Todas las entradas de Elidio La Torre Lagares

Elidio La Torre Lagares es narrador y poeta. Su colección de cuentos Septiembre (2000), así como sus novelas Historia de un dios pequeño (2001) y Gracia (2004) han sido premiados. Sus primeros dos poemarios, Embudo: poemas de fin de siglo (1994) y Cuerpos sin sombras (1998) se encuentran agotados. Sus ensayos han sido publicados por El Nuevo Día, de Puerto Rico, y La Jornada de México. Al momento, es profesor de literatura y creación literaria en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, así como en la Universidad del Sagrado Corazón, mientras prepara su tercera novela.

Tortugo (Conclusión)

Camino hasta la playa de Ocean Park y el esfuerzo me ha debilitado terriblemente. Los latidos se van haciendo cada vez más lentos, como si el corazón ya no quisiera latir. Me acuesto en la arena mojada, sobre el horizonte que separa la orilla de las olas, dejo que el vaivén del mar limpie mi herida.

Ya no queda nada que completar. Se ha llenado el vacío de manera sorpresiva y violenta. Mi cuerpo se tiende como una extensión del mar. Tomo aire. Tengo sed. Siento frío. De pronto, me parece distinguir una figura que proviene desde el mar. Aunque mi vista se nubla, sé que es una mujer porque puedo olerla.

—Llegas tarde —me dice—. Me voy a Isla Tortuga. ¿Vienes?

—Seguro —es todo lo que se me ocurre decirle—. Tengo treinta mil dólares adicionales para gastar.

—Vamos, entonces. No hay más que esperar.

La mujer se adelanta y vuelve por donde mismo vino, su cuerpo se confunde con el mar. Levanto mi cabeza con dificultad y me parece ver un caparazón enorme sumergirse entre las olas. Siento mi cuerpo borrarse como si fuera el poema que nunca se debió haber escrito.

Y lo veo todo. Y siento la tierra moverse. El universo viaja sobre una tortuga.

Sonrío.

Parecería lunes, pero por fin es miércoles.

Tortugo (X)

Hacemos el amor y el cielo se estremece. Truena y relampaguea. La lluvia continúa mojándolo todo. Somos una canción de Aute. Revolvemos al aire. Hay dos cosas que son muy difíciles disimular: cuando uno está borracho y cuando se desea a otra persona. Huele a canela y a pudín de chocolate. Sudamos copiosamente. Me veo tocar la eternidad dentro de ella, su cuerpo liviano aferrado al mío, sus labios desesperados ahogados en los míos. Nos estremecemos y sufrimos el temblor sustancioso del éxtasis. Nos venimos en galaxias. Recuperamos las migajas de memorias apocadas por la negación.

Más tarde, flotamos entre sábanas. Pienso en qué momento de mi miserable vida merecí tanta dicha pero carezco de referente, o de recuerdos. Da igual. Mina se acuesta sobre mí. Su sexo mojado juega con el mío y me levanta sensaciones. Comienza a frotarme lentamente.

—Es tal como me lo imagine —dice.

—Quisiera no despertar.

—Busca tu pistola.

La sugerencia es cruel e injusta, mas no menos verdadera. Estoy aquí para matarla.

—No quiero —digo.

—Si me vas a matar, mátame contigo adentro.

Trato de alejarla de mí, pero ella se aferra y sonríe.

—Anda. Métemelo.

Ella se acomoda sobre mí y en solo suspiros estoy dentro de ella.

—Ven… así… dispárame…

Mientras se mueve, alcanza a Melquíades y lo coloca en mi mano.

—No quiero.

—Sí… diiisssspaaaaaraaaa…meeee… —dice, mientras toma mi mano, que empuña la pistola, y se la coloca en la cabeza.

—Noooo… amor, ¿cómo destruir tanta belleza?

Me estremezco mientras penetro carne arriba. Ya me siento bullir dentro de ella, cuando de pronto, se escucha un sonido vibrante como de cepillo dental en la habitación. Mina abandona su cabalgata bruscamente y se torna hacia la voz. Mis ojos han visto extrañezas, muertes y muertos, pero nunca dos improbabilidades hacerse posibles tan seguidamente. Primero, Mina en mis brazos, y ahora, Dorelia en medio del cuarto con un vibrador en la mano.

