eastern-cape

5 de enero de 2008

El regreso a casa fue precipitado. 1700 kilómetros en dos días y medio. Casi ni me acuerdo. Empezamos en la mesa redonda de pan etíope en Pietermaritzburg, con unos amigos de Rachel, zimbabweanos. Vívían en la comuna de al lado. 2,000 de ellos, con sólo un pequeño patio interior para liberar la presión urbana que les acalambraba los huesos. 2,000 de ellos y, sin embargo, no estallaban en la violencia que descuenta vidas diariamente en el reloj sudafricano. Nos dice uno de ellos. “…And in Zimbabwe things are bad. There’s nothing to eat, there’s no nothing… but people don’t kill each other like they do here. Violence here is crazy. In Zimbabwe you’re safe, even if there’s nothing.” Íbamos enrollando el pan esquina por esquina, por la parte que nos tocaba. Se nos hacía origami entre los dedos llenos de salsa y pique.

El viaje en carro se me hizo película en la cabeza, con esa distancia granosa de una cinta sobreexpuesta. Me acuerdo de paradas selectas, pero del mismo modo que me recuerdo de sucesos entresueños. Las millas largas con las piernas pilladas entre el asiento y el bulto me inmovilizaron la memoria. En todo caso, nos tocaba recorrer una costa larga y blanca, después de atravesar la bruma mística del Cabo Oriental. La tierra de Mandela, con casas redondas de barro y humo que preserva todavía los rituales antiguos de cuando somos muchos. La bruma donde la gente vuelve a ser gente. Pasamos entradas amazónicas de mar entre montañas de felpa verde que me encendieron una especie de memoria intrusa y secretamente molestosa, de un continente entrometiéndose con otro.

Lo próximo que recuerdo es el sol cegador en la cal de la acera en Port Elizabeth. Ahí compré unas arañitas de cristal y cuentas a un artesano de la calle. Se me treparon por los ojos dilatados de cansancio impreciso y anidaron allí. Compré un conjunto de cuatro, y una mariposita para Annemarie. Las arañitas se convirtieron en mi recuerdo de lo que pasó hasta regresar a Cape Town. Como si hubieran absorbido todos los destellos que cruzaron entre su cristal y los espejos del carro. Las conservo todas y ahora cuelgan del medio de mi cuarto. Por si acaso en ellas se me quedara algo más.

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