Abuela [2]

Ella está loca, fuera de los límites de la cordura. Sufre de esquizofrenia, de paranoia, de celos compulsivos por un marido suyo que se murió hace algún tiempo. Unas cuantas veces la encontraron en los escalones principales de su casa verde menta, desnuda, con las carnes secas, autotajeandose y gritando “suéltenme” a toda voz. El otro día amenazó, con el mismo cuchillo, uno de esos con la hoja llena de dientes, de esas que se encajan en los huesos de los pollos, a todos sus familiares. Fue de casa en casa sin tocar la puerta. Se metió y cortó a Doña Puruca mientras veía la telenovela de las siete. Después de la gritería se metió en la casa de Rafito y le cortó un cachete a una de sus nenas. Antes de ayer se paró en la esquina de la intersección, bajo la intermitencia amarilla del semáforo de medianoche, a vociferar sus ganas de matarnos. Estaba vestida con su bata de dormir, hablando sola, con los ojos cerrados, a orillas de la carretera que divide en dos a la familia. Los carros tocándole bocina. Los perros ladrando sin poder pegar los ojos. Me tuve que poner tapones para no escuchar el alboroto.

Ayer se levantó con ganas de joder. Se puso un pantalón gris, de algodón medio estirado, y un brasier color crema que le resaltaba las manchas de la piel. Tenía el pelo revuelto, pintado de un rojo farmacia, las uñas largas, un ojo escondido por la glaucoma. Fue a las casas que se orillan a la izquierda de la carretera principal. Traía una bolsa de la que liqueaba sangre en goterones. Tiró, en todos los balcones, un par de palomas sin cabeza, desplumadas, con unos alfileres de colores. Con toda probabilidad no tenían ninguna carga, ningún maleficio, ningún brujo extraño, estaba jugando a asustarnos con la santería. Abuela no se dedicaba a eso. Lo sabemos. Pero el sólo hecho de pensarla cortando las cabezas y quitándole las plumas a las palomas turcas que con tanto afán crió me parece insano. Cuando terminó con las casas de la izquierda se dispuso a cruzar la avenida. Ella cruzaba a todas horas sin problemas. Pero ayer no sé que fue lo que pasó. La vi caer sobre la brea hirviente de la tarde. La bolsa con sus jugos desparramados alrededor de ella. Miré hacia la cuesta y los carros venían a toda prisa. Ella era pequeña, casi nada. No la vieron, no bajaron la velocidad. Entonces gritó. Gritó hondo como si en ello se le fuera la vida entera. El grito aquel se metió por los conductos del aire acondicionado de los carros, explotó los cristales, interrumpieron la programación para transmitirlo por la radio.

Los carros frenaron casi encima de ella. Salí de mi cuarto corriendo. Rafito salió del suyo. Doña Puruca y Elsie salieron también. Luego salió Don Gonzalo y Norma, y Zoraida, José, y Martita con Pijuan llorando entre los brazos. Atravesamos la calle, evadimos los carros, nos acercamos atónitos, con la boca seca, el cuerpo ensangrentado de la abuela. Estaba tirada, creíamos que muerta. Sólo lloraba aterrada del miedo, con la cara enterrada en el pavimento. Mis nenes, mi hermana, Cheito, Pijuan, Martita, los nietos, ay dios, tanto que yo los amo. Ay dios, señor, mi Cristo amado, si yo los crié, ellos me aman. La despegamos de la brea para llevarla al hospital. Tenía un hombro fuera de sitio. Con todo y ello estiró los brazos, nos arropó. Sonrió levemente y pidió perdón. No pasa nada abuela. No pasa nada. Estaba cubierta con la sangre olorosa a sarna. Fue asqueroso. Siempre he pensado que las palomas son ratas con alas. Me tocó recogerlas, mirarlas más de lo que quise, meterlas en la bolsa. Siempre es así. Abuela nunca cambia.

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