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	<title>Derivas &#187; Alleya I. Rodríguez Vázquez</title>
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		<title>El fin del mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Feb 2008 20:00:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alleya I. Rodríguez Vázquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cursi]]></category>
		<category><![CDATA[Prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Afuera llovía.
Caminando se llega al fin del mundo, pensó.
Sacó el paraguas de girasoles que se había encontrado en la parada de guaguas y salió, insidiosamente harta. Bajó los peldaños uno a uno, como si el hecho de doblar una pierna para depositar el peso de la otra fuese toda una empresa. Ni se le ocurrió [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Afuera llovía.</p>
<p>Caminando se llega al fin del mundo, pensó.</p>
<p>Sacó el paraguas de girasoles que se había encontrado en la parada de guaguas y salió, insidiosamente harta. Bajó los peldaños uno a uno, como si el hecho de doblar una pierna para depositar el peso de la otra fuese toda una empresa. Ni se le ocurrió preguntarse a dónde iba. Lejos. Imaginó que lejos. De ser posible, al fin del mundo.</p>
<p>¿Cómo sería el fin del mundo? Apartó los dragones y las lenguas de fuego de su mente y trató de imaginar una calle de ladrillo estrecha como aquella que tal vez mudase de colores, según el fin se acercase: gris primero, luego azul, un azul como quien dice, índigo, luego gris oscuro, y negro al final. O tal vez blanco, quién quita. Al final, en el mismísimo fin del mundo, se imaginó un letrero como de cine, con luces y una puerta: “Bienvenido al fin del mundo, disfrute de su estadía”. O quizás una pared en ladrillo, sencilla, con las vetas grises del cemento visibles, frescas aún.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/airesrosasvioletas.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-662 alignright" style="float: right;" title="airesrosasvioletas" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/airesrosasvioletas.jpg" alt="" width="351" height="291" /></a>Con toda probabilidad era una pared de metal, gris oscuro, stainless steel o aluminio, su brillo de acerina perdiéndose entre las gotas de lluvia. Las tocó con los dedos. Una cascada de agua, delgada como un papel, cubría de ondas continuas su superficie lisa. Bañó sus dedos en ella. Tocó. Sonó a eco, a metal, como un elevador industrial.</p>
<p>Apretó el mango del paraguas, forzándose a volver a la realidad. Había cruzado dos calles, y ni se había dado cuenta. El rumor de las ruedas de los autos sobre la brea mojada le provocó ceder al escalofrío.</p>
<p>Avistó el fin del mundo como un destello verde igual al rostro del mago de Oz al final del camino amarillo. Sólo que tal vez no haya perro en la cesta ni zapatillas rojas. Es una puerta de yerba que se abre para tragarte entera.</p>
<p>&#8220;¡Liquidación! <span class="smallcaps">50% de descuento en toda la mercancía</span>&#8221; rezaba una vitrina que hacía esquina con la iglesia. Cosas que no compraría ni aunque estuvieran bajo un letrero que dijera:<br />
Liquidación venta final: &#8220;<span class="smallcaps">Todo se va por cierre</span>&#8220;.</p>
<p>O tal vez:</p>
<p>&#8220;Liquidación venta final: <span class="smallcaps">El gerente se volvió loco y puso los precios por debajo de la competencia</span>.</p>
<p>El gerente se volvió loco: <span class="smallcaps">Tuvieron que atarlo a una silla</span>.</p>
<p><span class="smallcaps">Atamos a los gerentes a las sillas</span>.</p>
<p>Liquidación, todo se va: <span class="smallcaps">El gerente amenaza con matar a nuestras familias</span>.</p>