—¡Dorelia! —dice Mina exaltada al brincar fuera de la cama y cubrirse con las sábanas de la cama. En el movimiento, golpea mi mano y la pistola cae al pie de la cama. Los ojos de Dorelia se van agrietando entre susto, incomprensión y aturdimiento.

—¿Uraschi? —dice confundida a la vez que suelta el vibrador.

No se otorga la oportunidad de corroborar la sensación nerviosa que entra por sus ojos y se desglosa en imagen en su cerebro. Simplemente, deja el instinto evidente llevar su mano hasta dentro de la cartera, de donde extrae el calibre 22 y dispara contra Mina.

Todavía me estoy viniendo cuando el cuerpo de Mina se desploma sobre el mío en complejos matices de un rojo profundo, sus labios titilando en palabras que apenas percibo.

—¡Mina! ¡Mina! —intento que se mantenga alerta, pero como muchos otros deseos míos, todo termina en futilidad.

La última mirada es tierna. Iluminada. Como quien recién descubre una paz nueva e intenta darle forma de palabra. Sus pupilas son dos bocas que llaman desde el otro lado, pero no las escucho, solo las veo desintegrarse en una dilatación final extrañamente indolora y feliz. Y de pronto, aprendo a llorar.

—¿Qué has hecho? —le digo a Dorelia—. ¿Qué haces aquí?

—Yo hacía mi trabajo. Pero, ¿y tú? —dice a lagrima muerta—. ¿Cómo llegaste a la cama de la mosquita? La cabrona. Tanto que lloraba y lloraba. Que si su marido no la tocaba. Que si le hacían falta nuevas sensaciones en la vida. ¡Puta! ¡Puta! ¿Tenía que meterse con mi marido?

—No soy tu marido —aclaro.

—¡Cállate! —dice, y entonces me dispara.

La sangre brota desde el hombro izquierdo y baña el rostro de Mina. Somos uno en un ritual. Dorelia comienza a llorar y se inmoviliza mientras el infierno baila en mi piel. Reclama que lo siento, Daddy, lo siento. La maldigo mil veces. Dorelia agita el arma al aire y se lleva las manos a la cabeza.

—¡Cabrón! ¡Por tu culpa! ¡Yo te amo! ¡Te amo! ¡Te dije que mataría por ti! Desde la cama, adolorido, y sosteniendo el cuerpo muerto de Mina, hago un esfuerzo y levanto mi brazo derecho. Melquíades aún está envuelto en mi puño.

—También dijiste que morirías.

Dorilea deja caer su arma y hace amague de decir algo, pero ya es tarde. El disparo le traspasa entre sus ojos. Se desploma como albatros baleado.

Con el lado derecho del pecho adormecido, me visto y recojo mis cosas. Me inclino sobre Mina y me parece que experimento otra modalidad de belleza imperecedera. Su piel parece haberse liberado del peso y la tensión de la memoria. Se ha hecho una imagen. Un verso. Cambio de materia. Beso sus labios ensangrentados y me parece que la escucho llamar mi nombre.

Sueño y muerte, todo sucedido en una tarde.

Tortugo (IX)

Sentado en una esquina del baño, fumo insistentemente mientras Melquíades descansa sobre uno de mis muslos. Opuesta a mí, Mina me observa, con las rodillas comprimidas en posición fetal. Es una pesadilla. Es un sueño.

—¿Fue él? —inquiere.

Fumo.

—¿Fue él quien te ordenó que me mataras?

Exhalo.

—Maricón —dice—. Quiere quedarse con mi dinero y traer a vivir aquí a su novio.

La ignoro. Es demasiado golpe para diluirme en una conversación que, como muchas otras cosas, no me importa en nada.

—¿Vas a matarme?

Apago el cigarrillo en el lavamanos. El baño se ha llenado de humo.

—Pero qué digo. Ya lo hiciste una vez. ¿Qué cuesta repetirte? Sólo somos un eco, solías decir en clase.

Cierro los ojos. No sé por qué confío, pero cierro los ojos. Me parece verla con su falda cuadriculada y su olor a frutas cuando cruzaba frente a mi escritorio para sentarse en el primer pupitre. Lo intocable hecho piel. Incorruptible, excepto por mi mano.

—Nunca contestaste ninguno de mis correos. ¿Por qué? Sufrí mucho cuando te despidieron. Me sentí culpable.

—Nada que lamentar, Mina. Fuiste buena estudiante.

—Quería ser buena en más que eso.

