Todas las entradas de Alma Rivera

Alma Rivera (Santurce, 1967) padece de personalidades múltiples (a las que todavía está conociendo, por ahora ha identificado unas cuatro). Trabaja coordinando programas de prevención de violencia y ofreciendo talleres de competencia emocional. En su "tiempo libre" completa un grado en Estudios Caribeños en la IUPI, escribe para una editorial educativa y atiende a tres hijos, un esposo, dos perros, tres gatos (una con tres gatitos), un pez y un hámster. Ha ganado uno que otro certamen literario y publicado en uno que otro sitio.

Mundas Vult Decipi

Lo único que me queda de él son las imágenes de sus cuadros y creer que finalmente se fue a Nueva York. Era alto, casi dos pies más que yo. Tenía el pelo negro, lacio, largo. Su piel era blanca; él quería que se viera gris, para mí era rosada. Sus ojos, negros, sabían leer más de lo que yo podía hablar. Me enamoré de sus cuadros, de su valentía, de sus hombres decapitados, de sus crucificados.

Una tarde de junio le pedí que me enseñara. Caminamos desde el colegio hasta las cuatro paredes que encerraban todos sus atriles, sus crucifijos rotos, un camastro en una esquina, pintura y ropa por todos sitios. Me dio un canvas blanco, vacío, mío. Tomó mis manos y las guió sobre la tela áspera. Mi mano quedaba escondida dentro de la pirámide que formaba la suya y sus dedos preparaban cada hilo antes de que llegara a mi piel. Mientras me soltaba –todavía la yema de mis dedos seguía pegada a aquella tabula rasa– me susurró al oído, por primera vez, las palabras que seguirían conmigo siempre: Mundas vult decipi.

Los rayos del sol se empujaban entre la sucia tela metálica que cubría las ventanas de cristal. La mezcla de polvo y pintura que bailaba en el aire se hacía cada vez más densa. Respirar me costaba. Me quedé paralizada frente a una tela blanca. Uno a uno, mi mente formó aquellos hombres que de siempre me habitaban, arrancó poco a poco cada una de las cabezas, clavó uno a uno cada clavo. Nacieron rítmicamente entre el eco de mis pensamientos. La tela seguía blanca, frente a mí.

El me miraba de lejos. No dijo nada. Encendió un cigarrillo y se quitó la camisa. Mis hombres decapitados colgaban cabeza abajo, chorreado agua de colores. Mis manos seguían inmóviles. Mis ojos clavados en el blanco. Mis piernas temblaban. En aquel momento no supe si era por mi falta de valentía, por la incapacidad de llevar a mis hombres y dejarlos en aquel papel que me hablaba, o si era porque él había terminado su cigarrillo y se acercaba ahora hacia mí.

Sentí su respiración despeinarme suavemente. Sus manos recorrieron mis brazos, soltaron paleta y pincel, escondieron las mías. Todavía no es el momento, chiquita –me dijo, lenta y suavemente, susurrando cada palabra sobre mi cuello. Cerró mis ojos con sus dedos, como rompiendo los nudos que me amarraban a aquel cuadro vacío. Algún día podrás soltar cualquiera de tus mentiras y te librarás del engaño.

Aquella tarde, decapité, crucifiqué y me cubrí de la melena de mi gigante. Ahora él no está. Ahora otro canvas me espera, día a día, noche a noche. Todavía los decapitados duermen en los baúles donde los deposité aquella tarde. Tal vez esa ha sido mi mentira; tal vez fue él quién me libró de mi engaño.

El poeta de Corozal

Para mi marida…

Dicen que se murió bebiendo. Aquella tarde comía por un tubito que parecía que le salía de entre las costillas. El agua sólo le mojaba los labios y la lengua. Tenía la piel gris, arrugada, un bigote chiquitito, todo blanco. Lo vi y pensé en el caballo que había comprado, sólo para verme correrlo.

