26 de octubre de 2007

Pero nada de esto lo supe antes de encontrarme con el mar. Antes de haberme escurrido hasta él, temprano en la primera mañana que pude, buscando ballenas. Contra el viento estrepitoso que siempre apunta a los que se acercan a la orilla con su metralla de arena blanca, crucé la calle contagiada de arena, la baranda de aluminio, y me derramé. En un mar extenso, de este a oeste. Un horizonte decidido de azul tropical estirado, diluido de tanto alcanzar el sur. Y repleto de olas rabiosas que restriegan el dorso revuelto de la orilla. La arena firme, larga y compacta, tan determinada como el horizonte, se proyecta como uña, como cuña, bajo la sábana del mar. Y sobre ella, millares de conchas dolorosas, dispersas como granadas, pisando como talones las plantas de los pies.

Ese océano despepitado y frío me arropó al instante con la textura de una historia íntima, minúscula como todos los días, inmensa como todo un universo desalado. Una historia cristalina de sencillez polar, como de la Moominfamily, el día en que papá se fue a buscar su isla en el medio del mar. Tan certera como sus silencios, enredados entre algas, marullos y criaturas fabulosas. Siempre buscando cosas; de las que murmuran en las extensiones más desparramadas, si callas.

Serían muchas más las veces que me iba a encontrar con ese mar, según se desvestía de invierno y se hacía verano. Las ballenas nunca las vi. Nunca las veo. Llegué en temporada, eso lo sé. Pero mi temporada, según su silencio, era de otras cosas.

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