y miro hacia la Torre. El reloj marca las cinco. Me estrujo los ojos y lo vuelvo a mirar. Las cinco. Roberto me habla de Bergson, de la conciencia que tiene de sí misma la palma que tenemos de frente y de lo bien que le caen los estudiantes de Bellas Artes. Arguye ingenuamente, rascando su promiscua calva, que los que estudian arte son gente que no encaja, gente rara. Sonrío. No sé si es un cumplido o una ofensa, pero sonrío. Nervioso se despide. Me levanto y sigo mi camino hacia la estación del tren.

La lluvia no cesa. Entro a la estación. Todo parecía estar en mi contra ese día. Me he levantado con el pie izquierdo, joder. Paso la mano por mi enmarañado pelo. Miro el reloj nuevamente. Las cinco. Una siniestra carcajada brota de mi boca. No la puedo detener. No me puedo contener. La gente me mira y me retuerzo. Me invaden espasmos horrorosos. Un intenso dolor me aqueja. Las manecillas del reloj se burlan sin piedad y yo me muero a carcajada limpia, lentamente. Intento tragarme el tiempo a bocanadas, a dentelladas, y el tiempo persiste y se marea…persiste y se marea… persiste y se marea… “Todo tiene su final…nada dura para siempre… tenemos que recordar…que no existe eternidad.” Y el reloj dio las cinco. Un sol radiante entraba por mi ventana.

El Nirvana de "Guavate"

Tengo un amigo Spinoziano, Deleuziano, hijo de Passolini, fanático de Junger y deconstructor de Freud. Tengo un amigo al que todos llaman “Guavate”, un amigo que sueña con lechones y no precisamente a la varita. Tengo un amigo que come sólo garbanzos y cerveza y que le gusta “vestirse de putita”. Tengo un amigo cuyo hobbie es caminar descalzo por la arena y pasar por italiano. Es así. Y todo tiene su explicación como verán a continuación y perdonen la rima consonante. (Tras ser diagnosticada por mi psicoterapeuta como una mujer histérica obsesiva-compulsiva, le busco una explicación medianamente razonable a todo… todoeso creo.) Pero bueno, back to Guavate… ¿Por qué apodar a una persona con un nombre tan grasoso, morcillesco y bachatero como ése? Es más simple de lo que piensa usted lector(a). Muy simple. Tan simple que no merece explicación alguna.

El hecho es que Guavate sufre de una enfermedad llamada Lechonitis martin melancolicus. Han sido varios y exhaustivos los estudios que se le han hecho y ningún médico ha dado con la cura… ni siquiera saben qué la causa. Cada día que pasa, Guavate deviene otro. Alguna vez me contó que fue obligado a ver Teen Wolf durante un mes, las 24 horas del día (un castigo de la infancia). Creí seriamente que ésta era la causa de su desdichado padecimiento. Me equivoqué.

Durante el día Guavate es un alumno sin igual. Ya apagado el sol comienza, sujetado a una variación de columna dórica que sostiene el techo de su balcón, en un cuarto piso (que más bien parece un sexto), a devenir un lechón a punto de ser cercenado o en Ricky Martin en sus etapas de “Vuelve” (o sea, antes del cross-over total). Guavate se asoma por su balcón y comienza a chillar, sí, como un lechón herido… como un buen lechón… ¡¡¡¡uiiiiiiii!!!!, ¡¡¡¡uiiiiiiii!!!! Entre cada doloroso y gutural chillido se entremezcla un dulcísimo verso de la canción Vuelve ¡¡Uiiiiiiii!! Vuelve, que sin ti la vida se me va, ¡¡uiiiiiii!! Así se despide… así deviene… así se convierte… así llega al conocimiento de la verdad… Luego, un suspiro… y a comer garbanzos.

Un encuentro fallido con “la cosa” por $16.00

Tremebundamente buenos pueden ser los encuentros. Y si son del tercer tipo, suelen ser todavía mejores. Claro, que con cada encuentro hay un desencuentro vaticinado o mejor, un “gap” de posibilidades de encuentros que sobrepasan los tipos y las cercanías, encuentros sin parangón. “La noche de anoche” fue una de esas… Cerca de uno de estos antros cuasi perfectos y sublimemente decadentes, engullíamos Tacos al Pastor, nachos con salsa picante y un par de trancazos de tequila, mientras el CD de Maná giraba incesante (“Rayando el sol”) y mi adorada amiga berreaba las canciones de Juanes. Tras horas de conversación, justo en el momento en que la pelirroja nos trajo la cuenta, ocurrió. El decadente bicho de la curiosidad casi deslumbra a los allí presentes con semejante revelación: “Oye, vamos pa’l Lucky.” Fotogénica frase; célebre y temible para algunos, salida tal cual proyectil de los labios del “elegido” del grupo, de aquel que nos iba a guiar por el camino de putedad. Con una mirada cómplice, unísona, casi ciclópea, todos accedimos. ¡síííí! Un sí rotundo, perverso e innegablemente nerdo.

La proximidad inminente y voluptuosa de la cosa se intuía desde el portal. La fragancia inascible de la cosa que queríamos ver y que a la sombra de un tubo se encontraba de cuclillas, nos costó diez dólares. Tras el breve toqueteo rutinario, nos dirigimos (casi en procesión de Viernes Santo), hacia las blanquesinas sillas que aguardaban con prudencia nuestros morbosos traseros de escritor. Por supuesto, no podía faltar una latita de Medalla en este encuentro. ¡Fue la Medalla más cara que he pagado y que pagaré, en mi vida! Con seis dólares podía, al menos, comprarme un “six pack”. Pero había que consumir…así que por ahí se fueron los seis dólares. De todas maneras había que satisfacer el deseo de encontrarnos con la cosa. “Todo sea por la cosa”, pensé.

Seguíamos a la expectativa, buscábamos, ansiábamos el momento en el que pudiéramos encontrarnos con ella. Acaso pensábamos que ese momento llegaría justo cuando la rubia peligrosa se deshiciera de su pequenísimo “g-stro”. El delgado pedazo de tela elástica descendía por los muslos de la obrera. Descendía con entusiasmo y gracia al ritmo del “Dale, dale Don, dale…”. Sentados, esperábamos. Vimos sus piernas abrirse. Sus piernas moverse. Sus piernas patear, sus piernas… Pero la cosala cosa

Y de ahí salimos, los mismos “lucky seven” que habíamos entrado con la ilusión del encuentro, aburridos, dormidos y desencontrados, embebidos por el simulacro. Listos para ir a casa (como dice Sabina), con la amargura de “quien ve pero no moja” y volver la semana próxima…