Su casa era de madera, con las paredes de zinc. En las vigas del techo había versos escritos. Yo no sabía leer. Su patio no era patio; era una terraza abierta. El piso era de piedritas blancas y las columnas estaban coronadas de indios de madera. Aquellas estatuas lo cuidaban cuando nosotros no estábamos. Me gustaba escuchar a la gente quejarse de los bailes. Ellos no entendían a las mujeres vestidas de flores que llegaban los fines de semana. Yo las imaginaba y sonreía. Ellas escuchaban sus versos y sus canciones. El las escribía en las tablas, porque los papeles se iban volando, la madera no. Tenía un armario de metal, lleno de bolsas de dulces, por si llegábamos. Cuando los repartía estaban llenos de hoyitos. No me importaba.

No recuerdo haberlos visto juntos. Pero cuando me quedaba a dormir en casa de ella, escuchaba el eco de su voz ausente preguntándole si había cerrado la guagüita. Siempre estaba cerrada, detrás del portón con candado. A él nunca le gustó Río Piedras. No había indios, ni pistas de baile, ni versos escritos en las paredes.

Ella se cubrió de papeles. Desbordaban las gavetas que yo buscaba, leyendo y releyendo historias que no entendía. Sí entendí las demandas, las citaciones y que había chocado estando borracho. Nunca supe qué pasó con la mujer con la que chocó. Los papeles no decían nada.

Una tarde llegó a buscarla. Traía su machete y le decía que la amaba. No entendí qué tenía que ver el machete con el amor. Ella no salió, ni siquiera para decirle adiós cuando la policía hizo que se fuera.

Pasaron diez años desde la noche en que nos esperó para luego dormirse, ya sin sed. Traté de preguntar qué decían los versos que nunca pude leer. Ya nadie los recordaba. Ella sólo me dijo que ahora entendía. Siempre se preguntó cómo hubiera sido todo si él lo hubiera sabido. El ya no estaba.

La miré, tan blanca, arrugadita, chiquita y sonriente. Una risa que levantaba una pared de alegría y no me dejaba entrar. Después de tantos años no parecía importarle que nadie comprendiera por qué él era así. Ella nunca bailó sus versos en aquella terraza-patio. No era de mujer decente vestirse de rojo, ni de mujer cristiana guardarse con estatuas de madera. Ella prefirió las estatuas de yeso y prender velas para que él no bebiera.

Ya no hay dónde buscar sus versos, ni sus indios, ni las risas de las mujeres con pechos brotados entre escotes. Ahora soy yo la que escribo. Un día copiaré versos en vigas de madera, conseguiré un indio que me cuide. Quizás así, a la distancia, pueda disculparme por no haber sabido leer y decirle que ella, un día se sonrío porque lo entendía. Sonrío, se levantó, prendió el radio en una canción que sonaba ya muy vieja y bailó sola.

Te quiero vivo y no muerto

Una vez te vi, atado pero sonriendo,
una inmensa patria entre la frente
y un corazón a punto de estallar
un alma en plena libertad
una vez te vi, estrechándole la mano a un viejo
se burlaban de los que creyeron
que alguien como tú no se podía escapar
fue cuando comencé a dudar
quién era el viejo y quién eras tu
Una vez creí perderte en medio de la noche
partitura en mano rumbo a la ciudad
una vez oí que las entrañas del bosque
suena la trompeta de la libertad
los que se atrevieron a ponerle un precio
a tus manos, a tu corazón
no saben de historias, no saben de sueños
Te quiero vivo y no muerto
Te quiero vivo y no muerto
En el otro mundo acá donde todo es incierto
conversamos sobre el mismo cuento
que todos contamos un segundo atrás
y que pocos logran descifrar
Como el invasor se alimenta de su propio miedo
que cada noche va perdiendo vuelo
porque sabe que aquí estamos preparaos
que si el pitirre puede contra el guaraguao
el águila también va a temblar
Una vez creí perderte y no te pierdo
algunas veces sangre y otras cicatriz
cuando creo que vas vienes de regreso
clandestina forma de ser feliz
Los que se atrevieron a ponerle un precio
a tus manos, a tu corazón
no saben de historias no saben de sueños
te quiero vivo y no muerto
te quiero vivo y no muerto
Hermano Filiberto
“H.F.”, Mikie Rivera, En cuerdas para cuerdos (2004)

Mataron a Filiberto*. No lo conocí. Ni siquiera sé de él mucho más de lo que todos podemos saber: que fue un hombre con cojones, un patriota de los que se quedan aquí, no huyó como los “padres de la patria,” que hoy llamamos nuestros ilustres.

