Todas las entradas de Alejandro Álvarez

Alejandro Álvarez Nieves (San Juan, 1976). Tiene un bachillerato en Literatura Comparada y al momento cursa una tesis en el Programa Graduado en Traducción de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha participado en el programa televisivo Grado Cero. Se encuentra en planes de publicar su primer poemario, Rubik's Cube, y planifica cursar un doctorado en filología clásica en España.

intacto

me levanté testarudo,
buscando cosas que limpiar.
no es cuestión de aseo,
sino de orden,
de levantar el polvo en los lugares precisos,
de pulirle la cera a lentes trastocados,
de tocar los cubículos que dictan el quehacer,
de pasarles la mano
de voltear muebles
de trasponer cuadros
de descolocar libros
de rearreglar la sala
de apaciguar la amargura
con los colores que le solté alguna vez
y que se niegan a relegarse de modo alguno
se me va la mañana
buscando el patrón de maltratos a gritos
de fregar mis chucherías como a dominós obstinados

hoy por fin he terminado de limpiar
y todo está como lo dejé ayer, intacto.
el último cigarrillo lo fumo en el sofá,
porque una cama muy arreglada me susurra
que es hora de irme.

matando a hierro

daría todo por licuar esa imagen platinada que me desvela
y martillar esta aleación melancólica
recién sacada de la brasa.
triturarla.
golpearla.
batir contra ella.
enfriar la contienda.
enterrarla en el fuego una y otra vez.
hielo y metal fundido juntos hasta la obsesión.
luego, doblar la saudade en capas de hierro caliente,
grabar verbos en él susurrando nostalgia sutil sobre el metal enfriado.

entonces, tropiezo.
nuestro único logro ha sido el filo,
y la espada se enterró en la palabra.

impaciente

recuerdo en la espera…
las arrugas en la frente duelen
cuando se convierten en superlativos huecos.

me retuerzo en el desliz de la lengua,
no queda más remedio que ver como
maduran las piezas en su lugar indicado
mientras consume la piel una dejadez glauca.
me deshojo a son de cebolla
en una función masoquista del tiempo.
me sumerjo hondo en una sopa de nigromancia,
y la presión dobla,
aprieta,
implota,
revierte tripas…

esta vez,
encuentro demasiado tiempo
en el intersticio de indolencias de jade
y floto ahogado,
henchido del vaho esmeralda
de un pantano de recuerdos.

Manu mortua

A Ingrid Beatriz Lugo Sabater.

Et salutaris mortis manu quodammodo ducamur.
Fragmento de liturgia.

Lo más que me acuerda a mi padre es el abandono. No se notaba en la ropa, ni en lo bien arreglado que siempre andaba por ahí. Había que fijarse en el desdeño fugaz que se le escapaba por las pupilas. Se requería la agudeza de una hija problemática para mangarlo en una esquina frotándose aquellas manos de bestia peluda, con la mirada árida como un desierto de recuerdos, buscando quizás alguna versión barata de redención en los surcos arrugados de las palmas. Siempre usaba ese lenguaje manual cuando quería ser íntimo, dejaba que la ternura de sus dedos tomara la palabra y así evitaba tener que emplear la tosquedad de su boca. Era un inventario secreto de gesticulaciones sublimes que sólo empleaba con los que amaba y lo utilizaba justo cuando estaba apunto de ahogar a uno con esos ojos desabrigados.

De pequeña, papi tenía un gesto para mí nada más. Se arrodillaba en el piso, decía que era Romeo quebrado de amores. Entonces buscaba mi mano lentamente, hasta que la encontraba y se la ponía en el pecho y soltaba un gran suspiro. Nunca le dije que me dolía cada vez que me apretaba los huesos de los dedos. No quise dañar los únicos momentos en que sentí que me quería. Después fui creciendo poco a poco, y las tenazas de hierro que me hacían crujir los dientes de cariño se fueron enmoheciendo hasta que se remitieron a frotarse solas en las esquinas oscuras de una casa. En un arranque de indiferencia, la mirada de mi padre me fue dando de codo poco a poco, hasta que me aisló por completo. Así que me fui desprendiendo, soltando los primeros pasos de una juventud acelerada, nadando a la deriva en la lava de la adolescencia, jugando al escondite en un abismo en donde ninguna mano podía llegar.