—Pero no, ¿no entiendes? No se podía.

—Claro.

—Era comprometedora la situación. Perdía mucho.

—Perdiste como quiera, René. Mírate. Eres un sicario, por Dios.

René. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me llamó por mi verdadero nombre?

—¿Cómo has caído en esto?

Me pregunto lo mismo, pienso.

—Mi maestro, mi sueño, mi ídolo, ¿un asesino?

Carezco de materia prima: me faltan las palabras. Me siento aturdido y conmovido a la vez. Empuño a Melquíades.

—¿Cuánto te pagó por el trabajo?

—Treinta mil.

—Hijo de puta —dice entre dientes y se levanta bruscamente y sale del baño.

De pronto me siento que el caos es mayor que el misterio y me pregunto qué hacer.

—Mina, escucha… —corro tras ella.

En medio del pasillo, se torna hacia mí. Comienza a golpearme como puede, dado que trato de sujetar sus manos.

—¡Mátame! ¡Mátame! ¡Anda! —dice entre lágrimas, y luego se desploma en desconsuelo sobre mí—.

¡No sabes cuánto he sufrido! No sabes lo que he pasado. No sabes nada de esta vida de ornamento social. Y yo que toda mi vida he esperado volver a verte; y me he preguntado qué sería de tu vida, qué estarías haciendo; si tendrías hijos y esposa; si estarías fuera del país. Te he pensado y te he deseado sin nunca tenerte y, mientras tanto, he sido presa de aquella foto que nos tomamos juntos en el gimnasio del colegio. ¿Recuerdas? Era el Día del Maestro. Te besé el cachete. Y te deseé como nunca.

—Mina, calma —es lo único que puedo decir—. Aquello era un amor platónico, un Puppy love…

—Tenía dieciocho años… yo quería que me iniciaras en la vida, que me enseñaras.

—Pero ahora, ¿qué diferencia hace? Ha pasado tiempo. No puedes amarme aún.

—¿Quién te crees para decirme lo que debo sentir o no? ¿Eh? Ah, pero tú… ¿alguna vez sentiste algo?

La presiono contra mi pecho y de pronto concibo su calor desnudo aprisionarse contra mi cuerpo como una ráfaga de azufre. Mis manos recorren su espalda firme. Ella se separa de mí, toma mi rostro en sus manos.

—Dime. ¿Alguna vez sentiste algo?

En su mirada acuosa, me parece que rejuvenezco.

—Sí.

Lentamente, acerca su rostro al mío y deposita un beso suave y se apresta a quitarme la camisa.

—Si has de matarme, quiero morirme mientras me clavas —dice.

La bata cae como un telón.

No sé si el acto comienza o termina. No sé quién es el asesino.

Tortugo (VIII)

Tomo un taxi y le pido que me lleve a la Calle Inga, en Punta Las Marías. ¿Adónde? ¿A la calle Pinga?, dice el taxista y ríe sólo a carcajadas. Me mira por el retrovisor y ve mi cara de hazme-otro-mejor, papi. Es un chiste, aclara el hombre de tez oscura y barba ensortijada. No le veo la gracia, digo. Seguro le pegaría un tiro en la cabeza, pero me contengo. Necesito completar mi tarea y tal vez comenzar a olvidarme de esta vida. Perdona flor, si te arranqué un pétalo, dice el taxista, y luego de una pausa gélida, arranca en risotadas nuevamente. Afuera se nubla repentinamente y comienza a llover. El tiempo discurre lento pero a toda prisa.

Al llegar a la dirección indicada, pago al taxista y me dirijo a la entrada de la casa. No hay mucha gente caminando por las aceras, observo. De todos modos, nadie camina en esta ciudad, excepto los turistas. Así que, una vez estoy frente a la puerta, entro el código que desactiva la alarma, introduzco la llave en la perilla y me adentro a la casa, como si siempre me hubiese esperado.