Prendí la radio. Acaban de subir los fiscales a la casa desde donde esta tarde Filiberto envió su mensaje. Nadie dice qué pasó, y todos sabemos que no hay otra explicación. Mi sobrina me dice que por qué matan a los abuelitos… que eso no se le hace a los viejitos, a los viejitos se les quiere, se les cuida.

Hay un motín frente al PNP, ¿por qué carajo frente al PNP? Ahora van al tribunal federal. Llamo a mi amigo Jorge, ¿oíste las noticias? El tipo estaba en Florida, se me olvidó. ¡Qué cabrones!, es lo único que puede decir antes de quedarnos sin palabras.

Hablan de David Sanes. Más vale que el cadáver nos lo entreguen completo, dice el otro. ¿A este pueblo se respeta? ¿En serio? Fue un operativo. Recuerdo a Alejandro González Malavé y a Romero declarándolo héroe. La historia es cíclica y todo sigue apestando igual.

Sigo escuchando la radio. Esta mañana eran grupos de gente, con banderas diferentes. Ahora a todos se les corta la voz de la misma forma. El no corría solo. La gente le abría sus casas, compartían el café. Una vez iba a quedarse en casa de mis papás, y no se concretó nunca… cuánto me gustaría que hubiera pasado.

No puedo evitar pensar cuánto durará la indignación. ¿Pesará más que nos suban la gasolina? El tipo no se fue, se quedó aquí, se escondió entre la gente. Pudo haberse ido, luchar desde Cuba, desde el exilio como todos los demás, pero se quedó y vinieron a matarlo en nuestra casa, un día como hoy.

Yo no lo vi. Me hubiera gustado verlo. Tal vez hubiera entendido cómo se lleva la patria en medio de la frente, que se me pegara algo de esa clandestina forma de ser feliz.

Perdonen la descarga, mi gente, pero tenía que decir algo.

* Filiberto Ojeda Ríos (1933-2005) fue general del autodenominado ” Ejército Popular Boricua”, mejor conocido como Los Macheteros, una organización paramilitar clandestina con sedes principalmente en Puerto Rico y los Estados Unidos continentales. Esta organización tiene como propósito la lucha armada por la independencia del dominio colonial de los Estados Unidos sobre la Isla. Ojeda ha figurado en la lista de los más buscados del FBI por robar sobre siete millones de dólares a la Wells Fargo en el año 1983. Su muerte, el 23 de septiembre de 2005, ha coincidido con la conmemoración del Grito de Lares (1868), un intento frustrado de un grupo de puertorriqueños de liberar a Puerto Rico del dominio de España.

Lo confieso

No creo en la biblia. Aunque creí en ella por más de veinte años… toda una vida. Hace mucho decidí pensar que había alguien que sabía más que yo y estuve dispuesta a sacrificarle toda mi vida, a ofrecerme como un sacrifico santo y agradable. Creí en aquel que los hombres me vendieron y, como todo lo que los hombres venden, simplemente resultó ser un anuncio engañoso. Todavía, a veces –en esos momentos en que ya no tengo respuestas para todas las preguntas que me surgen en momentos en que ya no sé qué hacer– quiero creer que hay algo más grande que yo, que está dispuesto a cuidarme y a guardar por dónde camino, que nunca permitiría que algo malo me pasara. A través del tiempo he querido creer que no sólo tendría que ser aquel que conocí como Jesucristo, podría ser Tara– una de las emanaciones de Buda que, específicamente, se dedica a proteger a los seres donde sea que estén. Aún así tengo dudas; lo que me ha resultado durante estos últimos años es cuidarme yo misma.

