Todas las entradas de Áxel Alfaro

Axel Alfaro (San Juan, 1983) ha sido publicado en los periódicos El Nuevo Día y Claridad, y en la antología de escritores emergentes de Mayra Santos-Febres Cuentos de oficio, entre otros.

No me acuerdo de país

En los últimos años me he vuelto más consciente de mi falta de recuerdos. Apenas me queda una impresión rgb de mi niñez, guardo sólo algunos episodios de mi adolescencia, y en mis años de bachillerato ya hay rotos oscuros y confundo la secuencia exacta de las cosas. Mantengo sucesos discretos, una que otra anécdota o frase —imágenes en zoom, pero nada panorámico, pocas cosas que pueda contar como historias personales. Como si sólo poseyera, de la narración de mi vida, los apuntes del autor o una reseña oral después de una lectura distraída (detalles sueltos de personajes, parlamentos imprescindibles, escenas emocionantes).

Quizás mi atención no ha sido lo suficiente abarcadora, en realidad nunca percibió los detalles que pienso que debería recordar. Además, el repaso es requisito del recuerdo: conservamos las memorias que frecuentamos. No conozco esos destellos de memoria tan efectivos y dramáticos en la ficción, que traen un detalle perdido por años y de repente esclarecen algún misterio personal. Quizás porque me ocupa más lo que no ha sido o ya nunca será, no he dedicado demasiado tiempo a lo que fue, y lo he olvidado.

Constancias de un tiempo
Casi cualquier intuición sobre la memoria se refleja en alguna de las teorías que intentan describir sus mecanismos. Parece obvio que para dar mantenimiento a los recuerdos hay que reexaminarlos constantemente, pero además me parece haberlo leído como explicación de las memorias a corto y largo plazo. Según creo, decía que un recuerdo inicialmente se almacena en conexiones neuronales que se esfuman fácilmente; sólo su continua activación, como si fueran músculos blandos que ejercitamos al recordar, las endurece. Puesto que regreso mentalmente, en los días o meses siguientes, a los sucesos que me conmueven (por felices, cómicos, tristes o vergonzosos), los recuerdo; por otro lado, como no reconsidero las partículas monocromáticas que componen la mayor parte de la cotidianeidad (el trabajo, las diligencias), esos recuerdos caducan.

Otra teoría habla de la memoria como un sistema complejo con múltiples puntos de acceso. Los recuerdos, por formarse de la abundancia de influjo sensorial diario –no sólo imágenes sino olores, texturas, sonidos, etcétera–, se pueden convocar mediante cualquiera de esos componentes, cada uno como otra referencia, en el fichero, al mismo documento. Si realmente leí esto, explica por qué la música y los olores son los catalíticos más poderosos de los recuerdos, por qué los conjuran con más fuerza y de una forma absoluta: porque son mejores referentes, forran porciones más extensas de la experiencia. Las imágenes son fugaces e irrepetibles, pero los olores y la música son consecuentes, constancias de un tiempo, y quedan conectados no sólo con algún episodio sino con segmentos completos de lo vivido. Como además son reproducibles en vida (las imágenes sólo en forma impresa o digital) traen completos esos segmentos cuando nos reencontramos con una música u olemos un aroma del pasado. Los discos que escuchaba una y otra vez en alguna época, cuando los escucho hoy, invocan algo de ella que podría describirse como su sensación –la síntesis, de un solo golpe, de los recuerdos que acumulé entonces–. Los olores tienen la misma fuerza. En circunstancias normales, recordamos a las personas ampliadas: algunos detalles de su carácter, su apariencia o su historia los opacan, los evocamos en pedazos según otros referentes nos los van sugiriendo a diario: unas palabras o una voz nos recuerdan otras, un suceso rememora otro… No hay una imagen que recoja todo lo que asociamos con una persona, incluso un rostro cambia diariamente, por lo cual hoy no puedo reconstruir, claramente, algunos que una vez consideré importantes. Sólo el olor hace lo mismo por una persona que dejamos atrás que la música por una época pasada: la desubica y nos la alcanza.

Sobre todo me gusta imaginar, sin derecho, que no hay memoria a largo plazo. Todas son cortas, y nunca recordamos sino la copia más reciente: la primera vez evocamos el original, el suceso vivido, pero luego sólo el recuerdo de la primera vez que lo recordamos, después la copia de la copia, y así sucesivamente… Los recuerdos más antiguos dependen de que continuamente volvamos atrás y sigamos extendiendo el puente. Si no, los perdemos, y por eso, porque son caminos construidos mediante copias de copias exponencialmente, es que van cambiando.

