Bowery Blues

La historia del hombre
me enferma.
Adentro, afuera,
no sé por qué.
Es una condición,
como una enfermedad
de la que todos hablan
y que debería dolerme.

Y me duele
y me asusta
quiero vivir
quiero morir
no sé
cómo se regresa
de este vacío
no sé
cuando parar.

Ninguna iglesia me dice,
ningún Gurú me sostiene.
No hay consejos
sólo las piedras
de Nueva York.

Muerta Rubí,
muerta de un disparo
en la treinta y dos.
como en los viejos tiempos.
Y los borrachos
vacían su decapitación tras
ser asesinados por un reloj.

Veo sombras
bailando en ruta hacia la muerte.
Sombras enamoradas, agarradas,
Ceñidas a los encantadores
culitos de las niñas.
Niñas pequeñas
enamoradas del sexo
mostrándose así,
en lencerías blancas
detrás de esas ventanas elevadas.
Esperando. Deseando. Lo Peor.

Luego, es el adiós.
Para mí,
Sangsara.
Además,
esas niñas no son tan buenas
como parecen.
Y Samadhi,
ella es mejor
de lo que crees
cuando comienza
a taladrarte la cabeza
con ese zumbido
tejido de brillos dorados:
polvo de ángeles
gimiendo

diciendo

“Te hemos estado esperando
desde esta mañana, Jack.
¿Por qué te fuiste tanto tiempo
a perderte entre el humo de tu cuarto?”

Este resplandor transcendental
es la mejor parte
(de la Gran Nada,

yo canto.

yo digo.)

It’s ok.
Renuncia.
Enojo.
Stop.

 

Traducción de Margarita Pintado

3 pensamientos sobre “Bowery Blues”

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  2. Y los borrachos
    vacían su decapitación tras
    ser asesinados por un reloj.

    Es que ni Verlaine -y no lo digo por aquello de la consagración antológica que alcanzó gracias a los modernismos finisiculares, sino por su decadentismo-pudo escribir versos así. Tenía que ser Kerouac.

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