Eso me funciona a mí; no a todos. Hay personas que necesitan sentirse dentro de un camino que les canalice su espiritualidad –a ellos los respeto, admiro y defiendo con la misma fuerza que defiendo mi derecho de no hacerlo. La realidad es que en el mundo en que vivimos a veces necesitamos algo que nos dé el sentido, que no encontramos día a día. A mí no me interesa mucho; hay cosas consecuentes y otras inconsecuentes. No me quitan el sueño las consecuencias que tiene no sentir la carga de preocuparme si hay o no hay un dios, si es uno sólo o más de uno. A veces pienso, que es como querer saber, a ciencia cierta, si hay vida en otro planeta.

Lo que sí es muy cierto –no me lo invento– es lo que viví. A mis dieciséis años tenía toda la intención de hacer lo que fuese correcto y, aunque dentro de mí se sentía tan correcto escribir, leer, vivir este mundo de letras que ahora me envuelve, estuve dispuesta a dejarlo a un lado, por servir a mi señor, por servir a aquel que era más grande que yo.

Hay gente que dirá que quien me falló no fue él sino la gente, pero… ¿no se supone que él sepa más que yo? ¿Qué yo sea la niña y él, el papá? Hace unos seis años vivía cubierta por un casco espacial. Me había dicho que respirar el aire me mataría, que “este mundo” no era para mí, que era una peregrina en camino hacia mi verdadero hogar. Por eso fue que dejé de leer, por eso fue que no escuchaba música, por eso no tenía amigos: no quería contaminarme. Hace seis años, una tarde, en el segundo piso de mi casa en Naguabo, escuchando el sonido del mar, con un calor bárbaro, decidí que iba a quitarme el casco, iba a respirar el aire –si me moría, pues me moría, no me importaba.Me lo quité. Ya no me pesaba. El aire entró suave y con un olor a mar vivo y fuerte por mi nariz. El casco no me molestaba ya. No me morí.

Hace seis años recuperé una vida que nunca debí perder.No me arrepiento, para nada. No sería quien soy si no hubiera vivido lo que he vivido. No tendría a mis hijos, no tendría mis experiencias de vida.Es muy posible que si no me hubiera quitado el casco, estaría buscando cómo ponérmelo; ya no tengo que hacer eso. Ya sé muy bien qué hay debajo del casco.

De todas formas sigo pensando que no creo en un libro que ha sido traducido ya demasiadas veces –la mayor parte de ellas por razones totalmente políticas, que ha sido parafraseado otras muchas más; que ha servido de excusa para las más grandes barbaries de la historia humana. A veces quisiera creer que hay algo más, pero no me quita el sueño. He conocido cristianos a los que amo con todo el corazón y he conocido “paganos” que dejarían al mismo Cristo con la boca abierta. También he conocido ya demasiada gente que ha sufrido como yo.

Mi amigo Sancho Panza –porque, perdónenme, es mi amigo, el que no lo entienda que lea bien El Quijote, no como la mayor obra de arte, sino como el cuento que escribió otro escritor como el que anhelamos ser– le dijo a su gran amigo Alonso Quijano: “no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vayámonos al campo vestido de pastores, como tenemos concertado.” A mi amigo Sancho lo conocí el año pasado. Cuando lo leí, cuando lo sentí recrearse dentro de mí, no pude sino alegrarme –en lo más profundo de lo que soy– de haber decidido, seis años atrás, vestirme de pastora y no dejarme morir.

El cuento y la memoria

La tradición de contar es antiquísima, milenaria, y está ligada a todo lo que creemos, lo que tenemos, “valores” y “verdades” que han dado forma a lo que somos y el mundo donde vivimos. La creación de lo que llamamos memoria ha estado desde entonces en las manos de hombres y mujeres que se han detenido ante la realidad, con el propósito de imprimir lo que sus ojos vieron aquello que sobrevive el filtro de nuestras subjetividades con el fin de no olvidar, de preservar lo que se vive, lo que se recuerda.

