A Matilda

En la tarde densa y lluviosa del viernes, cuando llegué a mi casa, mi hermano de siempre me dijo angustiado que Matilda do Mouros se había muerto. No supe reaccionar, ni cuál fue la profundidad de mi incredulidad, hasta que alcé la mirada y los vi a todos llorando. Era uno de esos momentos cuando la luz se pone pesada y el aire denso va moliendo con los segundos un polvillo azuloso que a fin de cuentas viene siendo el tizne pegajoso de los recuerdos.Matilda era una gran reina perfumada de canela, con brazos hondos y labios prestos para cantar mimos mecidos en bossa nova. Huyó joven de Brasil, luego de que a su padre lo acribillaran por pintor y comunista. “El rojo es mi color favorito”, me dijo un día. “Después de mis dos perros, tú eres lo más que quiero”, también decía, pero eso dejé ya de creerlo cuando una vez me enfermé muy grave y vi en los ojos de Matilda el rastro seco de muchas lágrimas, y a sus dos perros flacos y garrapatosos.

Ella fue mi maestra, mi enfermera, mi amiga adulta y la única yerbatera que para curar mis catarros y, a falta de la flora brasilera, se atrevió a experimentar con los cohitres, morivivíes y la menta que nacían salvajes en nuestro urbano patio de Miramar.

Cuando era niño la adoraba, de joven la respetaba, y el día que decidió que ya estaba muy vieja para morirse en Puerto Rico lloramos juntos la despedida más llorada, y nos dimos el abrazo y los besos más fuertes. En la mañana húmeda y sorda del viernes, cuando desperté en mi cama, sentí un ligero olor a canela y menta. Matilda me decía por las noches que durmiera siempre boca arriba y con las medias puestas porque el catarro y el mal de ojo entraban por la noche y por los pies. Esa mañana llevaba medias, y desperté mirando desorientado al techo. Por la tarde, después de conocer la noticia, cuando recordé que las medias eran rojas y que nunca duermo boca arriba, de repente empecé a llorar.

6 pensamientos sobre “A Matilda”

  1. Me ha dado una súbita envidia…no sé, como que quiero una vecina brasileña, maciza y sabia como la tuya. Con olores canelosos. Para gozarla, y llorarla.

  2. Jesús, me gusta mucho tu escrito. ¡Qué lenguaje!

    “Era uno de esos momentos cuando la luz se pone pesada y el aire denso va moliendo con los segundos un polvillo azuloso que a fin de cuentas viene siendo el tizne pegajoso de los recuerdos.” Nada más de leer esto me da una sensación de nostalgia tan pesada que recuerdo a todos mis ausentes.

  3. Wao, quiero montarme de nuevo en el avión y llegar a Recife. Y volver a inhalar esa canela roja de la saudade. Me diste hondo, muchacho.

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