Todas las entradas de Awilda Castro

Awilda Ivette Castro Suárez (Aguadilla, 1979) tiene una relación extraña con su gata Frida, colecciona agujas e hilos de tejer, marcadores de libros y maquinillas viejas. Es una nostálgica empedernida, amante del buen cine. Quiere tener una casa con balcón y sillón incluido.

Abecedary of the World

Right now kids are under tables,
in basements,
playing the game of fear,
learning history by living the new wars,
the alarms telling maybe they will not survive the bombing.
The world saying all that blood is self defense,
telling with peaceful faces is very sad civil people die but they warn them with an alarm. Civil is not terrorist,
is not Hezbolah,
is the teen falling in love,
the elderly arguing at tea tables,
the man who rocks his baby in the nights.
Oh my child, come with me and learn the abecedary,
Afganistan
Beslan and the school of terror,
Colombia and the guerrilla
Drugs wars, shootings, living behind bars because of them.
Europe in ruins after World War II,
Fear of everything
German concentration camps
Haditha with capital H of horror Invasions in the name of democracy
Jews converted in soap, pillows and ashes,
Killings in the name of religion,
Lebanon civil deaths,
Manson family and their pleasure of causing pain,
Nagasaki bomb,
Oklahoma city,
Poverty like armament
Qatar, empire of petroleum
Ruanda’s tutsi genocide
September 11, 2001
Tianamen protests,
Uganda civil wars
Violation of to all human rights,
X-Y-Z are waiting but trust me kiddo,
give the world some time and we will ad them to our abecedary of destruction and death.

Buscando un abrigo nuevo

Anochecía en una ciudad llena de smog que se reflejaba en los rayos amarillentos de los focos. Los autos difuminados a lo lejos daban el aspecto de una tarjeta postal de cualquier ciudad del mundo. Mis orejas estaban rojas por las lamidas del viento, en la acera brillaba una capa de lluvia. Metí mis manos en los bolsillos y evitaba los charcos porque detesto que se me mojen los ruedos de los pantalones y luego se me deshilen y se hagan un desastre. Comenzó a llover fuerte e insistente, los goterones caían con tal fuerza que parecían atravesarme hasta el tuétano de los huesos, en cuestión de minutos estaba empapada. Sentí en los labios el sabor del fijador de pelo, me aparté las gotas de las pestañas y divisé las palmeras neón de un bar que con su patética alusión paradisíaca se me antojó como un verdadero oasis. Abrí la puerta apresurada, todas las miradas se posaron en mi cuerpo empapado, les lancé una sonrisa forzada y caminé hasta la barra. Comencé a tiritar del frío.
La bartender resultó ser una mujer cercana a los cuarenta que parecía estar sacada de un bar “leather” de los años 60. Le pido una tequila con limón. Al pasarme el limón me sonríe, por alguna razón recordé el gato rosado de Alicia en el País de las Maravillas. Abrió la boca e intentó comenzar a decirme algo hasta que Ella se me acercó e interrumpió la conversación abortada. También me sonrió y me acercó un abrigo. “Si quieres puedes cambiarte la blusa no sea que agarres un catarro.” Lo tomé e intenté balbucear un gracias. Me apuré mi trago y caminé hacia el baño. Ella me siguió. Los cubículos del baño estaban destartalados y el desnivel de la puerta dejaba rendijas. Ella se lavó las manos y se retocó un poco el peinado frente a un espejo manchado. La luz era amarillenta y emitía un zumbido extraño. Entonces sus ojos se encontraron con los míos en la frontera de la rendija. Ninguna de las dos retiró la mirada. Mi blusa empapada cayó al suelo en un ruido sordo, como si sólo existiera en el mundo esa pieza mojada.