Muchos habremos experimentado alguna vez el jueguito de pasar un secreto entre un grupo de amigos y ver cómo sufre mutaciones cuando las voces individuales añaden o sustraen discriminadamente los hechos, ajustándolos a su propia percepción. El cuento nace de la voz de un autor que bien funge como narrador o que inventa uno que transmitirá la idea que quiere ser preservada. Con el paso del tiempo los cuentos cambian, los cuentistas cambian y se crea una nueva memoria. Recientemente la escritora Yolanda Arroyo Pizarro, hablando de la función del nuevo escritor en nuestros tiempos hace referencia a éste como aquel que “cambia al mundo desde la literatura, luego de que el mundo ha sido cambiado por la tragedia”. Es nuestro recuerdo de la tragedia, nuestra interpretación de la realidad vivida, la que se convierte en obra y se transmite como la memoria que otros podrán en un futuro cercano o lejano acceder.

En su ensayo “La Memoria Rota”, Arcadio Díaz Quiñones cita a Ricardo Pligia al hablar de la literatura como “una forma privada de la utopía que permite negar la realidad”. No existe una realidad objetiva. Es por esto que podemos negar la memoria del otro al recurrir a la nuestra, a las diapositivas que quedaron impresas en nuestra mente o aquellas que creamos al interpretar el mundo.

Resulta interesante el rumbo tomado por varios de los escritores de lo que algunos catalogarían como una nueva cepa en el mundo literario puertorriqueño. La ausencia de una narrativa romántica en el sentido expresado por Lowy y Sayre al catalogarla como una “forma de añoranza, de nostalgia, de evocación, de aspiración a un regreso o de intento de recuperar lo que se cree haber perdido o se cree estar en vías de perder”, o aún de una lucha por hacer valer una identidad que en estos tiempos no puede sino cuestionarse, sin lugar a dudas es significativo. Es por esto que no nos sorprende el auge de la ciencia ficción, la creación de mundos, el enfoque a una mirada hacia el futuro o la construcción de espacios desde donde poder expresar plenamente lo que aún en este momento podría considerarse alterno.

El advenimiento de la globalización se presenta como un nuevo caos, una nueva reorganización de un (des)orden “natural,” que se repite y se (re)forma. Es en este caos que interviene el cuentista, como contestara Klingsor, asegurando el surgimiento de un orden en medio del caos a través de la cualidad creadora de la mente todo mediante “un proceso sistemático de eliminación y selección”.

Como narradores tenemos la responsabilidad así como el derecho de asumirla de las formas mas irreverentes imaginables de crear memorias, de imprimir recuerdos que den forma al mundo que podemos crear, de alguna forma empujando nuestra realidad por gargantas que de tanto no comer, se han cerrado y secado. Aquello que nos lleva a recoger los huesos que encontramos en el camino, para -como la loba mística- construir el esqueleto que revivamos con nuestros cánticos, es la misma fuerza que nos lleva a refugiarnos frente a un monitor día a noche y noche a día con el único fin de dejar un registro de los mundos que se forman en nuestra mente.

Como todas las responsabilidades, y especialmente en el mundo literario, ninguna ha de ser asumida con una carga apocalíptica. Como tan bien nos repite en sus talleres Mayra Santos-Febres, la literatura es un mundo seguro en el que “no pasa ná.” Y es precisamente desde la libertad que nos ofrece ser dioses de los mundos que creamos, que jugamos con reconstruir el mundo que nos gusta o el que despreciamos, avivándolo desde nuestros temores, desde nuestras pasiones, desde aquello que saboreamos y lo que nos apesta. Aún así, vale la pena recordar que después del tiempo nuestras palabras quedarán, se habrán transformado en la memoria que habremos regalado a presentes y futuros lectores, de la misma forma que nuestros mundos se han cimentado en la memoria que nos han regalado quienes decidieron un día detenerse y escribir.