Aquel viejo motel

Mi virginidad se quedó pegada en una sábana usada del Motel San Soucis en la carretera vieja de Caguas, el 29 de octubre de 1987. A mi novio no le importó mucho que llorara ni que me doliera. Estaba demasiado ocupado en el tema existencial del por qué no entraba “su cosa”. Ssshhh, niña. No grites así que no estamos matando a nadie. Ni eres la primera, ni la última. Para que se hiciera más fácil, usó jabón de barra Dove y me ardió. ¡Era tan romántico el desgraciado!

Fue un jueves, así que al otro día asistí al colegio adolorida y rebosando de la confesión a mis amigas de grado once. Tenía 17 años para esas fechas y mis contemporáneos probablemente dirían que fui precoz al renunciar a las filas de la castidad tan joven. Hoy en día la historia es otra. Si llegas hasta los 17 con la telita puesta eres mojigata y anticuada, lo cual es una pena, porque una debería disfrutar más de los años virginales, así como la niñez debería extenderse hasta los doce o los trece.

Las diferencias generacionales que marcan la moda y el estilo moral se ven plasmadas hasta en la misma familia. Mi hermana, por ejemplo, nueve años menor que yo, salió de su quinceañero premiá y antes de los nueve meses ya había parido a mi sobrinita. No se si visitó alguna vez un motel, pero me consta que más de la mitad de mis amigas de esos días los visitaban, al menos semanalmente. Viernes social era sinónimo de motel.

Mi novio de cuatro años y yo—el que me había desvirgado—, hacíamos la fila para entrar a nuestra habitación de romances unas dos veces al mes. Costaba $15 y había que ahorrar para el sacrificio. Yo recolectaba las pesetas y medio pesos de mi merienda del colegio, y él lavaba carros o pasaba trimers. Recuerdo haber ido en San Valentín, en día de Padres, a celebrar exámenes finales y en Viernes Santo. Una sola vez visité una cabaña con love machine, espuma-party-jacuzzi y discoteca integrada. Es curioso, pero ahora pienso en toda esa vida de incógnito que se experimentaba dentro de esas cuatro paredes que fueron las primeras en estrenar en Puerto Rico las puertas corredizas de marquesina estilo “sueño norteamericano”. Allí dentro tuve relaciones, hice asignaciones, me emborraché, vi películas (jamás pornográficas), recibí bofetadas, di bofetadas, rompí camisas en medio de peleas de celos, me bañé llorando, me dejaron, escribí cartas de despecho, nos reconciliamos, estudié para exámenes, usé por primera vez un teléfono celular, pasé mi primera noche fuera de casa con un hombre y juré amar a Miguel Ángel (el mejor amigo de mi novio de cuatro años) para toda la vida.

Hoy El Nuevo Día hace un análisis en su revista de Negocios sobre los moteles del patio, el cambio comercial y el impacto financiero que han sufrido, y coloca una foto del Motel El Bambú en su portada. Este motel fue el único que visité con Miguel Ángel, mi amor eterno. Recuerdo que para esas fechas los moteles no tenían el límite de tiempo de ocho horas, así que se podía gestar casi una mini vida dentro de ellos. En aquellos tiempos las muchachas nos tapábamos la cabeza con toallas o frisas para entrar. No era digno que nos vieran haciendo la fila en el auto. De mi crew de amigas, las que íbamos, íbamos enamoradas. Me pregunto cómo será todo ahora.

Un pensamiento sobre “Aquel viejo motel”

  1. Jajajaja, estudiar, ay Dios mío… Imagínate, ¡ahora llevan laptops! Jajajaja. (Secándome las lágrimas)

    Y las cabezas cubiertas… A mí me daría más vergüenza la mojigatería de tapármela, como si hubiera que abochornarse de ir a hacer lo que de todos modos todo el mundo va a hacer allí. Como si los empleados no estuvieran cansados de atender fornicadores.

    También vi el artículo y me dio gracia. Ellos publicaron hoy, más que una noticia, una guía de los moteles de Puerto Rico, para el que no sepa. Me da pena con la gente que se podría aprovechar de ella y nunca la verán porque no leen la sección de negocios.

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