<p>Le atrajo la falange quebrada de un maniquí que miraba por encima de su cabeza. Tenía una camisa de encaje victoriana, con botoncitos irregulares hasta el cuello. Subió los dos peldaños y empujó la puerta. Cincuenta por ciento de descuento. Cuarenta y cinco. Treinta y cinco. Coteje la tabla de precios para saber cuánto ahorra.</p>
<p>&#8211;Bienvenida a Emilia’s, mi nombre es Ana. Cualquier cosita que desees…</p>
<p>&#8211;Buenas  &#8211;respondió, la mirada fija en los botones irregulares.</p>
<p>Fue directo a la perchera. Sacó una de su tamaño, toda flácida. Al maniquí se le veía mejor. Recordó su falange hueca.</p>
<p>&#8211;Esas nos acaban de llegar.</p>
<p>Traducción para pay full price, S&amp;H. Le sonrió.</p>
<p>&#8211;¿No tendría una faldita verde?</p>
<p>&#8211;No con cincuenta.</p>
<p>Pero esta se habrá creído que yo soy una pendeja que sólo entra a las tiendas a ver mercancía en liquidación. Sonrió otra vez.</p>
<p>&#8211;Déjame verlas.</p>
<p>Agarró una sin mirarla mucho, y marchó hacia la caja. Se detuvo en el golpeteo hipnótico de los ganchos plásticos al chocar con los otros en el balde. Era un sonido dulce, seco.</p>
<p>&#8211;Son $86.79.</p>
<p>La vio tratando de marcar los números en la caja con sus azules uñas kilométricas y pensó ofrecerle un lápiz. No lo hizo.</p>
<p>“Toda venta de la liquidación es final. No habrán devoluciones.”</p>
<p>Extendió la tarjeta. Vio como las uñas luchaban por retenerla en sus dedos, que no se le escurriera. Los nudillos la atraparon y la deslizaron por la ranura como un puñal.</p>
<p>Qué lírica, niña, como un puñal… Las pestañas brillosas de la muchacha se movieron.</p>
<p>&#8211;¿Perdón?</p>
<p>&#8211;No, nada. Me voy con eso puesto.</p>
<p>&#8211;Los vestidores estan allá.</p>
<p>Se cambió sin advertir a aquella que se interponía entre la pared del vestidor y el espejo.</p>
<p>Las campanitas de la puerta chocaron con el vidrio al salir. Un camión le pasó por el lado haciendo sonar la bocina, acompañada de un silbido. Se suponía que pensara lógico, está lloviendo y apenas se ve, pero hay que asustar a esa pobre diabla porque está buena, pero no lo hizo. Apretó el mango de su sombrilla. Una señora bastante mayor cruzaba la calle con una bolsa anaranjada llena de verduras. A cocinar, a las siete de la noche.</p>
<p>“Elmigro, donde mejor se compra, le invita a oír los especiales de la semana: Aceite de maíz $1.90, arroz grano pequeño, tres paquetes a 99. Mantecado de un cuartillo, $2.78 Chuletas corte de centro, grado A, 1.59 la libra, Corned Beef, .88 cada uno. Elmigro, donde usted se las pasa mejor.”</p>
<p>Elmigro, donde usted se las pasa mejor comprando yuca para hervir a las siete de la noche.</p>
<p>Elmigro, donde usted se las pasa mejor deslizando tarjetas teñidas de azul kilométrico.</p>
<p>Sentía ya gotas salpicando su nariz. La sombrilla estaba cediendo.</p>
<p>Al dar vuelta a la esquina, descubrió un enorme peluche violeta que la miraba, abrazado a un pingüino minúsculo. Sonrió.</p>
<p>El fin del mundo es justamente como el fin de una tabla. Desliza un lápiz por una tabla y mira qué pasa. Imagina que después del filo no hay suelo, sino un perenne abismo. Imagina que no hay dragones n lenguas de fuego, sino silencio. Tal vez el más anterior (o pequeño) de los silencios.</p>
<p>Subió los dos peldaños y entró.</p>
<p>&#8211;Estamos cerrando.</p>
<p>&#8211;Es sólo para comprar ese peluche.</p>
<p>Como es razonable esperar, la empleada de la pequeña tienda de recuerdos arrugó la nariz con desgane, se olvidó por un momento de cuadrar la caja y sacó las llaves de la vitrina. Dio una vuelta decisiva a la cerradura de la entrada y depositó el peluche en la caja.</p>
