aguas profundas

me gustó la hondura de tu superficie, la comisura de tu boca que aún no se cerraba porque no había dejado de besarme. me asustó un poco la mano aquella, orillando mis orillas, inventando caminitos cortos por mis piernas largas, (que nunca habían sido tan largas como ayer entre tus manos). me extrañó tu mirada atenta, sostenida siempre de mis ojos que se perdían en cualquier punto. ¿qué tanto me mirabas? algo viste que me gustó que vieras.

me senté de lado, más segura de la forma en que mis hombros se cuadraban. sonó el pequeño cascabel que adornaba mi tobillo. tenía unas medias negras con puntitos rosa y mi lipstick favorito. dijiste que te gustaba como me quedaba el rosa. ¿los puntitos de las medias o mis labios? no me atreví a preguntar. sonreída te toqué el pelo. me miraste otra vez, como si eso fuera posible después de haberme mirado toda la noche. esa noche que se acababa y que me hacía pensar que quizá yo también me acabaría con ella. nunca había besado a un chico con barba, ¿te lo dije? me gustó que me buscaras y me asustó que me encontraras así, tan libre. tan suelta. tan llena de palabras y de hisorias, y de ganas de contarte, de decirte que te quedaras, de hacerte trenzas en tu pelo largo color ceniza.

ayer fue uno de esos días que parecen fotos. de esos que abren ventanas y te dejan escapar un rato para verte desde allá, lejana pero igual, retando con tu delicado pulso el rigor de los días. metida dentro del tiempo, recostada de él.

ayer hubo un momento en el que creí ser la actriz de alguna película que nadie había visto. ayer, contigo sentado junto a mí, creí adueñarme de un reflejo, de una proyección, de un final feliz al que no le importan las historias previas. ayer vencí al tiempo y tú me venciste a mí. los tres, acostados en la alfombra, dormimos un sueño largo y feliz.

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