Al principio no supe que aquella voz tranquila pero fuerte había salido de mi garganta. “Ven y sécame” Ella dio cinco pasos, los conté porque me parecieron la medida exacta de la eternidad. Me abrazó. Mi pantalón empezó a humedecer el suyo. Me besaba sin ninguna prisa. Parecía que los sonidos hubiesen desaparecido y sólo existiera el roce de sus pantalones de mezclilla contra los míos de poliéster. Me acariciaba y me quedé absorta cuestionando si aquellos dedos arrugados de agua que desabotonaban su blusa eran los míos. Lo eran y fueron los mismos que la arrinconaron contra la puerta, que la hurgaron en la inmensidad y la trajeron de vuelta. “Déjame pasar” le dije. Ella se hizo a un lado no sin antes mirarme con aquellos ojos profundamente solos. Puse un billete en la barra y me chupé el limón deprisa.

Afuera ya había escampado. Caminé nuevamente en completo silencio. Tenía un abrigo nuevo que me combinaba con ese nuevo rostro, que era mío y se reflejaba en las vitrinas de los establecimientos. Mis dedos ya no estaban arrugados. Me los llevé a los labios. Desandé mis pasos y me le planté enfrente. “Si quieres tener tu abrigo de vuelta, tendrás que buscarlo en mi casa.”

Reading, PA
29 mayo 2006

Tu nombre

A ti que hiciste lo que soy, que tu recuerdo me sostiene, a ti que inspiras todo lo que hago, a ti, mi vieja.

Cuando digo tu nombre,
quiero decir recuerdo,
quiero decir ternura,
una sábana olorosa al dormir,
unos ojos que aunque cansados siempre alertas,
Al pronunciar tu nombre evoco café recién cola’o bien cargadito,
un arroz con gandules del día anterior,
unas viandas salpicadas de gusto en el sancocho,
la tersura de la maicena,
el vapor de las sopas,
las patitas de cerdo con garbanzos,
el pan de maíz casado con la leche,
el bizcocho de novia emparentado con las noticias,
las gomitas de china pegadas a tus encías,
las películas que te daban pesadillas y tu habitual insistencia que durmiera contigo.
Cuando digo tu nombre,
huelo polvo Maja, crema Pond, suavizador Final Touch, perfume de la Avon, jabón
Dove,
huelo recao, cilantrillo, ajo, cebolla
huelo sofrito.
Cuando digo tu nombre,
pienso en ternura, en apoyo,
en tus ojos negros ya casi cegatos,
en tu pelo canoso sin tintes,
en tus arrugas,
en tus grandes orejas, en tus nalguitas escurridas,
en tus grandes cejas,
en tus piernas llenas de várices,
en el tiempo que eran piernas gordas y bellas.
y pienso en tus trajes hechos a la medida con aquellas telas de la Tienda Paco,
en tus piernas peludas,
en tus zapatos negros de La Gloria, brillados con Griffin.
Y te pienso dichosa, feliz,
con tu mente clara de nuevo,
con tus recuerdos organizados,
con tus susurros para tranquilizar mis lágrimas
con aquel “lo que importa es que yo te quiera”
Y te pienso sin locura, sin insultos, sin malas palabras
como cuándo aún había inocencia.
Te pienso con amor eterno,
eterno como los recuerdos.
te pienso como lo más bonito de mi vida,
Cuando digo ternura,
amor, apoyo, sentimientos,
recuerdos y vínculo,
quiero decir abuela,
quiero decir Mercedes.

marzo 2000
Río Piedras, Puerto Rico

Poem to the suburbs white lady

This poem is for you,
the lady that clutches her purse when I sit down near you,
that looks amazed when I say I have more college degrees than you,
that I speak two languages and was brave enough to leave everything behind to follow my dreams.In each glimpse you give me
I can feel your scorn,
because I am not white like the snow,
because my English is accented.

When you look at me over the shoulder
you lose sight of my dignity,
of me and all my people, who wake up before the sun rises to pick up the fruit you eat in your nice house in the suburbs.

When you look at me like a second class american citizen
because I am puertorican,
you forgot the historic fact,
that your country invaded mine
and my people died in your wars when you were dancing fox trot in Myrtle Beach.

When I look at you and smile,
what I want you to realize is that no matter if I arrive in the Mayflower,
in an airplane,
or if I swim thru the Rio Grande or across the desert or the sea in a canoe.
How I get here does not matter.
The issue is, whether you like it or not,
I am here and I will not leave.