<p>&#8211;No, démelo así.</p>
<p>Viéndola maniobrar para deslizar la tarjeta y completar el pago con el peluche entre los brazos, deseó preguntarle si alguna vez se le antojó ser cruel. No lo hizo.</p>
<p>La dejó con el recibo en la mano y abrió el paraguas aún adentro, salpicando las figuras de porcelana y las copas de copas de cristal talladas. Enderezó al pingüino que la miraba con los ojos negros y su bufandita gris y abrazó al abrazo.</p>
<p>Un misterio de fe yacía entre los senos de un torso de mujer decapitado por el borde del letrero.</p>
<p>“Tienes que verla. Verla para creerla. La primera cerveza con tres calorías y media, para un gran sabor sin peso alguno.”</p>
<p>El letrero se dio vuelta.</p>
<p>“Imagen y sonido espectaculares. El nuevo Mitronic 3000VX , para que sean tuyas las miradas.”</p>
<p>Franqueó la pierna de un deambulante dormido, resguardándose de la lluvia junto a una vitrina oscura. Se pasó la lengua por el labio inferior.</p>
<p>El fin del mundo, amigo, el fin del mundo es un cristal fino como una placa de microscopio; ancho, anchísimo, resbaloso, al fondo de un pensamiento inconcluso.</p>
<p>Cerró el paraguas y puso el peluche al tope de los dos escalones. Cerró el puño en torno al mango y los estrelló contra el cristal una y otra vez, ya contra una, dos estrellas,  hasta que se deshizo como polvo glacial contra su cara. La lluvia parecía que no iba a terminar.</p>
<p>Alzó el peluche. Abrazando el abrazo, pasó con cuidado una pierna y después la otra. Agachándose, entró.</p>
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		<title>(sin título)</title>
		<link>http://www.derivas.net/sin-titulo/</link>
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		<pubDate>Sun, 17 Feb 2008 20:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alleya I. Rodríguez Vázquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cursi]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[
Huevo mundo
Veinte eslabones muy juntos
suspirando por piernitas rosadas
veinte países árticos
clamando derecho a los puñitos cerrados
veinte agujas prendidas
del chupeteo balbuceo
(oh so cute)
enquistándose en puntadas
cordones sangrantes
en punto de cruz.
Veinte isletas
pobladas de composta
y piedras de sal.
Veinte huevos
en veinte huevos
en veinte huevos.
Huevo mundo II
Dilata el ojo centro
anclado en recuerdo amniótico:
Huevo en huevo
desgranado entre las grietas
(filo doble del minutero)
Veinte espadas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/nube1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-647" title="nube1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/nube1.jpg" alt="" width="360" height="270" /></a></p>
<p>Huevo mundo<br />
Veinte eslabones muy juntos<br />
suspirando por piernitas rosadas<br />
veinte países árticos<br />
clamando derecho a los puñitos cerrados<br />
veinte agujas prendidas<br />
del chupeteo balbuceo</p>
<p>(oh so cute)</p>
<p>enquistándose en puntadas<br />
cordones sangrantes<br />
en punto de cruz.</p>
<p>Veinte isletas<br />
pobladas de composta<br />
y piedras de sal.<br />
Veinte huevos<br />
en veinte huevos<br />
en veinte huevos.</p>
<p>Huevo mundo II<br />
Dilata el ojo centro<br />
anclado en recuerdo amniótico:<br />
Huevo en huevo<br />
desgranado entre las grietas</p>
<p>(filo doble del minutero)</p>
<p>Veinte espadas clavadas en tierra.<br />
Cuarenta pendones esféricos.<br />
Sesenta caballos azules<br />
umbilicados en el desierto.</p>
<p>Desborda el veinte con puros ceros.<br />
Ojo huso cartesiano<br />
en veinte huevos.<br />
En veinte huevos.</p>
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		<title>Delia</title>
		<link>http://www.derivas.net/delia/</link>
