Khayelitsha I

Ese domingo decidí pasarlo en Khayelitsha con Yozi y Pupa. En la tarde paramos a comer un braai, carne asada, en el kiosco número 17, el mejor de toda Khayelitsha. En lo que decidíamos quién buscaba el pan y quién hacía la fila para la carne Yozi se encontró con un conocido, un muchacho en camisa y gorra blanca. Hablaban en xhosa y yo en realidad no me concentraba en nada, aparte de por primera vez darme cuenta de lo verdaderamente enorme que es Yozi. Del muchacho no recuerdo nada más que el color blanco y de él me hubiera olvidado, si no fuera porque Yozi después me hizo recordarlo (o inventármelo).

Terminaron de hablar y Yozi me pregunta si quiero acompañarlo a comprar el pan, que quiere decirme algo. Que si recuerdo al muchacho de la gorra blanca. Bueno… Con el que estaba hablando horita. Pues sí. Pues a ése lo conoce de la iglesia. (Yozi conoce a mucha gente de la iglesia donde las masas de gente del Eastern Cape –provincia colindante, rural y de donde él mismo viene– se reúnen domingo a domingo.) Está de blanco porque es de la 22, la ganga que más reparte en el mundo ya bien repartido de las gangas de Khayelitsha. Que ellos nunca están ‘por ahí’, ni sólo para ‘hacer un braai’, ni nada por el estilo; siempre están en una ‘misión’. Que por eso él le preguntó que dónde había estacionado el carro. Que las cosas que hacen son feas. Que no les importa quién tú eres.

Pero que si estoy con él estoy segura, porque a él lo conocen. No conocían a Pupa, pero Yozi se lo señaló para que supieran que andaba con él. Con él estoy segura en la mayor parte de Khayelitsha porque a él lo conocen en casi todas partes. Pero no en todas –en algunas lo conocían antes pero ya ‘no lo conocen’. No sé si por haber pertenecido a otra ganga (el verbo es complejo aquí –con todo rigor debería ser en presente, porque en principio uno nunca puede des-hacerse miembro de una ganga) o por haberse vuelto cristiano.

Compramos el pan y comimos el braai; y descubrí el mejor método para limpiarse las manos llenas de manteca hasta la muñeca: el gran balde de agua con jabón de lavar ropa que tienen las dueñas de los kioscos para uso del negocio. No hay más que mojar las manos una vez. Mejor que media hora de jabón restregado. Y cada balde da como para mil lavadas.

Esa misma tarde estuvimos en Enkanini, la parte más nueva de Khayelitsha, donde los shacks nacen día a día con inmigrantes que llegan de Zimbabwe y de media África. La parte donde hay menos piedad –que en Khayelitsha quien no tiene conexiones está perdido. Una letrina azul tiene la silueta de un ojo con el número 28. Yozi: que le tome una foto, que después me explica. Pupa, que es experto en sacarle historias a la gente, entretanto, se las saca. En algún momento le pregunta algo a un niño de trece o catorce años medio resentido y con los brazos siempre pegados al cuerpo. Yozi: que las gangas en Khayelitsha se distinguen por número, de acuerdo a lo que hacen: la 26 robar, la 27 violar, la 28 matar a quemarropa. El truco es hacerlo todo de la forma más pública posible, así es que se gana para la ganga. El aspirante (o perspirante) empieza con tareas mínimas, suficiente para que le arresten y abran récord. Después tiene que reincidir, para que esta vez lo manden a la cárcel por tres a seis meses. Ahí empieza la escuela. Cuando sale, la calle es suya –tan pronto cumpla con la misión asignada por su mentor en la prisión. Cada ganga tiene su territorio y se distinguen por su ropa: abrigos de cuero negro, gorras blancas, ropa Lacoste… Gente de distintas gangas tratan de no juntarse en bares u otros lugares. Si vas a un shebeen en terreno de otros, mantienes un low-profile y no hay problema. Cuando nos despedimos, al niño-muchacho se le escapó de debajo de la axila una sonrisa de tres o cuatro pulgadas de largo y varias puntadas de espesor.

Si hay algo que asusta en Sudáfrica son las cicatrices que relampaguean sobre las pieles de ébano de la gente de un día cualquiera. Cartografías, a veces desbordantes, que escapan en su extensión la mirada furtiva que te permite el metro de las cinco de la tarde. Mapas con demasiadas referencias, que no te dejan preguntar.

Un pensamiento sobre “Khayelitsha I”

  1. Mayra, ¿podrías escribir más de las cicatrices? describirlas, medirlas con el tacto de la mirada, de la duda. Me quedo con las últimas líneas-párrafo de tu texto. Cicatrices en pieles negras.

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