Aprovecharse

El pasillo del hospital debió haber estado inmaculado. Siempre pienso en los microbios. No sé por qué los pasillos no están o no aparentan estar tan desinfectados como las salas de operaciones. Acaso eran crayones los que se habían restregado sobre los zócalos. Acaso eran huellas digitales de manos mugrientas. Probablemente nunca me entere. Lo que sí sé es que Mayra lloraba porque sus ojos tenían ese dejo de penurias caídas. Sin embargo, se limpió las ojeras y forzó una sonrisa, que no era tan forzada por cierto. Si se viene a ver, ella quería mostrar algo de simpatía en aquella hora tan funestamente suya. Quiso ser agradable conmigo.Habían pasado quince años desde la bofetada que nos hizo mejores amigas en la escuela elemental. La bofetada se la di yo. Ni siquiera me había tenido que levantar del pupitre. Sentir sus pies dándole a las rejillas metálicas en donde yo colocaba los libros de texto fue más que suficiente. Agravaba el hecho el que Mayra fuera el ser más pusilánime de la escuela. La más atolondrada, la más tímida. ¿Cómo se aguanta una las ganas de aprovecharse de alguien así? A esa edad no se me hizo difícil. Hice de abanico. Giré mi cintura como un torniquete y mis brazos fueron aspas y la palma de mi mano toda un yunque pesado sobre una pared hecha cachete.

La semana anterior los del cuadro de honor habíamos hecho burla de ella por lo de sus mejillas quemadas. La madre de Mayra la había regañado, y como tantas otras veces en que se excedía en sus regaños por aquello de su alcoholismo incontenible, había empujado violentamente, con la mano abierta —otro yunque—, la cara de Mayra sobre la hornilla encendida de la estufa. Primero un lado. Luego el otro. Vuelta y vuelta, como un bisté. Esta nueva semana me tocaba joderla a mí. Así que ni siquiera le advertí que parara de mover sus piernas contra mi asiento. Me volteé ipso facto —aspas, abanico— y la jinquetié con todos los dedos de mi mano abierta en su rostro. Su rostro quemado.

Lloró tanto. No me sentí avergonzada hasta que ya de grandes me la volví a encontrar en una tienda. Ella suplidora de efectos de oficina, y yo con el bochorno hecho maremoto. La pena fue difícil de pronunciar, así que mejor no dije nada. Le compré sus productos y ahogué la conciencia.

Regresé hoy a mi pupitre, al verla allí en aquel hospital secándose las lágrimas. Regresé a mis manos vendadas de orgullo, hechas ahora molinos de viento apenas gallardos, como los del Quijote. No le dije nada. La maestra ni cuenta se dio aquel día, pero los chicos de alrededor nuestro se burlaron. A Mayra se le salieron los mocos. A mí no se me movió ni un pelo. Fue la primera vez en la vida que recuerdo haberme sentido perra.

Y ahora me la encuentro casualmente en este lugar de devoción a la salud que parece también hacerla sufrir. Mayra trata lo sumo posible porque yo me sienta a gusto con sus abrazos y saludos. “Inmerecida” es una palabra que me trastorna la mente. Se limpia el llanto y concentra su atención en la buena suerte de habernos vuelto a ver. Menciona algunos recuerdos que de mí tiene. Me habla de la muñeca que le regalé, de las libretas que compartimos, de los exámenes en que nos copiamos. Le digo que estoy aquí visitando a un compañero de trabajo. Me cuenta que espera por el momento en que permitan la entrada a intensivo neonatal. El bebé nacido hace trece días atrás aún no pisa su casa. Su útero se le retuerce de las ganas de amamantarlo.

Mayra nunca menciona lo de la bofetada y yo, nuevamente, no tengo los cojones ni para sugerir el tema. Felicitaciones por la nueva criatura y que se mejore. ¡Dios del cielo! ¡Que nadie nunca le haga a él lo que hice yo, lo que hicieron los compañeros, lo que hizo la mamá de su mamá! Miro el pasillo. Me nota esquiva. Se despide. Luego de un abrazo infinito entre ambas, me marcho. Insisto en que ése pasillo de hospital ha debido haber estado inmaculado.

3 pensamientos sobre “Aprovecharse”

  1. Me gustó, es atractivo. Los primeros párrafos son muy buenos. La estructura es clara y sencilla. Yo me cuidaría de algunas palabras o frases que le restan naturalidad. Algo me pasó en los párrafos 5 y 6, sentí que empezaba a perder fuerza la narración. Afortunadamente el final recupera eso. Quizá se pueda podar un poco por ahí. Pero me gusta, tiene algo que aprecio mucho: sencillez. La parte del salón es muy acertada, el momento de la cachetada. Muy honesto.

  2. Me gustaron muchísimo las imágenes que usaste para transformar las manos en aspas y molinos. Incluso la narración en esas partes me transmitió un ritmo agradable.

    De todas formas ya con el tema de la reflexión el relato me había atrapado.

  3. Buscando seres antediluvianos caí en un corto relato tuyo, y ahora este…. tus historias impactan en mi mente. Es un placer leer tus escritos.

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