		<comments>http://www.derivas.net/delia/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 15 Feb 2008 02:53:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alleya I. Rodríguez Vázquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cursi]]></category>
		<category><![CDATA[Prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo alzas, un poco desconcertada. El delgado libro está dividido con un marcador cualquiera, de ésos que se venden en las farmacias, con una pareja tomada de la mano. Miras hacia atrás, pero la chica se ha ido ya. La ves pagar y correr acera abajo, mochila al hombro, como tú, hace no demasiado tiempo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo alzas, un poco desconcertada. El delgado libro está dividido con un marcador cualquiera, de ésos que se venden en las farmacias, con una pareja tomada de la mano. Miras hacia atrás, pero la chica se ha ido ya. La ves pagar y correr acera abajo, mochila al hombro, como tú, hace no demasiado tiempo. La puerta se cierra y la guagua acelera.</p>
<p>Miras a tu alrededor. Nadie se ha movido. Los señores que tienes enfrente siguen hablando de política y el hombre a tu lado se esfuerza en balancear su café y mantener sentados a sus dos hijos. Lees la oración inicial de la página marcada.</p>
<p><span id="more-426"></span></p>
<p><em>Pero tras la mirada de Delia revivía cierto mundo oculto, que otros trataban de escudriñar.</em></p>
<p>La muchacha estaba como ida y todo el mundo se preguntaba por qué. Interesante. Mirando al frente con toda inocencia, deslizas el libro dentro del bolso de florecitas. Si la vuelves a ver, se lo devuelves. Contigo está seguro.</p>
<p>Pones el bolso en la mesa al llegar. Te cambias de ropa y lavas el baño en lo que las habichuelas se ablandan. Algo hay en las yerbas flotando entre las burbujas que te hace pensar de nuevo en el libro. No. Ya no tienes tiempo para leer. Hay cosas que hacer. Tal vez estaba embarazada, piensas, acordándote de “María de los Milagros” y la felicidad total de su protagonista cuando se enteró de que estaba encinta, pensando aquello tan conveniente de que su corazón al fin contemplaba realizados sus deseos de mujer.</p>
<p>Terminas de cocinar justo a tiempo para lavar. Clasificas la ropa de color y pones la lavadora a llenar. Te decides y buscas el libro, abriéndolo donde se quedó la chica.</p>
<p><em>&#8230;la lluvia de la noche barría el polvo acumulado en las últimas semanas sobre la escalera, removiendo de los peldaños rastros de barro y arena.</em></p>
<p>La espuma del jabón sube envuelta en vibraciones que te van tranquilizando. Echas la ropa leyendo y bajas la tapa.</p>
<p><em>Delia, te ves como si llegaras de otra parte &#8211;le decían&#8211; tu interés revive solamente con las palomas que planean a lo lejos o los murcélagos que cortan la noche.</em></p>
<p>Náh, a esa mujer no le pasa lo que a María de los Milagros. Te da la impresión de estar marcada por algo realmente sorprendente, alguna revelación secreta.</p>
<p>Oyes el portón del garaje abriéndose y cierras el libro, metiéndolo entre la ropa sucia. Vas despacio a la cocina. Enciendes el televisor y sacas un plato. Su habitual beso frío te roza los labios.</p>
<p>&#8211;¿Te vas a bañar?</p>
<p>&#8211;No, voy a comer antes.</p>
<p>Le pones la comida en la mesa y te sientas del otro lado porque no le gusta comer solo, aunque sólo le preste atención al pelo teñido de la reportera.</p>
<p><em>en las palomas que planean a lo lejos</em></p>
<p>Sabes lo relajante que es irte a escalar las grietas del techo de la casa con la cabeza nada más. Contarte chistes, empeñar la rutina a cambio de las anécdotas que se le escapan a los trazos del mapo, a los botones grises de las cajas registradoras.</p>