No me acuerdo de país
Necesito mirar más, volverme más conciente de la geografía a mi alrededor, del mapa que habito. El desenvolvimiento geográfico generalmente prefiero dejárselo a otros. Si algo recuerdo de los viajes, es cómo Isabel siempre es la primera en sacar los mapas, y me contento con dejarla, dejar que me conduzcan –incluso en París dejé que me condujera, como si mirar esa ciudad fuera un hastío. Cuando andaba solo y no tenía más remedio que guiarme por mi cuenta (que era casi diariamente, para ir y regresar de las clases que pretextaban el viaje), me daba cuenta de la leve sorpresa de Isabel al verme llegar al lugar donde quedáramos, como si casi había esperado no volver a verme, que por no fijarme en dónde estaba vagaría por París el resto de mi vida.

Una de las primeras veces que articulé este problema fue cuando le mencioné a mi hermano Joel que no me acordaba de París. Aún no he empezado a pagar los préstamos estudiantiles que tomé para hacer el viaje, y de la ciudad ya sólo me quedan algunas impresiones de tinta corrida. Dije eso y seguimos hablando, y poco después Joel dijo, “Eso que dijiste sería un buen título para algo: ‘No me acuerdo de París’”. Y me parece que tenía razón, pero la verdad es que no me acuerdo de nada, de ninguna ciudad, de ningún país y de ningún pasado.

Se ha vuelto una inquietud —sería más dramático llamarle “obsesión”, pero no lo es, es algo en el fondo de mi mente que resurge de vez en cuando (¿o tal vez eso es más dramático que una obsesión cualquiera?)— evitar que esto siga sucediendo, preocuparme por recordar lo que todavía queda en mis manos. En cierta manera, esto que comienzo ahora representa unos ensayos, es decir intentos, de observar. Documentar es una meta en sí misma, por razones que espero explorar más adelante en este espacio. Pero también es un incentivo, una excusa para aprender a recordar.

Zapatero

tú me miras con tus ojos rosacruces
y yo, porque en secreto te quiero matar,
digo zapatero
y lo digo como si vaciara una palangana
para que relinches y te levantes de tu asiento:
zapatero zapatero zapatero
porque me imaginé un país de enanos
donde eso es muy grave insulto
y comienzo a darme cuenta que mientras lo digo
voy clavando con cada palabra el zapato:
zapatero zapatero zapatero
¿lo ves?
como un insulto

La perfección

Hay un hombre que vive en un laboratorio
(como todo el mundo);
las paredes son blancas y él, matemática.
Colapsa e implota números, obtiene resultados.

La perfección es cuestión de exactitud.

Anota en calendarios para recordar fechas,
mide y tabula para entretenerse
y mantener la mente ágil.
Sabe que tan pronto cometa un error
se podrá ir.

Desvergonzadamente

Parece que en cualquier momento va a llover. Me tomo el café, mastico mi sándwich. No estoy en un cafecito independiente y bohemio, estoy en Starbucks, desvergonzadamente en Starbucks. El sándwich está bueno, aunque me recuerda a algo que me envenenó una vez, pero el café —el café está perfecto; mientras lo sorbo, me acuerdo de un poema de William Carlos Williams. Hace unos minutos, unos chinos conversaban en la mesa contigua. Poco después de mi llegada, se fueron, y me quedé solo en la terraza. Nunca entendí lo que decían, no entendía ni sus risas, porque hasta se reían de forma milenaria. El aire está húmedo y revuelto; me parece que en cualquier momento me empezaré a mojar y tendré que acumular mis motetes a la prisa —un montón de libros de Manuel Ramos Otero, una grabadora, mi laptop y mi abrigo— y entrar. Sería una desilusión: siento que aquí las palabras que tengo que escribir me podrían salir como grasa por los dedos. No quiero irme. Llegan dos muchachas y empiezan a fumar cigarrillos con olor a vainilla. Yo quiero que llegue un grupo numeroso, intente ubicarse en una mesa insuficiente, y dos o tres personas me pregunten si pueden llevarse las sillas vacías de mi mesa para cuatro. Entonces les podría decir a todos que sí, en confianza, porque no estoy esperando a nadie.