V. Agujeros

Esto no es un diario de viaje, aunque a veces quisiera que lo fuera. El movimiento ha cesado hace algún tiempo. Trato de vaciar un verano aquí en esta ciudad tan ancha, tan llena de árboles que se comen las carreteras. Tan sin mar. Desde mi ventana parece que miro cualquier paisaje de la isla, los verdes, el cielo, la forma en que la luz se rompe en las hojas, la brea caliente. Narrando el verano me he dado cuenta de que la única forma de contarlo es agarrándome de los detalles y del recuerdo. Es eso lo que sostiene mi estadía aquí, lo que constituye mi afecto por este lugar. Ya no voy a los museos, ni al acuario más grande del mundo (que según los atlanteños está aquí), no me interesan los clubes de jazz, ni el zoológico. Ya no me interesa ver la casa de Martin Luther King. Mi historia es breve y está llena de agujeros por donde entra el agua y la luz, sus manos, y mi boca. Y me dan ganas de escribir del olor del café que me despierta por las mañanas, y de cómo su cuerpo se estira en la alfombra de la sala, y de los libros amontonados por ahí, y de la yerba y de los pájaros azules y rojos que cantan en mi ventana. Esto es lo que hay, éstos son los materiales de mi vida. Reporto el ritmo de mi cuerpo, la sensación más primitiva, el murmullo de mi cabeza. Eso es todo. Lo demás es sólo un montón de verano.

El calor es insoportable. Despierto sola en la cama, bañada en sudor. La idea de la piscina se fija en mi cabeza. No tengo hambre, lo único que tengo es calor, y ganas de acostarme en el fondo de la piscina, como la chica de la película. Me tomo una taza de café y bajo de prisa las escaleras. Otra vez la luz, como si el cielo fuera una pluma abierta malgastando toda su agua. Me arden los pies. Camino más rápido hasta llegar al portón, y veo que no hay nadie. Me agarra una sensación de poder casi infantil. Toda el agua me pertenece. Me siento en el borde y dejo que mis pies se acostumbren al frío. Miro los árboles que me rodean y veo sus caras desfiguradas en el agua. Mis ojos tiemblan. Miro al cielo, enorme, azul, un gigante hambriento a punto de comerme. Pienso en Dios y en los ángeles. Mi cuerpo se cae, hasta el fondo. Qué delirio cuando el agua va cubriendo cada poro, como una reunión de buenos amantes tragándose mi cuerpo. Veo el cielo tambalearse desde abajo, creo que me veo dibujada en la superficie del agua. No tengo nada que hacer. Podría pasarme la vida aquí debajo, convertida en pez. Se rompe el hechizo con la caída de otro cuerpo. Llegan los demás. No tengo ganas de ser parte de la manada. Me encamino de regreso a mi apartamento cuando escucho un ruido, un gemido que se ha escurrido por una de las ventanas. No me atrevo a mirar, pero me detengo para corroborar este nuevo material que podría servirme de algo. Son ellas, Leila y Jennifer, haciendo el amor. Son las once de la mañana. Sexo mañanero, sin cepillo de dientes ni desayuno, ni café de por medio. Sólo dos cuerpos resistiendo el comienzo del día.

Mi huida toma la forma del deseo, mis pasos van dibujando obscenidades. Llego a mi puerta. Trato de ponerle algún orden a mi cuerpo húmedo de piscinas y de voces escapadas por una ventana. Abro la puerta y el silencio me golpea como una ola. Nada, nadie. Sólo yo, escurrida debajo de las sábanas, me invento cientos de amantes que, como el agua, se tragen este cuerpo.

3 pensamientos sobre “V. Agujeros”

  1. Margarita, qué hermoso lo que estás haciendo. Me hace sentir que te robé todo el mar (que tanto se me escurre), para dejarte a ti esa ciudad de sol intenso y de calor que lo silencia todo. Lo siento todo acá, con tantas nubes y lluvia que tenemos. Qué bueno leerte. Tus fotos me parecen exquisitas.

  2. Me encantan tus detalles, “la forma en que la luz se rompe en las hojas” … y esa genial manía de siempre encontrar en tus escritos espacio para los gemidos.

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