XIII. Aplausos

El cielo está gris. Son las once de la mañana en Atlanta, y mi avión está a punto de salir. Muchos puertorriqueños: señal inequívoca del aplauso final. Voy a tratar de ser la primera en aplaudir. Hace poco leía el libro de ensayos de Eduardo Lalo “Los países invisibles” (bello libro) y allí encontré una explicación muy justa sobre ese gesto del aplauso. Parafraseándolo (y haciéndole grandes injusticias… esta pobre memoria mía) el aplauso está íntimamente ligado a la certeza de lejanía, y de invisibilidad. Vivimos en una isla, nuestras paredes son de agua que nos ahoga en una poética soledad. Salir del radio materno, es, en efecto, una hazaña titánica que debe ser aplaudida. El viaje que hacemos no es sólo espacial. Hay un profundo disloque, el suelo se agrieta debajo de nuestros pies, levantamos vuelo, atravesamos el mar. A ese sacudimiento total se le suma una efímera duda sobre el retorno. (Son tantos los que se han ido para no regresar más.) Salir de la isla es un acto de fe, regresar a ella es un triunfo inexplicable. El aplauso articula todo ese pequeño discurso, y algo más. Algo arcano que aún no puedo explicar. Es el triunfo del tránsito dentro de una geografía que no permite el movimiento, el fin temporal de lo estacionario, la bienvenida de los cuerpos elásticos. El flujo.

Luego de tres horas y media, aparece el azul. Distintos tonos: turquesas, marinos, terracotas. La costa se acerca y las palmas saludan, agitan sus pencas y me acuerdo del aplauso. No deja de asombrarme el pasiaje desde acá. La violencia de los colores. Creo que veo el primer flamboyán. Las ruedas tocan el suelo. Aplaudo. Aplaudimos. Un par de gringos se miran, atontados sin saber qué hacer. Una mujer grita de alegría, los niños saltan en sus sillas. Me encanta la alegría del viaje boricua. Es otra cosa, coño, otra cosa.

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