<p>&#8211;Esos pillos son la changa, mira, y que casi millón y medio&#8230; &#8211;suspira él, con menos fascinación que envidia.</p>
<p>Lo observas detenidamente. Te inquieta de repente el no poder reconocerlo, no poder diferenciar sus facciones de la pared que tiene detrás. Ver sus ojos enfocados, su tez bronceada, sus dedos cortos sin anillo &#8211;le queda pequeño, dice, y tú se lo creías&#8211; y sin embargo no poder diferenciar qué lo distigue y qué no. Deseas haber puesto el libro más cerca para poder escabullirte más fácilmente.</p>
<p><em>en los murciélagos que cortan la noche</em></p>
<p>Portadores de malas noticias que pueden abrirse camino por la oscuridad. Que pueden delatar. Mató a alguien, y sus pensamientos la fuerzan al silencio. Todo el mundo se hace historias de lo que le podía haber pasado. Se encontró con este individuo que la acosaba, que le quitaba el aire, y  tomó una piedra. No, una piedra no&#8211;</p>
<p>&#8211;Hoy estás más eslembá de la cuenta.</p>
<p>&#8211;Estoy cansada.</p>
<p>&#8211;Pues vete a dormir.</p>
<p>Qué fácil, vete a dormir. Qué facil acostumbra ponerlo todo. Sonríes. Divides una invasora hormiga con la punta de la uña.</p>
<p>Retumba el pum de la lavadora acabando su ciclo y te levantas. Sacas la ropa y echas la otra sin esperar a que llene. Riegas el líquido sin fijarte y se te resbala la tapa. Un seco “¡Costó cara!” rebota contra las esquinas vacías. Pareciera salir del libro. Lo abres.</p>
<p><em>No se pudo precisar claramente el día en que el espiritu de Delia había tomado un nuevo y peculiar matiz.</em></p>
<p>La ves. La ves cómo cerraba sus manos en torno a su cuello, con una fuerza imprevisible. De la misma sorpresa, él se había echado hacia atrás. Habían caído al suelo, ella atenazando su cuello sin aflojar, él agarrando los mechones de su cabello con fuerza.</p>
<p>Había soportado el dolor como una nueva clase de goce. Desplazó aquella gloriosa electricidad a sus dedos largos y punzados, enlazados casi con amor en torno a su cuello. Las manos de él fueron aflojando despacio, dejándose caer de repente.</p>
<p>Te dio frío aquí, en la cabeza, en las manos, y quisiste volver.</p>
<p>Quiso que despertara para volver a ver esa mirada de sorpresa, de incertidumbre, sentir otra vez su miedo, y lo sacudió. La miraba como desesperado y ausente, sus ojos brotados, veteados de capilares rotos. Ella no previno el enorme vacío que comenzaba a absorberla. Tocó sus cabellos rizados con la punta de los dedos y lo besó en la frente, como a un niño dormido.</p>
<p>Abres los ojos, miras a tu alrededor. Deben ser cerca de las nueve. La oscuridad te envuelve, y tocas a tu alrededor  para orientarte. El libro sigue allí, con su tapa laminada. Caminas hacia tu cuarto, tratando de disipar las palomas, los murciélagos, de tu cabeza.</p>
<p>Él duerme.</p>
<p>Tratas de sentarte frente al televisor para ver la novela. María de los Milagros dirige sus ojos húmedos hacia ti, tanto que parece que te observa de verdad, y se te eriza la piel. Lo apagas y caminas hacia la cama. Te acercas a él. Observas su cuello expuesto, un poco quemado por el sol. La piel se siente suave bajo su quijada. Pequeñas líneas curvas ya se dejan ver. Tan vanidoso que es.  Sabes que lloraría si le dijeras de la papada incipiente. Pasas la punta de tu dedo por la tibia vena que late confiadamente bajo su piel.</p>
<p>Evocas el efímero sabor de triunfo y lo deseas nuevamente. Sientes que las puntas de tus dedos se calientan con el recuerdo del fuego. Te acuestas a su lado, y lo abrazas, rodeando su cuello con tus brazos, esperando soñar con Delia.</p>
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