Lo vine a ver en hospital doce años después. Me había llamado mi hermana y me dijo que no le quedaba mucho. Ya no tenía bigote. Se le había caído algo de pelo. Era un raquítico saco de huesos, deformes de tantos años con el cuerpo encorvado. Apestaba a mierda. No lo habían bañado en días. Tenía garras de oso por uñas. No me reconocía. No me extrañó. Le cogí la mano y se las apreté. Se zafó rápido y comenzó a gritar como un niño. Ya no podía hablar. Luché con él hasta que pude asearlo. Le pedí ropa nueva. Pasé toda la tarde tratando de que comiera un poco de sopa con aquella boca seca, arrugada, ajada en el olvido.

Decidí visitarlo todas las semanas. Le compré unas pijamas nuevas. Lo aseaba por completo. No tenía dinero para pagar enfermeras. No podía fallarle. Cada vez que lo visitaba, intentaba cogerle la mano. Quería saber a dónde apuntaban esos surcos, qué era de esa red de marcas que lo habían atrapado en la encerrona de la desidia. Necesitaba saber si en alguna de esas líneas estaba yo, Sara, era mi derecho saber el lugar en donde me había dejado desvalida. No se dejaba. Un día se me ocurrió esperar hasta que estuviese dormido. Cuando le vi la palma, apenas había trazos desgastados. Era como si el viento le hubiera pasado papel de lija y le dejara la fineza suficiente para sobrevivir como un esqueleto desdeñado. Dejé de ir a verlo por dos meses.

“Necesitamos que venga a verlo urgentemente. Es el momento.” Llegué lo más rápido que pude. Lo encontré con los ojos bien abiertos y se miraba las manos con un terror inefable. Balbuceaba algún grito. Intentaba mirar a todos lados. No se reconocía las manos. Miraba aquellos garfios imponentes pasmado de espanto, como si fuesen unos palitos garrafales que venían expresamente a cortarle el aliento. Se las cogí suavemente. Me miró absorto, con aquellos ojos mustios de siempre. Me apretaba los dedos duro, sin reconocer el tamaño de su fuerza. Lo sabías, papi, siempre lo supiste. “Soy yo. Sara.” Inhaló profundo. Justo cuando su boca comenzaba a soltar un amague de sonrisa, exhaló con un alivio que me estremeció los huesos. En la inercia del gesto, me arrastró a su pecho; y con el suspiro, se me fue. En la palma de la mano de mi padre, no había nada.

Porque dije que no I

Miró en ambas direcciones. Izquierda y derecha daban igual, pero escogió la izquierda por impulso. Había un frío seco y tenue, el otoño que ya asomaba la cara en las postrimerías de mayo en busca de invadir la piel por osmosis. La ciudad se desplegaba ante sí poco a poco, como si fuese una animación fílmica que se revelaba cuadro a cuadro. Los edificios enormes, colmados de letreros y marcas particulares señalaban que aquel valle ya es propiedad única de los bancos multinacionales. Abajo, las aceras alimentaban los caprichos básicos de las estructuras regentes: lanchonetes por doquier, farmacias, puestos de revistas, vendedores ambulantes, tiendas, centros comerciales subterráneos, facultades universitarias.La gente completaba el festín visual. Iban y venían de un lado para otro, algunos conectados a sus aparatos, otros enfocados en su destino. Los automóviles hacían lo mismo en la avenida. Parecían procesiones de serpientes fragmentadas, reptiles interminables de carne y metal que nutrían la mañana de la Avenida Paulista. Sara buscaba en ese mar de caras que no conocía. Sabía que no encontraría a nadie, quizás porque no quería que alguien le identificara el rostro. Luego de la mirada superficial, se dio cuenta que ya había caminado diez cuadras. Caminaba sin parar, aunque la ciudad en todo su esplendor se abría ante ella como un abanico.

No precisaba que esto sería tan sinuoso aquel día en que le pidió a la jefa tres semanas de vacaciones.

–Me voy en mayo.

–¿Pa dónde?

–No sé, quizás Suramérica. Pero me voy.

–Te necesito en wikén de Memorial Day.

–No. O me voy en mayo, o me voy ahora mismo pa casa.

–Bueno, pero no te pongas así. ¿Estás bien?

–Pues claro que no.

–Okei. Yo firmo los papeles. Vete tranquila.

Fue la primera vez que dijo que no, y la palabra le dejó un sabor dulce en la boca. Tantos años de yo me quedo, yo lo hago, por supuesto, seguro que sí, cuánto es, yo completo, allí estaré, dalo por hecho y otras frases de lacayo le habían adormecido la lengua. Decir no le subía la adrenalina y la negación cargó el peso de toda la esperanza depositada en irse. No paso una temporada más aquí.

Caminaba en desenfreno, sin poder parar. Tres meses de planes y sólo podía caminar compulsivamente por las calles de São Paulo. ¿Qué carajo hago aquí?