El interior parece un museo. Varias obras de arte, mucho espacio y una decoración minimalista bastante conservadora. Parecería una casa de muñecas por su impecable apariencia que le daba cierto rasgo inhumano a la residencia. Todo frío, fijo, como si nadie viviera allí. Miro alrededor y me parece que una casa tan grande encierra una soledad terrible. Dentro de todo el estruendoso silencio, se escucha en la lejanía una pequeña vibración motora, como la de los cepillos dentales de baterías. Perfecto, pienso. Debe estar en el baño.
Las escaleras están alfombradas, como el resto de la casa. Esto puede ser un problema a la hora de limpiar, me digo a mí mismo. Pero si ella se encuentra en el baño, asunto resuelto. Sigilosamente asciendo las escaleras y me da con pensar en Led Zeppelin, la banda que da sonoridad a mi vida. La vibración se hace cada vez más reconocible. Me dirijo a la puerta del fondo del pasillo, que está entreabierta, y de la cual escapa una espiga de luz como si quisiera buscar, por alguna condición de su materia, la oscuridad.

Desenfundo a Melquíades, le doy el beso de la buena suerte. Me paso la lengua por los labios y saboreo el metal. A pasos acrobáticos llego y con un leve golpe con la punta de los dedos, hago que la puerta se abra. Todo es inmaculadamente blanco en la inmensa recamara. La luz escinde los azulejos y ciega. Sentada en el bidet, una mujer queda dándome la espalda. Su bata es blanca y cae hacia los lados como dos alas cansadas. Sus piernas abiertas: una apoyada de la barra en la cual cuelgan un par de toallas; la otra, con el pie en pose de bailarina sobre el suelo. Su cabello marrón destila sobre su espalda. Tiene los ojos cerrados y la cabeza inclinada como si mirara el techo. En sus manos, un vibrador. Todos guardamos torceduras muy adentro, ciertamente.

—Te esperaba —dice.

Al abrir los ojos, clava su mirada en la mía. Tiene un carácter anfibio.

No grita. Se queda paralizada. Apaga el vibrador.

—¿Te conozco?

—No creo —digo mientras acerco a Melquíades a su cabeza.

La mujer apaga el falo alcalino y se incorpora lentamente, girando ahora, con la pistola en su frente, sin separar su mirada de la mía.

De pronto, su rostro comienza a componerse como vectores traídos desde diversos planos. Una imagen que se formaba en el tiempo como si el pasado presionara su rostro esperpéntico contra un molde de alfileres.
Era Mina.

Tortugo (VII)

Al otro día en la mañana, encuentro a Dorelia sentada mirando por la ventana. No durmió nada, me dice. Ayer se cansó. ¿Alguna vez te has cansado?, pregunta. ¿Alguna vez ha llegado esa idea a tu cabeza que todo lo que haces no vale nada la pena? Ciertamente, contesto. Todo el tiempo, pienso. ¿Cuándo es cuándo? ¿Cuándo es demasiado?, dice, y me sorprenden sus atisbos filosóficos a su problema. Si te falla el hígado, el cuerpo te lo hace saber; si te falla el corazón, igual. Pero, ¿cuándo falla lo que uno tiene por dentro? El corazón y el hígado van por dentro, aclaro. Dorelia se molesta, me dice idiota y se encierra en el baño. Odia cuando le hago sentir su propia estupidez. Hay tanto que depende de una puerta cerrada, además de la perilla mohosa.

Me preparo para salir. Me doy un trago. Tomo a Melquíades y salgo como si nada hubiese ocurrido. Sin embargo, regreso y toco a la puerta del baño.

—¿Estás viva? —le digo.

—¡Vete al carajo!

—Okay. Mira, tengo un trabajo que completar.

—Qué me importa. Yo también.

—Que te vaya bien, entonces.

La puerta del baño se abre violentamente. Me encuentro con un calibre 22 que me apunta a los ojos.

—¿Y eso? —digo inmutado.

—¡Mío! ¡Para mi protección!

—¿De dónde lo sacaste?

—Me lo dio Iscariote para amansar a los que se les va la mano conmigo.

Sin mayores impresiones, giro y retomo mi camino de salida.

—¿Cómo puedes dejar que me acueste con otros hombres y seguir tan campante?

—Te conocí así. Ésa eres tú.

—Eres un cobarde. Matas por cobardía.

Sigo mi camino.

—¿No te das cuenta? ¡Me debo a ti! ¡Soy capaz de cualquier cosa por ti!

—Ya veo. Me acabas de amenazar con un arma que ni sabía que tenías.

—¡Estúpido! ¿No entiendes? Moriría por ti. Mataría por ti.

Me detengo en la puerta y la miro seriamente ante la elocuencia filosa de su confesión.

—Necesitas un trago —le digo y salgo.

Vuelve temprano, escucho su voz en la lejanía. Hoy traeré arroz chino.